El segundo robot

Share This
Etiquetas

segundorobot

ZACARÍAS JIMÉNEZ

CIENCIA UANL / AÑO 18, No. 73, MAYO-JUNIO 2015

I

Pronto Monterrey estaría a la vanguardia en robótica, pero aún faltaba una real educación en la sociedad y resolver los problemas sociales, otra promesa más de los políticos en campaña. El segundo robot que existió en Monterrey (Mercurio) vino de Ecuador por gestiones del escritor Iván Oñate (autor de “Cuando morí”), quien facilitó las cosas para que se instalara en tierras norteñas, con base en un Tratado de Libre Comercio entre Ecuador y México que fundamentalmente consistía en trasladar robots del país centroamericano a Monterrey. Mercurio sería la primera prueba, se conectaría a un ordenador en el Instituto de Robótica e Informática Industrial, a cargo del científico Simón Lucas; luego, paulatinamente, el robot adquiriría independencia. Según Simón, había pocas probabilidades de que se humanizara. Se trataba de una máquina fabricada con la más alta tecnología de punta, afirmaba, sin pensar en que llegaría el momento en que él tropezaría con la realidad.

Peculiar criatura, su capacidad de sensibilización no la comprendieron los científicos del Instituto de Robótica e Informática Industrial a tiempo: una frase fue la medida de su compromiso con el género humano.

––En un mundo de gente ilustrada por la ciencia y la tecnología, no lo duden, se vendría para abajo el crimen organizado y todas las fechorías–, había dicho el presidente del Instituto.

––Sin embargo, valdrá la pena readaptar a los facinerosos; se salvarían ellos y nuestra conciencia también–, reflexionó el vicepresidente.

––Cierto, poco lejos estamos de aquel gran filósofo que en la antigüedad manifestó: “Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen”–, contestó el gerente de la Robótica Posmoderna Norestense, en esa reunión invitado especial, para sorpresa de sus colegas que desconocían sus tendencias religiosas.

––Amad a vuestros enemigos…–, murmuró el robot. El versículo de Mateo 5: 43-44 lo conmovió al grado que lo adoptaría en el futuro como una verdad fundamental.

––Bah, no podemos escudarnos en ideologías medioevales.

––Pero sí en la sabiduría antigua.

Cuando el robot murmuró nuevamente el texto, Simón Lucas lo escuchó y se puso de pie.

—Esperen, no desconecté al robot–. Sin embargo, se sorprendió al comprobar lo contrario.

Quizá haya una explicación para que a lo largo de la humanidad, a pesar de sus mutaciones metafísicas, la animadversión de la turba se manifieste contra un individuo cuando es solitario, tímido, diferente. Tales características poseía Otto Bennoto, quien, al arribar a la colonia Lomas del Pedregal, tuvo la desdicha de no serles simpático a los inquilinos, con excepción de los integrantes del Instituto de Robótica, sus vecinos contiguos. Sin embargo, al paso de los días, sólo doña Cholita, por orden del yerno, se dio a la tarea de espiar a Otto, a quien odió más cuando escuchó de su propia boca que en campo nazi de concentración había torturado a un hombre llamado David Jerusalem. Primero incitó a un grupo de vecinos para que lo agredieran; luego lo denunció con el jefe de la Policía de Barrio, Prutosio Presas, quien no desaprovechaba información en pro de sus corruptelas.

––Lee libros, comandante.
––Escribe y tiene muy buena ortografía.
––¿Buena ortografía? Si eso ya ni se usa. Lo visitaremos.

II

Durante la madrugada, en la casa contigua al Instituto, unos quejidos incomodaron a Simón, que aun así pudo dormir.

––¿Para quién escribes? Habla. Ahora sentirás lo que David Jerusalem cuando lo torturabas–. En su habitación, Prutosio y otro policía ultrajaban a Otto, a quien le habían amarrado las manos ––Escribo porque me duele la vida.

––Nos interesa saber para quién escribes, no sonseras–, uno de los policías le apretó los testículos, y por el mismo dolor Otto no sabía qué decir.

––Habla, perro, o mato a tu suegra, ¿a quién le escribes?

––Ahg… escribo para mí mismo.

El policía se secó el sudor, desenfundó su revólver…

En el Instituto, el robot comenzó a moverse, sin que su dueño se percatara debido al sueño.

… el policía cortó cartucho… y quizá fue lo mejor que pudo sucederle a Otto. El robot entró intempestivamente al cuarto, arrebató el arma de forma tan violenta que lastimó al policía, quien acobardado salió huyendo con el otro felón. Ni siquiera Simón Lucas sabía que el robot estaba programado para desactivar armas y detectaba la pólvora como indicio de peligro. También ignoraba que se iba humanizando y por momentos actuaba sin depender del ordenador.

El ruido había despertado a los vecinos, quienes, liderados por Cholita y su yerno, se disponían a aumentar las tribulaciones de Otto.

—Me tienes harta, ¿será posible que ni de madrugada dejes de joder la borrega?–, la mujer temblaba de rabia ante el mutismo de Otto; y el yerno asegundó:

—Se ríe dormido de nosotros.

––Yo no les he hecho nada–, expresó tímidamente Otto.

—Pues para cuando nos hagas.

—No es justo. Ya lo han torturado los policías de barrio por puros falsos testimonios –, dijo el robot.

––Este nazi torturó judíos en la guerra.

—Eso es imposible, esa guerra sucedió a mitad del siglo XX, cuando Otto ni había nacido.

—¿Te callas, infeliz robot? Déjalo hablar. Otto sonrió, cohibido, lo cual enardeció más a Cholita y al yerno.

—Démosle una revolcada –la suegra, el yerno y la turba avanzaron contra Otto, pero el robot les atajó el camino al esgrimir la frase que tanto lo conmovía:

—Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen–, inexplicablemente, la turba se abstuvo de atacar, poco a poco se marchó; no así Cholita y su yerno

—¿Qué tienes con Dios? Él no se hizo para ti, ni tú para él, eres sólo una simple máquina.

—¿Por qué no, si es el supremo hacedor de las cosas?

—No blasfemes.

—No blasfemo, describo.

—¿Qué tienes con nosotros, máquina infernal? – cuestionó el yerno, antes de descargarle dos martillazos en la mollera. Cholita, después de lanzarle la olla de los frijoles, lo agredió con una sartén hasta que sus ansias aterrizaron en la duda: ¿era justa su actitud? Ya tarde tomaron conciencia de que el robot no merecía ese trato. ¿Tener la razón en esta vida justifica herir a los que carecen de ella?

III

De paso por Monterrey, el escritor Iván Oñate aprovechó para comunicarle a Otto que lo habían considerado como agregado cultural en el Consulado de los Estados Unidos en Monterrey. Otto, conmovido, confesó que festejaría su ingreso recitando, en el espacio cultural de Colegio Civil, el cuento “Deutsches Requiem”, de Jorge Luis Borges, que noche a noche memorizaba, y en la que enfatizaba la tortura a David Jerusalem en un campo de concentración, y a quien sólo conocía como personaje literario de Borges, no como la víctima que habían imaginado, en su perversidad, doña Cholita y su yerno.

Los dos policías de barrio desaparecieron, y en su espacio de acción la Ministerial encontró unas computadoras robadas y una perrita chihuahueña que torturaban en sus ratos libres. El robot regresó a Ecuador para su reparación; y, como Simón dio fe de sus cualidades y su eficacia, pronto vendrán del país centroamericano robots para suplir a los trabajadores rebeldes y de paso a los indocumentados.