ESTO LO CAMBIA TODO

estolocambiatodo

HÉCTOR CARLOS LAZCANO FERNÁNDEZ*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 77, ENERO-FEBRERO 2016

El capitalismo contra el clima

Paidós, España, 2005

En su último libro, Naomi Klein (editado por Paidós), autora de diversos best sellers como No logo y La doctrina del shock, muestra una visión panorámica de diferentes aspectos de la cuestión del cambio climático: quiénes lo niegan, cómo lo niegan, quiénes están en contra, cómo lo combaten, quiénes dicen combatirlo pero no lo hacen, quiénes lo sufren y cómo resisten; también nos habla de alternativas viables, no viables, perspectivas, posibilidades; algunas creíbles, otras no tanto, y también algo de historia acerca del tema y sus orígenes.

La autora ha vivido en Latinoamérica (Argentina), por lo que tiene una cierta comprensión de los problemas específicos de su país (Canadá), y de los países llamados en “desarrollo”, y por lo mismo no sólo es valioso por el tratamiento general de un problema global, sino por sus conocimientos de casos particulares en América Latina.

En el inicio del libro nos señala cómo en 2013 había 61% más de emisiones de dióxido de carbono que en 1990, cuando empezaron de verdad las negociaciones para reducir esas emisiones y firmar, en 2009 (EE.UU., China y otros países) acuerdos (no obligatorios) para controlar las emisiones. El problema, dice Klein, es que tenemos dos procesos históricos: 1) el del clima y 2) el proceso corporativo globalizador, de allí deriva el subtítulo del libro: “El capitalismo contra el clima”.

Este segundo proceso, basado en privatización, desregulación y menos impuestos a las corporaciones, que a final de cuentas ha contribuido al incremento de las emisiones que causan el calentamiento global.

Hoy en día, más de 75% de los demócratas y liberales en EE.UU. (continúa Klein) cree que los humanos están cambiando el clima; por su parte, la mayoría de los republicanos rechaza el consenso científico al respecto. Este rechazo se relaciona, por una parte, con la aceptación del neoliberalismo; por la otra, con que la ciencia del clima es una afrenta a su más profunda y básica fe: la capacidad y el derecho de la “humanidad” para someter el planeta y todos sus frutos y establecer su “dominio” sobre la naturaleza. Además, existe el temor de que si el cambio climático es real, las implicaciones políticas serían catastróficas.

Los ideólogos de la negación están pagados por los gigantes de la energía fósil; además, la mayoría de ellos son conservadores, hombres, blancos, un grupo de población con ingresos mayores al promedio y con un gran número de posiciones de poder en el sistema económico (y en el político, agregaría yo).

La autora nos da ejemplos de cómo la “liberalización” del comercio permite que programas locales, destinados a usar energía renovable, sean considerados desde el punto de vista de los acuerdos de comercio internacionales como proteccionistas, y no puedan prosperar, son los casos de EE.UU. y China, y sus subsidios a programas de energía eólica.

También los tratados comerciales le han dado a las multinacionales la capacidad para imponer actividades extractivas extremas como el fracking; además, estos tratados comerciales tienen obligatoriedad, y los infractores se enfrentan a castigos, al contrario de los acuerdos con respecto al clima.

Uno de los resultados de estos acuerdos internacionales es que las emisiones, debido al transporte de bienes a través de las fronteras, se han incrementado en 400% sin que esto se le pueda imputar a ningún país en particular, pues los países sólo son responsables por la contaminación creada en su propio espacio, el sistema comercial en vigencia crea una imagen distorsionada acerca de quienes contaminan.

La autora también nos habla del papel del sector público y del sector privado; existen casos de remunicipalización y recomunalización; situaciones en las que, por ejemplo, pueblos y ciudades de Alemania han retomado las redes eléctricas de las corporaciones privadas que las habían adquirido (en México “avanzamos” en la privatización de la energía, el caso Pemex), al ponerse en cuestión uno de los pilares del libre mercado; los servicios dirigidos por compañías privadas son “siempre” superiores a los servicios públicos, y esto es importante porque el sector privado no ha tenido nunca un papel en la generación de energía renovable.

En estos momentos diversas instituciones afirman que es posible el cambio a un sistema totalmente renovable para 2030, el problema es decidir colectivamente que esa es la dirección en la que se quiere ir.

Es necesario reinventar la esfera pública, que no permita que se repitan desastres ambientales y que impida el racismo ambiental, que consiente que industrias tóxicas se instalen en áreas habitadas por gente de color (en el caso de los países en desarrollo serían lugares habitados por gente pobre).

Los que contaminan deben pagar, las compañías petroleras y de gas aseguran que reinvierten voluntariamente parte de sus ganancias en el cambio a energía renovable, pero es una cantidad muy pequeña. No sólo la industria extractiva contamina: el ejército de los EE.UU. es la institución que más petróleo consume en el mundo, junto con las industrias: automotriz, las aerolíneas y el transporte en general.

Tampoco hay que olvidar la conexión entre concentración de la riqueza, consumo y contaminación, alrededor de 500 millones de personas somos responsables por la mitad de las emisiones globales. La cuestión de no planear y no intervenir en la economía es dogma (excepto cuando hay que salvar a los bancos).

Es necesaria la transición a formas de energía limpia, pero deben ser las mismas comunidades que la usan las que decidan, como en el caso de Alemania. Una alternativa es poner en práctica la agroecología, que permite maximizar la diversidad de especies, que potencian los sistemas naturales de protección del suelo y controlan las plagas.

Al mismo tiempo que se planea deben prohibirse ciertas prácticas especialmente destructivas: fracking, arenas bituminosas, perforación en altamar, etc. Sin embargo, en casi todos los países la clase política acepta que el gobierno no debe decirles a las grandes corporaciones qué hacer o no hacer.

Por su parte, las compañías de gas y petróleo deben mostrar a sus accionistas que hay reservas suficientes para seguir produciendo, y este el principio lleva a estas industrias a buscar las formas más extremas de energía sucia, pues ya no existen suficientes depósitos convencionales.

Por las razones anteriores, las compañías gastan billones de dólares en bloquear legislaciones favorables al ambiente, lo que les da un gran poder político y hacen fallar los intentos de reforma; al mismo tiempo una importante cantidad de organizaciones científicas y “verde”, que pertenecen al “establishment”, también participan.

Lo anterior nos indica que debemos echar fuera de la política el dinero de las corporaciones; además, la lucha por el medio ambiente abre una oportunidad para enarbolar una serie de reivindicaciones pendientes: contra el desempleo, en defensa de los migrantes, compensaciones por los “errores históricos” como la esclavitud y el colonialismo, todo esto debe formar parte de un proyecto para crear una economía no tóxica.

La cultura occidental se basa en el mito del deber de la humanidad en dominar el mundo natural, el cual se supone ilimitado y enteramente controlable; sin embargo, el extractivismo, que implica una economía basada en remover la mayor cantidad de materias primas para exportarlas a los países coloniales tradicionales, es un ejemplo de que no se puede dominar totalmente el mundo natural sin destruirlo. Además, el extractivismo se conecta con la noción de zonas de sacrificio, las cuales pueden ser envenenadas, destruidas, etc.; esto a su vez está ligado al imperialismo y sus bases de superioridad racial, según las cuales algunas gentes o culturas merecer sacrificarse.

El santo patrón del extractivismo, Francis Bacon, decía que la naturaleza puede controlarse enteramente, pero sería James Watt el que haría posible una aceleración del extractivismo, con el perfeccionamiento y comercialización de la máquina de vapor. A pesar de todas las críticas al sistema económico, el marco establecido por Bacon sigue poniendo a los humanos por encima de los ecosistemas y el abuso del planeta como si fuera una máquina inanimada.

La crisis ecológica cuestiona los sistemas económicos, incluso donde ha habido reformas, pues la crisis no disminuye o mejora, y se necesita una nueva definición de desarrollo, en la que la meta sea eliminar la pobreza y no los pobres.

Otro de los temas que trata la autora es la desastrosa fusión entre la gran empresa y las grandes organizaciones ecológicas; nos ofrece algunos ejemplos de cómo algunas organizaciones ecológicas se dedican a extraer combustibles fósiles (Nature Conservancy), y de la estrecha relación de algunas de esas organizaciones con grandes corporaciones: Nature Conservancy con Shell y British Petroleum, World Wildlife Fund con Shell, y Conservation International con Walmart y Monsanto.

Asimismo, la autora aborda el asunto de los“ billonarios verdes”, el cual según algunos no es confrontar a los ricos, sino convencerlos a la causa verde. Algunos de los “persuadidos” a esta causa fueron Richard Branson, Warren Buffet, Tom Steyer, Michael Blomberg, Bill Gates, T. Boone Pickens. Todos ellos ofrecieron involucrarse en cuestiones de energía limpia e invertir en asuntos ambientales; sin embargo, la tentación por las ganancias fue difícil de resistir, terminó siendo un desfile de billonarios que iban a inventar una nueva forma de capitalismo ilustrado, pero a final de cuentas decidieron que el capitalismo original daba demasiadas ganancias para ser desechado.

Una de las soluciones más interesantes a la crisis ambiental es la geoingeniería; en 2011, la autora asistió a una reunión convocada por la Real Sociedad, la misma a la cual pertenecieron Newton, Darwin, Watt y Boulton (este último fue socio de Watt y corresponsable en la comercialización de la máquina de vapor, que inició la era del uso masivo de combustibles fósiles); Bill Gates financió, en parte, la reunión.

El propósito de la reunión fue con respecto a cómo llevar a cabo investigaciones en geoingeniería y cómo ponerlas en práctica; debido a que el “plan A”, la reducción de las emisiones, no ha progresado, y es necesario un “plan B”.

En la reunión se evaluaron diversas propuestas, centradas en el denominado MRS (manejo de la radiación solar), que se traduce en diversas maneras de inyectar partículas en la atmósfera para reflejar la energía solar y reducir la cantidad de calor que llega a la Tierra, esto se realiza de varias maneras: se crea una cubierta de nubes mayor, se usan espejos espaciales o se provoca que las nubes reflejen más la radiación solar.

La opción más discutida es la de rociar la atmósfera con aerosoles de sulfato, también denominada la “opción Pinatubo”, a partir de la erupción de este volcán, que mandó a la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de sulfuro, que bloqueó la luz solar y un año después de la erupción había provocado que la temperatura global bajara medio grado, el objetivo entonces es provocar este efecto de manera artificial. Los argumentos a favor son que esto funciona y que la tecnología para aplicarlo existe; sin embargo, las contrariedades abundan: los cielos azules serían cosa del pasado, la luz solar debilitada afectaría los generadores que funcionan con esa energía, los patrones de lluvias serían afectados, África ecuatorial sufriría sequías y el monzón se debilitaría. No se pueden construir modelos a escala para hacer pruebas, esta tecnología reduciría las lluvias en algunas zonas y pondría en peligro la alimentación de billones de personas, implica la posibilidad de genocidio a gran escala; y, por supuesto, el científico y su patrocinador, cuya idea se aproveche, tendrá grandes ganancias.

Estas “soluciones” no atacan la causa, el modelo económico, sino los síntomas. En el fondo se cree que la ciencia nos va a salvar en el último momento. La resistencia a las actividades extractivas extremas generan una red global de militancia de base con orígenes muy diversos: Grecia, Rumania, Canadá, Gran Bretaña, Australia, EE.UU., Francia, Nigeria, la Amazonía.

Lo que esta lista parcial muestra es que la zona de sacrificio, es decir, la zona que antes era escogida por estar poblada con gente prescindible, por ser pobres o por su color, ya no son los únicos que están en la mira de estas actividades y las consecuencias del incremento en actividades extractivas extremas, se pueden ver: en 2013 se derramó más petróleo en accidentes de F.F.C.C. en EE.UU., que en los 40 años anteriores, esta clase de pillaje antes se reservaba a los países pobres o no occidentales.

La advertencia es clara: cuando la salud humana y el ambiente corren grave peligro no se deben requerir pruebas directas, la carga de la prueba recae en el que pone en riesgo la salud y el ambiente.

En Canadá, hay muchas naciones indígenas que no han perdido, al menos nominalmente, los derechos sobre sus tierras ancestrales, incluso la suprema corte ha declarado que los antiguos tratados siguen en pie, y algunas de estas naciones tienen la intención de ejercer sus derechos sobre las tierras que algunas compañías han utilizado sin su permiso, pero lo que se duda es si pueden obligar al gobierno a que las compañías respeten sus derechos.

Los derechos de las naciones indígenas están en entredicho, no sólo en Canadá, sino en varias partes del mundo, a pesar de la declaración de las Naciones Unidas de los derechos de los pueblos indígenas de 2007, aprobada con sólo cuatro votos en contra (EE.UU., Canadá, Australia, y Nueva Zelanda). La declaración señala que los pueblos indígenas poseen el derecho de conservar y proteger el ambiente y la capacidad productiva de sus tierras y sus recursos.

Si bien todos compartimos la atmósfera, no todos debemos compartir la responsabilidad de la contaminación que ha sido vertida en ella, esto se traduce en una “deuda climática”. Aquellos países que han alimentado sus economías con combustibles fósiles desde la “Revolución Industrial” (las comillas son mías) poseen más responsabilidad en el alza de la temperatura global. Estados Unidos, con menos de 5% de la población global, contribuye con 14% de las emisiones totales de carbono.

La solución no es que los países ricos contraigan sus economías, mientras se permite que los “países en desarrollo” (comillas mías) contaminen en su camino a la prosperidad, sino que se desarrollen de manera diferente, y esto significa que los países ricos deben pagar su deuda climática, y en esto se incluyen algunas responsabilidades históricas con injerencia en la riqueza y la pobreza de las naciones; un ejemplo serían las reparaciones o compensaciones por el tráfico de esclavos.

En 2012, en la conferencia de la Unión Geofísica Estadounidense, el especialista en el estudio de sistemas complejos, Brad Werner, presentó una ponencia titulada: “¿La Tierra está j**ida? Futilidad dinámica de la gestión medioambiental global y posibilidades de sostenibilidad por medio del activismo de la acción directa”.

Cuando le preguntaron si la Tierra estaba j**ida, dijo “más o menos”. Sin embargo, en su modelo incluye una dinámica que ofrece un resquicio a la esperanza y la llama resistencia, propia de aquellos movimientos de personas o grupos de personas que adoptan un conjunto de dinámicas que no encajan en la cultura capitalista, que se traduce en manifestaciones, bloqueos y actos de sabotaje organizados por pueblos indígenas, obreros, anarquistas y otros grupos de activistas que representan las fuerzas de fricción que más probabilidades tienen de frenar un poco la maquinaria económica que amenaza con descontrolarse por completo.

Muchos de los autores de los países “ricos” tienen el defecto de escribir sólo para el público de sus países y proponer soluciones, muchas veces válidas en esos países, pero olvidan a las naciones no “ricas”. La autora parece tener cierto conocimiento de otros países, además de Canadá, EE.UU. o Europa; sin embargo, aunque habla de compensaciones debido a ciertos procesos históricos como el colonialismo, en el caso de los países latinoamericanos con poblaciones marginadas (por sexo, raza, posición social, etc.) no plantea todas las posibles compensaciones.

En el caso de México, conquistado, colonizado, etc., por españoles, la independencia con respecto a España trajo cambios, pero la política de los nuevos gobernantes es más de continuidad que de ruptura con respecto a los indígenas, sigue una política de explotación, marginación, e incluso de exterminio. En el caso de México, esa política de marginación-exterminio continuará con el porfiriato y después de la Revolución hasta nuestros días: las denominadas compensaciones deben incluir casos como éste.

Por supuesto que es más fácil organizar la resistencia en países “democráticos” que en países en los que la democracia es aún más fantasmal que en EE.UU., y los consejos se vuelven poco aplicables.

Tengo la impresión de que le falta a la autora una explicación de fondo acerca de por qué las grandes corporaciones están dispuestas a continuar una política extractiva hiperdestructiva, una de esas explicaciones sería lo que los economistas denominan la ley de los rendimientos decrecientes. Traducido a los términos del tema que nos ocupa, un ejemplo sería el del petróleo o el gas. Los yacimientos más fáciles de encontrar y explotar fueron los primeros, y conforme avanza o se desarrolla la explotación de esos recursos, se vuelven más escasos o difíciles de encontrar, y se recurre a situaciones como el fracking o la explotación de pozos profundos en el mar, arenas bituminosas, que pueden ser más caros, de menor calidad; sin embargo, es lo que queda.

También me parece que podría explorar la cuestión de que, aun en el caso de que el cambio climático no fuera antropogénico, no quiere decir carta verde para contaminar: primero, porque la contaminación afecta la calidad de vida de todos y no significa que las actividades contaminantes no contribuyan a elevar la temperatura del planeta.

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: hlazcano57@hotmail.com