La revolución impensable: Occidente y la Revolución Haitiana de Independencia

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HÉCTOR CARLOS LAZCANO FERNÁNDEZ*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 79, MAYO-JUNIO 2016

El objetivo de este trabajo es mostrar la historia de la Revolución haitiana de Independencia desde una perspectiva diferente a la dominante occidental (eurocéntrica), a partir de la interpretación del capítulo “Una historia impensable, la Revolución haitiana como un no evento”, que forma parte del libro Silenciando el pasado de MichelRolph Trouillot,  (1) la cual implicó traducción, resumen y comentarios.

La Revolución haitiana fue la primera en lo que llamamos América Latina, probablemente fue la revolución más radical de todas las de su época. El antropólogo haitiano y profesor de la Universidad de Chicago, MichelRolph Trouillot, nos dice en su libro que a pesar de su importancia, esta Revolución fue tratada por Occidente como un “no evento”, como algo que no sucedió, además nos muestra que las revoluciones más “importantes” de ese tiempo, la francesa y la norteamericana, no estuvieron a la altura de sus pretensiones de “universalidad”, pues su concepto de “hombre libre” no incluía a los esclavos negros ni a las mujeres.

Trouillot nos habla acerca de un no evento, algo que no sucedió: ésta es la Revolución de Independencia haitiana de 1791, pocos días antes de estallar el movimiento las elites estaban seguras de que los negros estaban tranquilos, eran obedientes y la posibilidad de cualquier revuelta general era imposible. Nadie pensaba que los esclavos fueran capaces de prever su libertad y mucho menos que tuvieran la capacidad de ganarla y asegurarla porque la posibilidad de un levantamiento exitoso que llevara a la creación de un Estado negro independiente no encajaba en la visión de los blancos, ya fueran americanos o europeos.

De esta manera, la Revolución haitiana entraba a la historia con la característica de ser impensable incluso en el momento de estar sucediendo, lo prueban documentos de la época publicados en Francia, los cuales muestran la incomprensión acerca de lo que pasaba en Haití. En Francia, las elites leían los eventos con ideas preestablecidas, incompatibles con una revolución de esclavos. El problema es epistemológico y metodológico en el sentido más amplio y habría que preguntarse hasta qué punto la historiografía moderna se ha separado del discurso tradicional acerca del esclavismo, la raza y la colonización.

La idea de Occidente fue creada en alguna parte a inicios del siglo XVI, la expulsión de los árabes y los llamados viajes de exploración son parte del contexto con que los gobernantes y comerciantes de la cristiandad occidental conquistaron América y el mundo. Un nuevo orden simbólico es desarrollado: la invención de las Américas y la invención de Europa, la occidentalización de la cristiandad y la invención de un pasado grecorromano, todo como parte de un proceso por el cual Europa se convirtió en Occidente.

Lo que llamamos Renacimiento (más un invento que un acontecimiento) se ocupó de una serie de problemas filosóficos a los que políticos, teólogos, artistas y soldados encontraron respuestas abstractas y concretas: ¿qué es la belleza, el orden, el Estado y sobre todo qué es el hombre? Y no la mujer, agregaría yo, pues al mismo tiempo que se contestaban estas preguntas los europeos mataban, dominaban y esclavizaban otros seres que algunos de los mismos europeos consideraban como iguales.

La discusión entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda fue sólo una instancia en el encuentro de lo simbólico y lo práctico, ya que el Renacimiento no encontró una respuesta (la tesis del autor es que no podía) al problema de la naturaleza ontológica de los conquistados. Las Casas ofreció un pobre y ambiguo compromiso (del cual se arrepentiría después): libertad para los salvajes (los indios) y esclavitud para los bárbaros (los africanos).

En los siglos XVII y XVIII aumentó la actividad esclavista de Europa al mismo tiempo que aumentaban las discusiones filosóficas acerca del hombre. Sin embargo, en estas discusiones no hay un solo punto de vista de negros o de gente que no fuera blanca, los no blancos fueron forzados a entrar en diversos esquemas, los cuales reconocen diversos grados de humanidad en los que al final de cuentas algunos humanos eran más humanos que otros.

Al final del siglo XVIII los Hombres (con mayúscula) eran los europeos hombres, también eran hombres, pero en menor grado, las mujeres blancas y algunos blancos ambiguos como los judíos europeos, más abajo los chinos, los persas y los egipcios, los cuales ejercían cierta fascinación en algunos europeos por ser más “avanzados” y potencialmente más malvados que otros occidentales.

Las connotaciones negativas con respecto al color de la piel se empezaron a extender desde la alta Edad Media y para mediados del siglo XVIII la palabra “negro” era universalmente malo y lo que pasó entretanto fue que la esclavización de los africanos se había extendido. El racismo contra los negros se convirtió en la ideología de los dueños de plantaciones primero en Norteamérica y luego pasó a Europa donde se mezcló con los aspectos racistas del racionalismo.

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En la literatura francesa encontramos ejemplos interesantes: Buffon dice que los negros no son de otra especie pero sí son diferentes como para ser esclavos, y según Voltaire sí eran una especie diferente, culturalmente destinada a ser esclava. El hecho de que algunos de estos pensadores estuvieran ligados a los beneficios que proporcionaba la esclavitud pudo influir en su pensamiento. (2)

Para el momento de la Revolución americana el racismo científico tenía influencia en ambas partes del Atlántico. La Ilustración reformuló algunas de las respuestas del Renacimiento acerca de: “¿qué es el hombre?”, para acomodarlas a las prácticas coloniales, de tal manera que luchadores por la libertad como Jefferson (la libertad de esclavizar a los negros y de quitarles sus tierras y exterminar a los nativos) no se hundieran bajo el peso de sus propias contradicciones intelectuales y morales.

El autor no está sugiriendo que esas personas debieron pensar en la igualdad de la humanidad de la manera en que nosotros lo hacemos, lo que dice es que no podrían haberlo hecho y lo que trata de hacer es sacar las lecciones para entender esta imposibilidad histórica.

La Revolución haitiana desafió todas las ideas políticas y ontológicas de los escritores más radicales de la Ilustración y para ellos estos hechos eran impensables. P. Bordieu define lo impensable como aquello para lo que no se tienen los instrumentos conceptuales adecuados, lo impensable es pues lo que uno no puede concebir dentro del rango de posibilidades alternativas. (3)

Las categorías fallan

Desde la llegada de los primeros esclavos hasta 1791 las manifestaciones de resistencia de los esclavos fueron tratadas con ambigüedad pues aceptarlas era reconocer su humanidad, pero como sí había resistencia ésta era tratada con severidad junto a las ficciones de que los esclavos estaban bien, la verdad es que resistían y existía una serie de medidas legales e ilegales para tratar la resistencia. Por su parte, las publicaciones de la época no podían negar la resistencia pero la trivializaban o la trataban como casos patológicos: el esclavo rebelde era un desajustado. Estos argumentos no convencían ni a los mismos esclavistas pero era el único esquema que les permitía tratar con el asunto como si no fuera un fenómeno masivo, lo cual era inconcebible.

Integrado a cualquier sistema de dominación, está la tendencia a proclamar su propia normalidad. De hecho, reconocer la resistencia masiva es aceptar que algo está mal con el sistema y esto era negado sistemáticamente en toda la América esclavista y era parte central del racismo científico.

Una vez que en algunos lugares se consolidaron colonias de esclavos escapados, la posibilidad de resistencia masiva permeó el discurso occidental, pero aparecía siempre como una advertencia, no como una posibilidad real de una rebelión que se convierte en una revolución y en un Estado negro moderno (esto era parte de lo impensable).

En ese tiempo la palabra esclavitud era una metáfora fácil. Diderot podía aplaudir a los revolucionarios americanos por “rehusar a ser esclavos” sin importar que algunos de ellos los poseyeran y es en este contexto que debemos entender los principios de las revoluciones francesa y americana. Si bien, podemos decir que incluían a todos los seres humanos, esta lectura no era la interpretación favorita de los “hombres” de 1789 y 1791.

Los pocos textos que hablarían claramente del derecho de insurrección o la posibilidad de insurrección triunfante están lejos todavía en ese momento y la mayoría de los pensadores occidentales son inconsistentes, su filosofía usualmente no correspondía con su actividad política.

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La Revolución haitiana no sólo era impensable para Occidente por cuestionar la esclavitud y el racismo, sino por la manera en que lo hizo; cuando empezaba la insurrección en Santo Domingo algunos escritores radicales europeos y algunos en América aceptaban (con reservas) la humanidad de los esclavos y casi ninguno sacó la lógica conclusión: la necesidad de abolir la esclavitud.

Pocos escritores habían mencionado de manera intermitente y metafórica la posibilidad de resistencia de los esclavos porque casi ninguno dijo que podrían rebelarse y mucho menos que deberían rebelarse. Louis Sala-Molins dijo que la Revolución haitiana fue la última prueba de la Ilustración y el autor va más lejos para decirnos que la Revolución haitiana fue la última prueba de las pretensiones de universalidad de las revoluciones francesa y americana: ambas fallaron. (4)

Hay que recordar que los asuntos claves de la filosofía política que se hizo explícita en Santo Domingo-Haití en 1791 y en 1804 no fueron aceptados por la opinión pública mundial hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la Revolución haitiana estalla sólo 5% de la población mundial, estimada en 800 millones, podía ser considerada libre bajo criterios modernos ya que las campanas por la abolición del comercio de esclavos y de la esclavitud estaban lejos.

Por necesidad la Revolución haitiana se visualizaba a sí misma conforme avanzaba, el discurso siempre detrás de la práctica. La Revolución produjo pocos textos filosóficos explícitos: La declaración de campo Turel, el Acta de Independencia de Haití y la Constitución de 1805.

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La importancia de la Revolución se veía más claramente con cada umbral político que superaba: la insurrección (1791), el derrumbe del aparato colonial (1793), la libertad general (1794), la conquista de la maquinaria estatal (1797), cuando fue domada esa maquinaria (1801) y la proclamación de la independencia (1804), todos estos pasos llevaron al surgimiento de un “Estado negro” moderno que todavía era parte de lo impensable hasta el siglo XX.

Las respuestas y el debate de Occidente con respecto a la Revolución siempre fueron reactivos, lidiaban con lo imposible una vez que era un hecho y aún entonces los hechos no fueron siempre aceptados como tales.

Enfrentando lo impensable: la falla de las narraciones Cuando llegaron las primeras noticias de la insurrección a Europa, pocos las tomaron en serio, tenían que ser falsas por varias razones: 1) 50 mil esclavos no pueden actuar en concierto de manera rápida, 2) no eran capaces de concebir la rebelión ellos mismos y los mulatos o blancos no estaban locos como para incitarlos, 3) 50 mil negros indisciplinados y mal armados no podían derrotar a 1800 soldados franceses.

Los puntos de vista no cambiaron a pesar de la confirmación de lo que pasaba, en todas partes los dueños de plantaciones y los políticos encontraron explicaciones que forzaban la rebelión dentro de su punto de vista: los negros no podían concebir una tarea tan grande, la insurrección era culpa de los dueños, no pretenden un cambio revolucionario, la insurrección no es apoyada por la mayoría de los esclavos, hay agitadores foráneos.

El diputado de la asamblea nacional, Blangilly, (5) señaló que la rebelión –al menos en parte– se debía a un natural deseo de libertad de los esclavos (rechazado por la mayoría) y sugirió elaborar una ley para mejorar las condiciones de éstos, la cual quedó como sugerencia.

Para la primavera de 1792, no era posible negar la extensión de la rebelión, la cantidad de esclavos y plantaciones envueltas, así como las pérdidas materiales de los colonialistas; a pesar de todo esto algunos esperaban que las cosas volvieran a la normalidad debido al ascendiente que los blancos siempre tuvieron sobre los negros.

A mediados de 1793 el comisario Sonthonax se ve forzado a declarar libres a todos los esclavos dispuestos a luchar por la República Francesa, pocas semanas después Toussaint L’Ouverture hace la proclama de campo Turel: igualdad y libertad inmediata e incondicional para todos.

Para ese momento era claro que los líderes de la Revolución no estaban dispuestos a seguir órdenes de nadie: ni colonialistas, ni jacobinos o potencias extranjeras, pero se seguía pensando que la nueva elite negra, voluntariamente o no, sería el peón de alguna potencia internacional o que la colonia se vendría abajo y alguna potencia aprovecharía la situación y si algunos gobiernos como el de EUA tenían una colaboración restringida con el régimen de L’Ouverture, era debido a que “sabían” que un Estado independiente formado por antiguos esclavos era una imposibilidad.

La expedición francesa de reconquista fue lanzada en 1802. El jefe, general Leclerc, dijo que terminaría en dos semanas, se equivocó por dos años y también en el resultado. Para 1804 la Declaración de Independencia de Haití era un hecho consumado, pero no aceptado de la mejor manera. El reconocimiento internacional de la independencia tomó tiempo. EUA y el Vaticano reconocieron la independencia casi 50 años después y Francia impuso fuertes indemnizaciones que Haití terminaría de pagar hasta el siglo XX.

El rechazo diplomático era sólo un síntoma y en general en el siglo XIX el racismo científico ganó terreno; el dominio europeo en Asia y sobre todo en África reforzó estas ideas. Fuera de Haití la Revolución siguió siendo un impensable por más de un siglo.

Borrar y trivializar: silencios en la historia mundial

El autor nos muestra cómo la revolución que sus contemporáneos pensaron que era imposible también ha sido silenciada por los historiadores, los cuales han creado narrativas muy similares a las de los que pensaron que ésta era imposible. El autor divide las maneras en que la Revolución ha sido tratada en dos: 1) se tiende a borrar el hecho revolucionario (los vulgarizadores) y 2) se banaliza el hecho al vaciarlo de contenido revolucionario y trivializarlo (los especialistas), pues las dos son formas de silenciar.

Continúa diciendo que en la literatura con respecto a la esclavitud y al holocausto puede haber similitudes estructurales en los silencios globales pues en cierto nivel sólo cancelan lo que pasó, borrando directamente el hecho o su relevancia: “no sucedió realmente”, “no era tan malo o importante” o “también hubo esclavitud de blancos”, entre otros.

Otras narrativas banalizan con multitud de detalles: “algunos esclavos en EUA estaban mejor alimentados que los trabajadores ingleses” o “algunos judíos sobrevivieron”, ambas fórmulas se complementan y lo que no se suprime con las generalidades es sepultado con detalles irrelevantes.

El silenciamiento de la Revolución se fortaleció debido al destino del país y durante el siglo XIX Haití se deterioró económicamente, en parte debido al aislamiento. Con la decadencia del país, la Revolución parecía más distante y la que era Revolución impensable se convirtió en un no evento. Hubo otros factores, entre ellos los temas ligados, como el racismo, la esclavitud y el colonialismo que a pesar de su importancia en la formación de Occidente, ninguno se ha convertido en un tema central de la historiografía de los países occidentales.

El silencio también es reproducido en libros de texto dirigidos a las masas en todo el mundo, en los cuales se les enseña a los lectores que el periodo de 1776 a 1843 es “la era de las revoluciones”, porque al mismo tiempo no se menciona la revolución más radical de esa época (al menos políticamente).

El silencio persiste a pesar de que los británicos perdieron más de 50 mil hombres en su intervención en la Isla (más que en Waterloo). Eric Hobsbawn, uno de los mejores analistas del periodo, se las arregló para escribir un libro titulado La era de las revoluciones, en el que apenas aparece la Revolución haitiana y esto nos indica que a veces los silencios históricos no reproducen directamente las posiciones políticas de los historiadores porque lo que vemos es el poder archivístico, que es el poder de definir lo que es y no es un objeto serio de investigación y digno de mencionarse.

Francia es el país occidental más involucrado en la Revolución haitiana, al igual que los británicos perdieron más hombres ahí que en Waterloo y con la isla perdieron su colonia más valiosa, pero nada de esto es mencionado en la historiografía francesa de manera positiva o negativa: sólo hay capas de silencio.

El silencio empieza desde la Francia revolucionaria, a pesar de ser Haití la colonia más valiosa del mundo occidental y de que las cuestiones de racismo, esclavitud y colonialismo eran consideradas como importantes, apenas fueron discutidas en las asambleas revolucionarias.

La Francia de la Revolución y la administración colonial dejaron registros públicos y privados. De manera que el poco interés de la historiografía francesa por la cuestión colonial, la Revolución haitiana y la esclavitud no es debido a la falta de datos, ni siquiera el centenario de la abolición de la esclavitud en Francia en 1948, ni las celebraciones del bicentenario de la Revolución francesa entre 1989-1991 rompieron el silencio con respecto a la Revolución haitiana, la esclavitud o el colonialismo.

La búsqueda de influencias externas en la Revolución haitiana nos da un buen ejemplo del poder archivístico, no porque las influencias sean imposibles, sino por la manera en que los historiadores tratan la evidencia acerca de la dinámica interna de la Revolución y están más dispuestos a aceptar que los esclavos estaban influenciados por mulatos y blancos (con los que tenían poco contacto) a que los mismos esclavos convencieron a otros esclavos.

Los historiadores tampoco ven la evidencia de que los esclavos tenían su propio programa y que en las primeras negociaciones lo que los líderes demandaban era el derecho a trabajar tres días a la semana en sus propios cultivos y la eliminación del látigo; eran demandas de esclavos (no demandas de jacobinos o algún otro grupo) con un toque campesino, por eso fue ignorado, trivializado y silenciado.

Otros autores se alejan de la palabra revolución y utilizan conceptos como “insurgentes, rebeldes, bandas, insurrección”, detrás de todo esto está la imposibilidad de considerar a los antiguos esclavos como los principales actores de los eventos en los que participaron.

Desde los años sesenta ha surgido un contradiscurso alimentado por una parte con la producción historiográfica de Haití y por la otra con la producción no haitiana. La tendencia de los haitianos ha sido la de responder al racismo con un discurso épico y politizado de la Revolución.

Por su parte, la historiografía foránea, a pesar de su sofisticación, riqueza empírica, vocabulario y marco teórico, nos recuerda el siglo XVIII, aunque los motivos políticos conscientes no sean los mismos, a fin de cuentas el silenciamiento no requiere una conspiración, ni siquiera un consenso político porque sus raíces son estructurales. A pesar del tiempo que ha pasado, la estructura narrativa de Occidente no ha roto con el orden ontológico del Renacimiento y este ejercicio del poder es más importante que las filiaciones conservadoras o liberales de los involucrados.

Lo que está en cuestión es la relación entre lo que el autor llama historicidad 1 e historicidad 2, es decir, entre lo que pasó y lo que se dice que pasó, el silenciamiento de la Revolución haitiana es sólo un capítulo dentro de una narrativa de dominación global, es parte de la historia de occidente, y va a persistir hasta que la historia no sea contada desde una perspectiva diferente a la occidental.

Comentarios finales

El tema de la Revolución haitiana es un tema actual y Haití es el país más pobre de lo que llamamos América Latina; una parte de la culpa de su atraso, como señala el autor, se debe al no reconocimiento diplomático de las potencias del siglo XIX y otra parte se debe a las “reparaciones” o “indemnizaciones”. Los pagos que tuvo que hacer Haití para compensar a los dueños franceses de plantaciones y esclavos que se terminaron de pagar a mediados del siglo XX, una tercera parte se debe a múltiples intervenciones de potencias como EUA en los asuntos haitianos y también en errores de las mismas elites. Haiti fue castigado por Occidente por hacer una revolución y es en este contexto que debemos juzgar al país más pobre de América Latina, el primero en hacer una revolución de independencia… la más radical de su época.

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: hlazcano57@gmail.com

Referencias

1. Trouillot, Michel-Rolph (1995). Silencing The Past (power and the production of history) Beacon Press. Boston Mass.

2. Sala-Molins, Louis (1992). Misère des lumières. Sous la raison,l’outrage. Paris. Robert Laffont.

3. Bordieu, Pierre (1980). Le sense pratique. Paris. Minuit.

4. Sala-Molins, Louis (1992). Le code noir ou le calvarie de Canaan. PUF. Paris.

5. Blangilly. Archives Parlamentaires, vol. 35. Paris. L’imprimerie National. 1787-89.