LA CASA DE MONSEÑOR VERGER

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Armando V. Flores Salazar*

CIENCIA UANL / AÑO 22, No.95 mayo-junio 2019

Considerando la “cultura del miedo” que se vive actualmente –2019– en la ciudad de Monterrey, por la saturación de notas rojas en los medios masivos de comunicación y los testimonios directos de conocidos cercanos exaltando la violencia y elevando el índice de inseguridad a todo lo que da la imaginación, me he incluido a la práctica social de sólo contestar el teléfono personal a aquellas llamadas de conocidos y con registro en el directorio adjunto, salvo algunas excepciones. De seguro Martha Ávalos, delegada en la región del Instituto Nacional de Antropología e Historia – INAH–, entendió, sin ninguna aclaración al respecto, que le contestara después de haber hecho varios intentos antes de lograrlo. Me llamó a finales de febrero para invitarme a que me encargara de explicar el valor patrimonial del Museo “El Obispado” a los visitantes que, celebrando el Día del Patrimonio en Nuevo León, acudirían a él, el domingo 10 de marzo para explorar y disfrutar sus instalaciones. Acepté de inmediato, sin pensarlo dos veces, por tantos lazos que me atan de siempre con el edificio en cuestión.

La cita del evento se concretó a las doce del mediodía en el oratorio de la casa en cuestión y resultó ser un día espléndido, luminoso y fresco. Las más de un centenar de personas ahí reunidas asumimos en silencio, aunque con el corazón exaltado, el privilegio de compartir el lugar más íntimo y querido del obispo Verger: el Oratorio de su casa de verano a la que llamó Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe.

Lo primero que intenté, recuerdo, fue revivir lo familiar que resulta el edificio para todos, tanto por su notoria visibilidad en el paisaje urbano en que se encuentra como por su presencia reiterativa en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad. En mi caso, por ejemplo, de niño fui traído varias veces a disfrutar la panorámica de la ciudad desde su explanada; como estudiante de la escuela secundaria se me hizo presente el edificio en las portadas de los cuadernos y libretas “Colonial” y en la portada y dibujo interior del libro Nuevo León, apuntes históricos, del licenciado Santiago Roel; hice mis estudios de bachiller en la Preparatoria 2, ubicada en la falda del cerro del Obispado y en las horas libres hacíamos excursión por las empinadas veredas del cerro con objetivo y meta de alcanzar los muros del edificio y regresar a tiempo –cuesta abajo, a saltos y sin perder el equilibrio– para la siguiente clase; como estudiante de licenciatura recogía y entregaba a mi novia en la colonia Obispado, donde vivía, y de casado senté con ella la casa familiar en la misma colonia en un lote virgen. Los retratos matrimoniales de mis hijos tienen como fondo el imafronte del Oratorio; dos de mis libros, uno como autor –Arquicultura– y otro como coautor –El Obispado a través de la historia–, ahí fueron presentados, y como cereza en el pastel copresido, desde 1996, con don Pepe Calderón, la Asociación de Amigos del Museo “El Obispado” A.C., por citar sólo algunas de entre tantas otras referencias más. También les dije a los asistentes –entre ellos mis hijos y mis nietos– que cuando diseñé y construí mi casa familiar, aunque con dos siglos de diferencia temporal, no dejé de pensar en las similitudes guardadas con la primera casa construida allí: la del obispo Verger.

Por la expresión entusiasmada en los rostros y el barullo espontáneo de los asistentes al evento creo que se afloraron un alud de recuerdos al respecto.

El primer acercamiento a la comprensión del edificio fue explorarlo en su dimensión física, su ubicación en el sitio, en lo alto y sobre el eje dominante de la loma, en paralelo al río en su costado y a la imponente cordillera de sierras al sur; aprovechando los vientos dominantes que genera el cañón montañoso al sur-oriente y la vista al distanciado centro urbano, un tanto disperso y conformado por cerca de trescientas familias de diversas etnias y castas, se decidió su ubicación; se cimentó sobre el suelo de rocas calizas, en una explanada natural que por su ligera inclinación natural dio pie a un doble nivel de habitaciones. Los muros fueron levantados con bloques de sillar de origen natural y, a pesar de su relativa dureza y fácil afectación por las humedades, con ellos quedaron resueltos los tambores de las columnas y los arcos estructurales cuyas dovelas permitieron formar tanto los arcos elípticos del patio, los adintelados en puertas y ventanas, el conopial en la puerta principal del oratorio y los torales facetados para soportar la cuantiosa carga del tambor octogonal y la cúpula de gajos; el clima ha determinado el predominio de muros gruesos, los vanos de puertas y ventanas pequeñas, los techos altos, las habitaciones alrededor del claustro y el patio interior para la observación de los relojes de sol y del cielo nocturno.

La casa fue comenzada a construir en el verano de 1787, más que todo para ayudar al exceso de población que se concentró en la ciudad luego de una terrible helada invernal que provocó hambre y carestía en la región. Aunque nos referimos a ella como la Casa del Obispo, realmente fue la casa de su séquito más cercano, pues en ella habitaron en celdas el médico, el confesor, el vicario, el provisor, el secretario de la diócesis, el mayordomo, la servidumbre doméstica y el propio obispo, dándole continuidad a las actividades espirituales, piadosas, administrativas y de estudio. Entró en funciones en el verano de 1788, un año después de haberse iniciado, y operó como tal dos años más, hasta la muerte de monseñor Verger, que ocurrió ahí en el verano de 1790. Y aunque fue su voluntad testamentaria que sirviera como casa de descanso para los sucesivos obispos de la diócesis, nunca se volvió a usar como tal, los acontecimientos históricos le depararon otros usos.

Es en ese devenir histórico y sus consecuencias que se enriquece de valores intangibles. Ya aparece su realidad física dibujada en el Mapa de la situación de Monterrey, de 1791, atribuido a fray Cristóbal Bellido, el guardián del convento; durante la guerra de Independencia, el coronel Joaquín de Arredondo, como gobernador del Reino y con la anuencia del obispo Marín de Porras, lo convierte en cuartel de guerra para la defensa contra la insurgencia; lo mismo va a suceder durante la invasión norteamericana de 1846 a 1848; amparado en la Constitución de 1857, Santiago Vidaurri incauta el edificio, ordena su restauración agregándole con bloques de sillar el tambor y la cúpula, que provisionalmente fueron de madera y lámina de plomo, y lo destina para la efímera Escuela de Artes y Oficios del estado; vuelve a su condición de cuartel militar durante la invasión francesa en 1865; José Eleuterio González inicia el registro histórico del edificio en su Colección de noticias y documentos para la historia del estado de Nuevo León en 1867; durante la revolución de la Noria, promovida por el general Porfirio Díaz contra el presidente Juárez, pierde por explosiones de pólvora las habitaciones del nororiente; en 1888 el gobierno federal reclama y toma sus instalaciones para uso de cuartel; en el parteaguas del siglo XIX al XX fue usado como lazareto para los afectados de fiebre amarilla que asoló la región; el médico Amado Fernández informa al gobernador Bernardo Reyes en 1906 sobre los edificios y monumentos
de valor que existen en Monterrey, incluyendo en la lista al Obispado; vuelve a ser escenario de guerra durante la revolución constitucionalista de 1914 y se emplazan estratégicamente para la defensa los seis cañones que siguen ahí; el médico Amado Fernández integra en 1920 la “Junta de mejoras del Obispado”; en 1932 el gobierno federal, a través de la Comisión de Monumentos y Bellezas Naturales, le da el rango de bien nacional; en 1947 el historiador Carlos Pérez-Maldonado publica su libro El Obispado. Monumento histórico de Monterrey; en 1950, el arquitecto Joaquín A. Mora publica el ensayo “El Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe”, como producto de sus estudios para la restauración del edificio; el 20 de septiembre de 1956 se inaugura el edificio restaurado como Museo Regional de Historia, celebrando el 360 aniversario de la fundación de la ciudad sede; en 1974, el profesor Felipe de Jesús García, como director del museo, promueve la Asociación de Amigos del Museo El Obispado, que presidió en su primer tiempo don Raúl Rangel Frías; en 1994, Armando V. Flores defiende como tesis de posgrado un Modelo para el estudio de la arquitectura como objeto cultural, aplicándolo para su demostración en el edificio de El Obispado, y en su edición como libro –Arquicultura–, Alfonso Rangel Guerra sostiene en el prólogo que el Modelo de estudio propuesto permite que los agotados estudios históricos sobre el edificio se renueven con otra óptica y se amplíen con nuevas investigaciones ya entendido como objeto cultural.

Ya expuestas, aunque a nivel introductorio, sus determinantes físicas e históricas, fue posible abordar la proyección humana en el objeto, ese manejo de signos y símbolos transferidos a la materialidad que lo convierten en objeto confesional de lo humano, su valor óptimo en busca de la trascendencia existencial. El proyecto dirigido por el obispo franciscano que, formado en el clero regular, opera con dicho nombramiento como parte del clero secular, y por ello la presencia de abundantes dualidades: se contrastan como dualidades la casa y la capilla, lo horizontal y lo vertical, la austeridad franciscana de la casa de orden toscano con la algarabía barroca de la portada, las techumbres planas con la cupular, el acceso del oriente con el del poniente, los relojes de sol matutino y vespertino, los recursos ornamentales figurativos y abstractos, entre otros; el orden, además de la simetría que gobierna inflexible en todo el conjunto, se evidencia en el gran rectángulo cuadrangular –de 33 por 33 metros– que limita la construcción y que a la vez se subdivide en nueve módulos –de 11 por 11 metros– y sus evidencias más notorias como módulo son tanto el patio central a cielo abierto como la capilla oratorio, ésta, desfasada un tanto al exterior para originar el pasillo interior o claustro; la simbología numérica es ostensible: la unicidad se evidencia en la imagen guadalupana de la hornacina central y el cordón franciscano que, dividiendo el primer cuerpo del remate en la fachada del oratorio, divide también lo terrenal de lo celestial; la dualidad se presenta tanto en las pilastras esquineras de la capilla y los medallones franciscanos como en las entrecalles pareadas o los campanarios dobles; las tres hornacinas exteriores forman un triángulo equilátero y los tres arcos elípticos en cada cara del patio recuerdan el dogma de la Santísima Trinidad; lo cuaternario abunda en las fachadas de la casa, las flores cruciformes, las cuatro columnas toscanas en cada lado del patio o los cuatro arcos torales en el oratorio; el tambor es octagonal y la cúpula nervada le da continuidad con ocho gajos; hay doce columnas que sostienen doce arcos en los límites del patio, entre otras series numéricas. En otro nivel de mayor complejidad se puede leer la escalinata ascendente a la capilla, la abundancia de pámpanos, frutos y ángeles músicos en la platabanda que antecede al remate; el anagrama mariano en la clave del arco conopial, la austeridad de la casa y la exuberancia de la capilla, los brazos cruzados y estigmatizados en los tableros de las puertas, las flores cruciformes, los roleos alados casi acuáticos, las veneras de peregrino en las hornacinas y el mensaje subliminal y cotidiano de poder ver y recordar que desde las ventanas de la casa tiene presencia lo terrenal y desde las de la capilla lo celestial.

La exploración del edificio en su uso original como casa habitación se hizo con el propósito de pontificar – construir puentes– con el concepto de lo patrimonial en su dimensión más cercana y verdadera que es en lo personal la casa familiar, partiendo de la idea que la casa del obispo y toda otra casa tienen más semejanzas entre sí que con un palacio de gobierno o un museo.

Ampliar la cultura de lo patrimonial requiere reconocer que su base es lo heredable, es decir, todo aquello que se ha adquirido con hacienda propia y, además, aquello que por cada uno pasa de los ascendientes a los descendientes, donde lo más común es el objeto casa y lo que ella guarda. A partir de este entendimiento se pueden comprender otras dimensiones patrimoniales como lo familiar, lo regional, lo nacional, lo social y lo cultural, entre otros.

Terminada la introducción, los asistentes se organizaron en grupos para explorar el edificio en su nueva dimensión de objeto documental en busca de las transferencias humanas en él petrificadas. Ejercicio placentero que volvió a llenar de voces la casa y por el reencuentro del trasfondo cultural que, sin importar el tiempo transcurrido, nos anima y define.

ADENDA
La Asociación de Amigos del Obispado

José Calderón Ayala

La Asociación de Amigos del Museo del Obispado, A.C. es un organismo reconocido tanto por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como por la Federación Mexicana de Asociaciones de Amigos de los Museos, A.C. (Femam).

Nuestra Asociación tiene como fin cooperar de manera complementaria y no supletoria con el INAH, primer y último órgano responsable para la remodelación, mantenimiento y mejoramiento en todos los órdenes de nuestro querido Museo del Obispado. El Museo del Obispado, por su estilo arquitectónico y antigüedad, es el más representativo y auténtico edificio colonial con que cuenta nuestra ciudad, y posiblemente uno de los más antiguos del noreste de México. Esta condición de antigüedad, y su estilo barroco, serían razones suficientes para justificar la preocupación de la gente de nuestra ciudad por la conservación y mantenimiento del mismo.

Pero aún hay más: los hechos históricos que se sucedieron dentro y en el entorno del edificio, donde se consumaron actos de heroísmo en defensa de nuestra patria, regando con sangre sus terrenos en actos de valentía, nos obligan aún más a los regiomontanos a recordar con respeto y dignidad su figura histórica en nuestra realidad presente.

Hoy por hoy, nuestra urbe se ha ido desarrollando culturalmente: universidades, centros de cultura artística, así como diversos museos de distinto orden. El Museo del Obispado es regional, está dedicado principalmente a la historia de nuestro estado y del noreste de México. Es un centro de cultura y orientación, tanto para los niños como para la juventud, y en general para todos los habitantes de la ciudad, centro éste donde comprendemos nuestro pasado y nuestro origen, para vivir así nuestro presente y proyectarnos hacia el futuro, sintiendo y sabiendo lo que somos como nuevoleoneses, regiomontanos y, sobre todo, como mexicanos.

La Asociación de Amigos del Museo del Obispado, en cumplimiento de su fin social, apoya al Obispado en la medida de sus posibilidades, y ve con buenos ojos la participación del mayor número de personas, tanto físicas como morales, en la consecución de este fin: acrecentar y mejorar, en todos sus aspectos, tanto el museo en sí, como el edificio que lo alberga.

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: armando.floressl@uanl.mx