Feminicidio en Nuevo León: Narrativas sexistas en los medios mexicanos

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Olga Nelly Estrada*

CIENCIA UANL / AÑO 20, No. 86 octubre-diciembre 2017

La evidencia histórica muestra cómo a través del discurso androcéntrico y sexista se ha tenido en desigualdad y subordinación a las mujeres ante lo masculino por el sistema sexo-género (Rubin, 1986). Se ha enseñado, a través de prácticas cotidianas y discursos eufemistas y otros con tinte misógino, que las mujeres son la costilla de Adán y el segundo sexo. En este sentido, en la década de los cincuenta, Simone de Beauvoir (1999), en El segundo sexo, manifestó que la condición desigual de las mujeres se debe a que el patriarcado impuso estereotipos y un mandato cultural de inferioridad sobre las mujeres como norma social y legal. En esta relación de superior a subordinado se encuentra la teoría de Hegel (1987) en su dialéctica del amo y el esclavo en la que uno manda y el otro obedece. En nuestro contexto social, en un mundo machista, las mujeres están sometidas a la violencia de género, que en algunos casos conlleva a una violencia extrema donde son asesinadas por el simple hecho de ser mujeres. De acuerdo con Moscovici (2008), las imágenes que reproducimos desde el nacimiento a través del lenguaje son las representaciones sociales que forman una identidad. Filósofos como Michel Foucault (2000) pusieron luz a los juegos de poder, al control y divulgación de los discursos convenientes para mantenerse preponderantes en un grupo hegemónico que mantuviera la dominación masculina, ya sea del Estado sobre el individuo o del hombre sobre la mujer. Ante tal situación de evidente desigualdad, la reflexión que en este trabajo se construye, abona a la toma de conciencia para erradicar los procesos de naturalización de la violencia que existen en la sociedad contra las mujeres (Bourdieu, 2000).

En particular, se analizan varias narrativas y encabezados en los medios de comunicación local de Nuevo León para reflexionar sobre su objetividad y si éstos reproducen la violencia de género en el imaginario colectivo de la sociedad. En este tenor se trata de dilucidar en las narrativas periodísticas si hay lenguaje sexista y evidenciar esta violencia para la reflexión crítica constructiva para la igualdad entre los sexos. Es un análisis cualitativo de dos periódicos: El Norte y Milenio Monterrey en 2016.

Contexto social de la violencia de género

En la década de los noventa se incrementó la violencia extrema de género en México, siendo los estados del norte los más afectados: Chihuahua, Tamaulipas y Nuevo León (Mora y Torres, 2014). Una violencia ejecutada con saña en el cuerpo de las mujeres, en su mayoría contra las jóvenes entre 20 y 34 años de edad (Segato, 2008). En este tenor, durante la Conferencia Internacional de Beijing en 1995 (Martínez, 1996), se reconoció con preocupación que la violencia contra las mujeres era una epidemia debido a la magnitud de su impacto. Veinte años después, en el marco de la Sexta Conferencia de Estados parte de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer “Convención de Belém do Pará”, en Lima, se indica que las cifras de asesinatos han llegado al límite de pandemia (Cuentas, 2015).

Ante el incremento de los feminicidios en el mundo, y sobre todo en México, se han presentado iniciativas de ley que se aprobaron como la de “Una vida sin violencia”, en 2007, y la “Alerta de género”, en 2016. Demandas que realizaron las mujeres activistas, luchadoras sociales y feministas de diversas organizaciones civiles como Arthemisas por la Equidad.

Este trabajo propone dilucidar cómo las narrativas en los medios de información dan un sentido superficial en los asesinatos en contra de las mujeres y se patologiza al feminicida o lo presentan como el único acto de violencia que ha tenido, como si fuera un arrebato en su conducta. Como dice Lorente (1999), el machismo es cultural y se aprende en un sistema que sólo le da valor a lo masculino y no es una conducta aceptada socialmente y se encubre. Por tanto, una de las estrategias del patriarcado es la práctica sexista que, de acuerdo con Fernández (2012), se define como la exclusión, marginación e invisibilización de las mujeres en todos los ámbitos públicos y sociales.

El feminicidio es una conducta machista que tiene un proceso histórico y se tiene que observar para poder entender esa historia de violencia. Hay muchos elementos que se pueden ver en el feminicidio, por ejemplo: el número de puñaladas, de golpes, el mecanismo que se utiliza para matar, si es con las manos, por estrangulamiento o con armas, cuando tiran el cuerpo a la calle o lo abandonan en la basura, etcétera. De acuerdo con Lorente (1999), existen dos grandes conductas de los varones tras un feminicidio: presentarse ante la policía o suicidarse. Por lo general, los que son más reconocidos socialmente y tienen una posición ética y moral que consideran valorada por los demás, no quieren enfrentar las consecuencias de sus actos y prefieren el suicidio. Por otro lado, los que se entregan voluntariamente creen que lo que hicieron es lo que tenían que hacer y se sienten más hombres.

Contexto histórico de la violencia sexista en los medios mexicanos

La historiografía nos muestra cómo a mediados del siglo XX, en la prensa y la nota roja del país, se narraban los crímenes contra las mujeres supuestamente motivados por celos, infidelidad, abandono y violencia conyugal (Núñez, 2015: 34). Se trataba de homicidios que involucraban a hombres de diferentes sectores sociales. Al respecto, una noticia en el diario La Prensa, en 1931, informaba de un “Feroz crimen en la calle de los Hortelanos. Mujer apuñalada por celos” (Núñez, 2015: 34). Tanto en éste como en otros casos examinados en la nota roja de los años cuarenta y cincuenta, llama la atención cómo las narrativas tratan de excusar al victimario por cualquier razón, ya sea por sentir celos o porque la mujer era infiel. Al analizar las palabras de la conjunción “porque” y la preposición “por” observamos que son palabras atenuadoras utilizadas para disminuir una sanción social y para que el lector no vea la violencia patriarcal per se (Briz, 2002). Los medios reproducen discursos para seguir con el orden hegemónico del sistema sexo-género. Escriben que fue “por engaño”, “celos” o “desamor”; estas frases y clichés comunes abundan en las narrativas en los medios mexicanos y justifican la violencia, especialmente contra las mujeres, y describen al feminicida como un hombre con valores, sin violencia previa y además lo describen con la profesión que tiene para darle un estatus social y a la vez invisibilizar a la mujer víctima.

El sistema sexo-género emplea diversas estrategias discursivas y semióticas para mantener la supremacía masculina y la inferioridad femenina en una cosmovisión de que lo femenino no cuenta para la estructura androcéntrica.

En México, de cada diez mujeres, seis sufren violencia en su relación de pareja, de acuerdo con la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim). De acuerdo con Marcela Lagarde, el feminicidio es la expresión directa y extrema de la violencia estructural económica, política, social y de género. Esta última confiere el carácter misógino a la violencia que se ejerce contra las mujeres por el hecho mismo de ser mujeres y que llamamos violencia feminicida (Lagarde, 2006: 7).

La lucha de las mujeres por visibilizar la violencia machista

En los primeros años del siglo XXI en Nuevo León se incrementaron agrupaciones feministas, organizaciones civiles, colectivos, legisladoras, académicas y, sobre todo, madres de las víctimas para realizar actos y estrategias para prevenir y sancionar la violencia de género y legislar a favor de los derechos de las mujeres (Estrada, 2012). Sin embargo, las estadísticas de asesinatos contra las mujeres van en aumento y los medios de comunicación impresos y electrónicos presentan cifras, imágenes y narrativas que muestran una grave crisis de impunidad y lenguaje sexista en contra de las mujeres víctimas.

Además, se transmiten los feminicidios como homicidios comunes y el formato que cada caso recibe es usualmente deshumanizado: culpabilizan a las víctimas y justifican al victimario, dañando así a la familia y a la sociedad en general (López, 1995).

Feminicidio en Nuevo León

A pesar de las reformas generadas en años recientes y la inclusión de las mujeres en los diferentes espacios públicos y, sobre todo, en el campo del conocimiento, se mantiene la naturalización de la violencia contra las mujeres, así como los estigmas de subordinación, y se le reduce a un carácter de objeto o cosificación cultural (Maffía, 2007). Las marchas en contra de la violencia que por primera vez se realizaron en varias ciudades del país y en Nuevo León muestran el grave problema social del feminicidio.

Se han documentado, a través de periódicos locales como El Norte y Milenio Monterrey, y recogidos por la ONG Arthemisas por la Equidad de 2000 a 2016 en la entidad, más de 995 asesinatos de mujeres, cometidos, en su mayoría, por hombres. Estas notas periodísticas son de casi todos los días; en ellas se retrata la violencia que sufren las mujeres y los casos de violencia extrema en que son asesinadas por su pareja, marido, exesposo, novio, amante, amigo o conocido. En Nuevo León, entre 2012 y 2013, ocurrieron 243 feminicidios, de los cuales 58.89% fueron con arma de fuego (Cubero, 2016). Las estadísticas nos muestran que 38% de éstos fue cometido por el cónyuge; 16% por el concubinario, 14% por el amigo, 12% por la pareja, 11% por el novio y 9% por el exesposo. En nuestra entidad, las estadísticas de la Procuraduría de Justicia establecen que en 2015 hubo 20,400 denuncias de violencia familiar o su equiparable, y de enero a mayo de 2016 sumaron 9,261. Es decir, existe violencia previa antes de cometer asesinatos en contra de las mujeres.

La directora de Arthemisas por la Equidad, Irma Alma Ochoa (entrevista personal, 2016), comenta que en Nuevo León se han cometido cientos de asesinatos de mujeres desde que se tipificó el delito de feminicidio en 2013, sólo en dos casos se ha denunciado el delito y, ahora con la Alerta de Género que gracias a la solicitud hecha por esta organización fue aprobada en noviembre del 2016 y declarada en el estado en 2017, se espera que el gobierno junto al Instituto Estatal de la Mujeres y las ONG participantes hagan su trabajo en beneficio de las mujeres.

Notas periodísticas sobre el feminicidio en Nuevo León

Los medios de información, cuando reportan un feminicidio, lo describen como crimen pasional, tratando de encubrir y justificar al agresor que casi siempre es la pareja sentimental de la mujer, o lo relacionan a menudo con sucesos del crimen organizado. En este sentido, señalamos lo que dice Irma Alma Ochoa (2007) con respecto a que los feminicidios son efectos del sistema patriarcal que hace creer que los hombres son propietarios y dueños de las mujeres, y cuando ellas ya no desean estar con su pareja o marido las asesinan por el pensamiento de que es “mía y de nadie más” o las toman como botín de guerra en el caso de la guerra del narcotráfico.

En este mismo sentido, el médico forense Miguel Lorente (1999) comenta que hay dos grandes polos motivacionales: uno es cuando el hombre cree que la mujer es de su posesión y el otro cuando es vista como objeto sexual: “no es mía, pero es un objeto que uso, rompo y puedo disponer de ella por mi posición”, y enfatiza que en el feminicidio íntimo prevalece la posesión y en el feminicidio sexual el objeto. En este sentido, los encabezados no realizan un análisis de la realidad de los asesinatos y sólo se basan en juicios de valor con una visión genérica y sexista, como se refleja en las siguientes narrativas del periódico El Norte en la sección local del 8 de abril de 2016: “Mata a mujer e hija y luego se suicida. Aseguran que la joven estaba embarazada. Afirman que profesor comete homicidios porque las víctimas le exigían dinero en Lampazos” (Álvarez, 2016).

En la narrativa se expresa una excusa del victimario, “porque le exigían dinero”; la palabra “porque” disminuye la culpa ante la sociedad y además lo describen por su profesión, “profesor”, esto encubre la violencia extrema ejercida contra las víctimas y le da al agresor un estatus social relevante ante la sociedad, en lugar de mencionar las posibles motivaciones del acto feminicida-suicida.

En estos encabezados se muestra que las mujeres eran ambiciosas, exigentes y que merecían la muerte. Al analizar el texto, no se ve variación con respecto a las narrativas de hace décadas, a pesar de los avances que se han tenido en las leyes, los estereotipos son los mismos y los juicios de valor peyorativo contra las mujeres en el imaginario colectivo social.

Otros encabezados: “Menor de 17 mata a exnovia de 14. La mató porque lo cortó” (Castro, 2016); “Mata tras discusión a exnovia de 17 años” (Arriaga, 2016), estas narrativas pueden transformar las realidades por las que estos jóvenes asesinan, además evaden mostrar el discurso violento del patriarcado. Los medios ofrecen razones y motivos para reducir la culpa del asesino en esta estructura patriarcal, hacen del victimario la víctima e invisibilizan a las mujeres víctimas.

Los narradores mediáticos deben utilizar un lenguaje neutral y analizar el contexto histórico del asesino para tomar conciencia de que se sigue matando a las mujeres por causas de género, donde la cosmovisión de la violencia se reproduce en la vida cotidiana como natural por falta de referentes y de educación con perspectiva de género. El Estado, la familia, la escuela y las instituciones, junto con los medios de comunicación, tenemos la responsabilidad de reconstruir el imaginario colectivo y practicar el lenguaje incluyente para lograr la igualdad y reducir la violencia contra las mujeres, niñas y niños.

Conclusiones preliminares

Desde hace siglos se ha visto a las mujeres como el segundo sexo, subordinado por el discurso hegemónico, lo que las hace más susceptibles a sufrir violencia en México. Mientras en la sociedad mexicana y en el mundo siga prevaleciendo el discurso androcéntrico y sexista contra las mujeres, no será posible cambiar el imaginario de desigualdad, subordinación y de violencia en la sociedad. Es necesario un lenguaje incluyente en la escuela desde el nivel básico hasta la universidad para tener una mejor manera de relacionarnos entre los sexos (Estrada, 2017).

Debemos reflexionar qué se está haciendo en las instituciones en general para que los medios informativos hagan su trabajo de una forma responsable, capaz y de veracidad en los hechos emitidos por feminicidio para contrarrestar esta epidemia en México y en la entidad neolonesa. El lenguaje sexista que cosifica a las mujeres sigue en la vida cotidiana, en las escuelas y sobre todo se proyecta en los medios de información y con esto se reproduce de manera negativa la violencia en el imaginario colectivo patriarcal donde se piensa que las mujeres deben estar sometidas a ciertos cánones, principios y normas establecidas y cuando no se cumplen estos mandatos culturales se ejerce violencia sobre ellas.

El feminicidio es una conducta machisgénica porque nace del machismo y se centra como una de las dimensiones más crueles de la violencia sexual y de género, ya que lástima el cuerpo, la subjetividad, la sexualidad, la dignidad y la libertad, privando de la vida a las mujeres. Trabajar en la promoción de una cultura de igualdad y respeto para que las instituciones y los medios de información tengan presente que la perspectiva de género ayudará para que las nuevas generaciones entiendan que mujeres y hombres somos sujetos de respeto y valor.

Recordemos que los medios de comunicación y las redes sociales son dispositivos de poder con gran influencia que pueden utilizarse también para generar la paz y la igualdad en la sociedad.

*Universidad Autónoma de Nuevo León

Contacto: olganelly@yahoo.com

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