La francmasonería en México

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Felipe Ávila Marcué*

CIENCIA UANL / AÑO 17, No. 65, ENERO – FEBRERO 2014

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Como se ha mencionado en artículos anteriores, una de las fuerzas más poderosas del siglo XIX en México fue la filosofía masónica. Los hombres de aquella época encontraron en la masonería un camino para construir y limar sus virtudes en un complejo sistema de expansión de conciencias, con base en una ideología de principios liberales.

La masonería llega al México colonial, en la segunda mitad del siglo XVIII, de la mano de emigrantes franceses asentados en la capital, quienes serían acusados y condenados posteriormente por la Inquisición local. De igual modo, aún sin sustento documental, es muy probable que existiesen logias en el seno del ejército realista español destacado en la Nueva España. Por lo mismo que en la población criolla, primero autonomista y luego independentista, es improbable que existieran masones vinculados a la Orden a través de las ideas liberales de la ilustración francesa, tan en boga a finales del siglo XVIII. La confusión entre sociedades patrióticas latinoamericanas y logias masónicas es muy común entre historiadores masones y no masones, como León Zeldis Mandel y José Antonio Ferrer, ya que a principios del siglo XIX, la estructura operativa de ambas, es muy parecida, como lo apunta la historiadora Virginia Guedea.

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Aunque las doctrinas que predicaban los masones no se oponían a ninguna religión, su rápida expan- sión causó alarma en la jerarquía católica. Está comprobado históricamente que la independencia de México la iniciaron los masones. José María Mateos, prominente político liberal, es quien asegura, en 1884, que los más prominentes independentistas, como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y José María Morelos, pertenecían a la masonería. Según Mateos, estos líderes fueron iniciados en una logia denominada “Arquitectura Moral”, ubicada en la calle de Las Ratas No. 4 (hoy Bolívar No. 73). Lo cierto es que nunca se ha podido probar la existencia de dicha logia, ni tampoco hay pruebas documentales de que esos líderes efectivamente fueran masones.

En la época del primer imperio mexicano, varios masones inconformes con las innovaciones del rito escocés decidieron introducir en México el rito de York, cuya logia promovía las ideas liberales de Inglaterra y de Estados Unidos y que, supuestamente, no mezclaban la masonería con la política. Las clases privilegiadas optaron por incorporarse al rito escocés, como aquellos peninsulares borbónicos que insistían en quedarse con el poder heredado del auge virreinal. Las débiles pruebas documentales existentes apuntan que posiblemente el emperador Agustín de Iturbide y el fraile dominico fray Servando Teresa de Mier fueron masones. En los juicios que la Inquisición emprendió contra los insurgentes, el cargo de pertenecer a la masonería era muy común, ya que garantizaba la imposibilidad de probar la inocencia del acusado, dado el carácter clandestino de la orden. Así que los archi- vos de la Inquisición no hacen sino aumentar la in- certidumbre sobre el tema.

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A partir de la independencia, en 1821, buena parte de los gobernantes de México, hasta 1982, presumiblemente pertenecieron a la masonería. Tanto la logia escocesa como la yorkina comenzarían a contender por el control de la administración gubernamental; y como en ese entonces a nadie se le ocurriría crear un sistema de partidos políticos, los ritos secretos comenzaron a surgir como banderas ideológicas. La guerra se desató a través de panfletos y periódicos, intrigas en el ejército, en las cámaras legislativas, en las corporaciones religiosas y, por supuesto, en las legislaturas de los estados de la recién creada república mexicana. Todos los masones actuaban en la clandestinidad, efectuaban sus reuniones al amparo de la noche y empleaban una escritura cifrada para comunicarse entre ellos, ya que no podían darse a conocer en la sociedad civil.

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Las débiles pruebas documentales existentes apuntan que posiblemente el emperador Agustín de Iturbide y el fraile dominico fray Servando Teresa de Mier fueron masones. 

Para reconocerse utilizaban el saludo y la firma, que incluía un triángulo, el emblema de mayor importancia en la masonería, ya que representaba el equilibrio de todas las fuerzas en una sola deidad. Justamente a principios del siglo XIX, se redefinieron los ritos y los grados que variaban según la logia: en el escocés eran treinta y dos los grados de las diferentes etapas masónicas que deberían escalar los iniciados, mientras que en la de York sólo había siete. Pero más allá de tales diferencias, todos los masones compartían los mismos principios, uno de los cuales era la creencia en una sola deidad todopoderosa, a la que denominaban el Gran Arquitecto del Universo. Ante un altar con tres velas ubicadas en cada uno de los puntos cardinales, con excepción del Norte, llevaban a cabo sus reuniones. Leían la Biblia y toda clase de literatura que ensalzara sus conocimientos; se juraban lealtades eternas, aunque en la práctica las rompieran de un momento a otro.

Como se mencionó, los yorkinos coincidían con los escoceses en la esencia de sus emblemas, pero discrepaban en algunos ritos, los cuales dependían de la logia de la que se tratara. En México, los escoceses habían adoptado a la Virgen del Pilar como patrona, mientras que los yorkinos recurrían a la Virgen de Guadalupe. Tal vez ésta sea una razón que explique por qué Hidalgo escogió la imagen de la guadalupana como estandarte.

Entre la masonería y la religión, los intereses mercantiles contrapuestos y el choque de la cultura anglosajona con la nueva generación de republicanos y criollos mexicanos continuaron creciendo. Para 1827, el héroe de la independencia, Vicente Guerrero, destacaba como el guía de la logia “Rosa Mexicana”, una de las logias yorkinas más importantes. De- testaba a los escoceses y su principal asesor masón era J.R. Poinsett. La misión de Poinsett era lograr que el gobierno mexicano aceptara ajustar el territorio cercano a la frontera, delimitado por el tratado Adams-Onis de 1819, para favorecer a Estados Unidos en sus esfuerzos por adquirir territorio mexicano.

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Maximiliano de Habsburgo.

Es un hecho que la masonería vino a incidir en los sucesos políticos del país y, muy especialmente, en los estados norteños. 

En este momento, la masonería mexicana se divide en dos corrientes políticas nunca definidas del todo. Poinsett promueve la creación de logias del rito York, proclives a los intereses estadounidenses, mientras que los masones más conservadores, casi todos pertenecientes al rito escocés, eran encabezados por el médico personal del último virrey, Manuel Codorniu Ferrara, a través de su periódico El Sol. Así, los masones del rito yorkino darán origen al partido liberal, mientras que a los pertenecientes al rito escocés se les conocerá como “conservadores”, herederos del libe- ralismo español. Al poco tiempo, los masones que no veían con total simpatía ninguna de las alternativas existentes, optan por una tercera opción, la funda- ción, en 1825, de un rito de corte nacionalista denominado “Rito Nacional Mexicano”, cuyos integrantes pretendían la creación de un modelo político y de gobierno propio de la idiosincrasia del mexicano. De cualquier manera, es un hecho que la masonería vino a incidir en los sucesos políticos del país y, muy espe- cialmente, en los estados norteños. Durante 1826, las provincias de Coahuila y Texas dieron mucho de qué hablar no sólo por sus disturbios internos y por la migración texana, sino también por el intento de independentista de la República de Fredonia y por las acaloradas disputas dentro del Senado, cuando se presentó un proyecto de ley para prohibir las logias en todo el territorio nacional.

J.R. Poinsett

J.R. Poinsett

Al llegar al país, el emperador Maximiliano de Habsburgo, en 1864, los miembros del Supremo Consejo del Rito Escocés le ofrecieron el título de soberano gran comendador y gran maestro de la Orden. El emperador declinó los cargos, pero aceptó se le proclamara gran patrono y protector de la Orden. Sin pertenecer a la masonería, nombró a dos de sus hombres de confianza, para que lo representaran en los Altos Cuerpos, y ellos fueron iniciados y elevados al grado 33 por el Supremo Consejo.

El único momento en que la masonería mexicana estuvo bajo una sola autoridad fue entre 1890 y 1901, cuando el presidente Porfirio Díaz logra unificar los distintos ritos.

En 1878, el Supremo Consejo del Rito Escocés había desconocido a la Gran Logia Valle de México, ya que su flamante gran maestro era el poeta y político liberal Ignacio Manuel Altamirano, con quien Díaz tenía serias diferencias. Altamirano formó entonces el Supremo Gran Oriente de los Estados Unidos Mexicanos, separando los tres primeros grados simbólicos de los 30 grados siguientes. Tras regresar Altamirano de la misión diplomática en Madrid, en 1889, Díaz ve la necesidad de unificar y reconciliar el pensamiento liberal. Siguiendo sus indicaciones, se acuerda la fusión de los dos cuerpos importantes de la república mexicana. Así, en 1890, es fundado el organismo que administrará tanto los grados simbólicos como los su- periores o filosóficos de todos los ritos, la Gran Dieta Simbólica, siendo proclamado gran maestro el mis- mo Porfirio Díaz. Dada la variedad de ritos y políticas de la masonería mexicana de aquellos años, esa fusión sólo puede mantenerse por medio de la coacción del Estado. De este modo, para 1901 la Gran Dieta Simbólica se disuelve.

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Porfirio Díaz

Muchas logias, cuerpos y obediencias se crearon a lo largo del siglo XIX. De igual modo, se introduje- ron diversos ritos en la república mexicana, como el del Temple, el de San Juan y el Reformado. No todos han sobrevivido hasta el día de hoy. Actualmente, es abrumadoramente mayoritario el Rito Escocés Antiguo, pero son también numerosos el Rito York y el Rito Nacional Mexicano. A principios del siglo XXI han encontrado cobijo otros ritos que son más comunes en otras latitudes.

* Contacto: feavila03@gmail.com

Referencias

1. Guedea, Virginia, “En busca de un gobierno alterno: los Guadalupes de México”, México, UNAM, IIH, (1992).

2. Guedea, Virginia, “Una nueva forma de organización política: la sociedad secreta de Jalapa, 1812”. En: Un hombre entre Europa y América. Homenaje a Juan Antonio Ortega y Medina, México, UNAM, IIH, 1993, pp. 185-208.

3. Guzmán, José R. “Fray Servando Teresa de Mier y la Sociedad Lautaro” En: Anales. Instituto Nacional de Antropolo- gía e Historia, época 7a., tomo I, 49 de la colección, 1967- 1968, México, INAH.

4. Mateos, José María. Historia de la masonería en México. Desde 1806 hasta 1884. México. Editorial Herbasa (1983). 5. Rangel, Nicolás. Los precursores ideológicos de la guerra de independencia: 1789-179. La masonería en México. Siglo XVIII, México, AGN, (1929).

6. Torre Villar, Ernesto de la. Los guadalupes y la Independencia. México, Porrúa, (1985).

7. José Luis Trueba. Masones en México. Historia del poder oculto. México. Grijalbo (2007).

8. Manuel Rodríguez Castillejos. Los ritos masónicos. Ed.Masónica. Madrid (2009).

9. Manuel Guerra de Luna. “Los Madero: la saga liberal”. Editorial Bicentenario México, (2009).