La Cyborbiblio

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YOLANDA ELIZABETH MARTÍNEZ CHACÓN

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 79, MAYO-JUNIO 2016

Mientras capturaba un par de artículos en el sistema, Lucila sintió una sombra a su espalda –pisos abajo se escuchaba el motor del aire acondicionado y las risas de sus compañeros–, volteó para ver si algún usuario despistado quedaba por ahí, pero sólo descubrió sillas y cubículos vacíos.

Con miedo y curiosidad, caminó entre las estanterías con piernas temblorosas. Gritó a su amigo del cuarto piso.

—¡Pablo! ¿Eres tú? ¡Holaaaa! ¡Don Pablo!

Las historias de terror sobre supuestas apariciones le revoloteaban la cabeza. Los guardias le contaban sobre una viejita, un niño, un señor y un intendente, todos se aparecían por la noche. Dejó de pensar en ello para no “atraer las malas vibras”, el sólo pensar que podría ser testigo de una aparición le crispaba los huesos. Una secretaria le contó que siempre que se quedaba tiempo extra sentía una sombra y prefería irse antes de terminar el trabajo para evitarla.

—¿Qué fue eso? ¡Si hay algún usuario por ahí, la biblioteca cierra a las 7! –anunció con esperanza de recibir respuesta.

En su soledad y dentro de aquella cilíndrica biblioteca, oscura en invierno, de paredes grises, frías y sobrias, donde el aroma a libro antiguo viaja de las estanterías a las fosas nasales y el silencio reina día y noche, una revista cayó al piso…

—¡Ay! –volteó dando un brinco. “Mañana que mi compañera la recoja, no creo que se la roben”, pensó y aceleró el paso. “¡Qué frío! Me molesta tanto que no apaguen el clima temprano, este lugar es un congelador”.

Un chiflido helado subió con ella al elevador. El aire acondicionado no era la causa, estaba apagado. Los espejos que rodeaban aquel reducido espacio parecían observarla. Quizá había subido aquella sombra que la secretaria tanto le contaba que veía a esas horas. Lucila dejó de pensar en tonterías y trató de recordar algún libro que le agradara.

Las puertas se abrieron, la obnubiló tanta luz, ruidos extraños. Máquinas y monstruos aparecieron, también cápsulas blancas de gran tamaño con forma de gota parecían pender en el aire. Comenzó a recobrar la vista, se quedó momificada frente a las cabinas. Con la frente escurriendo y la respiración agitada, recordó:

“¡Quizá esa sombra me orilló hasta aquí!”, las ideas le daban vueltas, no sabía si llorar, gritar o reír, pensando que todo esto era una tonta broma.

—¿Dónde estoy? ¡Guardias! ¡Guardiaaas! –nadie contestó.

Súbitamente aparecieron seres con cuerpo robótico y cabeza humana –ciborgs–. Una mezcla orgánico-sintética, mitología y tecnología, mecánica y metal, mente y hierro. Con piernas, manos y brazos robóticos caminaban entre las cápsulas insertando microchips en diminutos orificios detrás de las mismas; marchaban de un lado a otro, dentro de un edificio circular, muy parecido a la forma cilíndrica de la biblioteca donde Lucila trabajaba.

—¡Dios mío, por favor, ayúdame o conviérteme en sal por haber visto este lugar! –caminó desesperadamente y tropezó por la debilidad de sus piernas–. A ver… ¡aquí debería estar el elevador!

Intentó regresar por donde había llegado pero no había elevador ni puerta, ni escalera, ni pasadizo secreto. Estaba a merced de los cyborgs, quienes sacaban humanos de algún lugar para meterlos en las cápsulas en forma de gota. Veía cómo los arrastraban cuando oponían resistencia, a veces disparaban un láser, los humanos se desvanecían del dolor que les provocaban las llagas sangrantes.

—¿De dónde sacarán a esas personas? ¿Qué buscan?, ¡llevan a una niña, qué horror! Pero ¿qué están haciendo? –miró a su alrededor.

Los cyborgs metieron a la niña dentro de una de las cápsulas e introdujeron el microchip. Al abrirse salió con la cabeza rapada, un número tatuado en el cráneo, brazos, piernas y cuerpo robótico. Su mirada era oscura y vacía.

“¡Malditos! ¡Pobre niña! ¡No quiero que me atrapen!”, pensó Lucila cuando la cápsula, tras la cual se escondía, se abrió.

Corrió para esconderse, se metió a una de las misteriosas máquinas en forma de gota. Enfrente había dos botones: rojo, verde y una pequeña pantalla: Poe, Baudelaire, Bradbury, Asimov, Lovecraft. Detrás había garras, como manos de robot listas para devorar cabezas.

—Bienvenida a la Cyborbiblio, seleccione el autor de su preferencia, en unos segundos la información remplazará todos sus recuerdos y será una nueva persona –dijo la máquina.

—¿Libros, revistas, periódicos? ¿Para qué querrán meter a las personas esos pedazos de lámina inútil? ¡Aaaah! ¡No, no! ¡Ayuda!

Las garras robóticas habían logrado enchufarse sólo a medias. Presionó el botón Poe y en segundos la cápsula oscureció. Su mente viajó por un instante al abismo, sus ojos se nublaron de oscuridad, su boca sintió el cosquilleo de los gusanos, estaba bajo un estado de catalepsia, como en aquel cuento de “El entierro prematuro”. Ahora entendía que aquella información no solamente se introducía a su cerebro, sino que también se vivía y sentía. Luchó por zafarse, el forcejeo con la cápsula hizo que se activara la alarma.

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—¿Cómo detengo esta cosa? ¡Me matará, me matará! Los cyborgs corrieron a su cápsula, preparaban su láser para detener al intruso.

—Este es el fin– dijo Lucila al ver que se acercaban.

—¡Intruso F666! –decían–. ¡Intruso F666!

La trasladaron a circulación (lugar donde se organizaba y se encerraba a las personas que habían cometido alguna falta) bruscamente y la arrojaron dentro de una celda.

—¡Entra!

El terror se introducía hasta sus membranas más delicadas, sus ojos no creían lo que veían. Un intendente de la biblioteca –tiempo atrás desaparecido– estaba tras unos barrotes de láser con cientos de personas, eran completamente humanos. Lucila se acercó tímidamente. El intendente, que ya pintaba algunas canas y cuya barba llegaba casi hasta las rodillas, la miró con ansias macabras. Ella no pudo contenerse:

—¡Qué horror! ¿Tú? Te creíamos viviendo con tu suegra.

—No hables demasiado fuerte, ellos escuchan todo. Soy prisionero. Me trepé al elevador y pulsé PB (planta baja), aparecí aquí. Cuando leí: “piso 7”, eso me turbó, ya que no hay tal. Lo único que recuerdo es que no regresé un libro y no sé si por eso estoy aquí.

Mientras tanto, sacaban a otro más de la jaula, era un anciano y no pudo luchar.

—¡Camina! ¡No hay salida!

Lucila y el intendente se arrinconaron. Las mujeres corrían como gallinas despavoridas y los hombres trataban de ser fuertes y se paraban de manera desafiante protegiendo a los menores.

Un cyborg se acercó… Sacó el láser y disparó.

—¡Maldito! ¡Ah! ¡Mi piel!

El cyborg había puesto el sello en la pierna de Lucila como si perteneciera a algún fondo de libros.

—Está prohibido hablar entre ustedes, ¡silencio! – vociferó el cyborg y se fue marchando.

—¡Prefiero mil veces esta cárcel y soportar el dolor que convertirme en cyborg! –gritó Lucila.

Las personas que entraban a las cápsulas después salían como zombies. Su vida parecía haberse ido a otra parte, caminaban perdidos. Los cyborgs se encargaban de traer más personas utilizando una fuerza magnética, como un fantasma, una sombra.

—¿Cómo escapar ante semejantes seres? –dijo Lucila con lágrimas, antes de que un cyborg entrara y la jalara con fuerza del brazo.

—¡Agrrrrrr!

Aquello era una pesadilla.

—¡Suéltenme, desgraciados!

El cyborg apretó más su brazo.

—¡Es inútil resistirse, todos serán parte de nuestra base de datos!

Lucila pateó al cyborg, lo único que consiguió fue lastimar su pie ante la dureza del metal.

La conectó a una máquina, las garras se activaron y un microchip fue introducido a su cráneo. El dolor fue intenso. En una cabina de desinfección la raparon y tatuaron un número en su cráneo. Al abrir los ojos, su mirada estaba vacía, caminaba sin gesto, fría y hueca; era uno de ellos. Toda su vida estaba en aquel microchip. Un cyborg marchaba atrás de otro, depositando los microchips de cada una de las personas que secuestraban dentro de una base de datos: la Cyborbiblio. Querían conseguir más y más conocimiento, no les interesaban las riquezas ni el poder, sólo el conocimiento.

El intendente vio pasar repetidas veces a la que antes era Lucila, sabía que aquélla era su cara, pero sin el mismo semblante:

—¡Lucila, Lucila! ¿No me reconoces? ¡Hey! ¡Libéranos!

En vano gritó aquel hombre, Lucila ya no estaba ahí.

Quizá tanto conocimiento corrompe las mentes de estos seres, nunca es suficiente, pensó el intendente mientras se deslizaba lentamente hacia el piso.

En la biblioteca levantaron una alerta en busca de Lucila, salió en todos los noticieros. Su familia no lo podía creer: en su trabajo no checó salida, nadie la vio salir, su carro seguía estacionado, sus cosas estaban en el elevador, nada tenía sentido, ¿dónde estaba Lucila?

* Universidad autónoma de Nuevo León.

Contacto: lizzy.chacon@gmail.com