Evolución de la modernidad arquitectónica en Monterrey: causas exógenas y endógenas

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ARMANDO V. FLORES SALAZAR*

CIENCIA UANL / AÑO 18, No. 73, MAYO-JUNIO 2015

La modernidad arquitectónica en Monterrey es discutiblemente el resultado de la interacción de dos determinantes culturales clasificables como causas exógenas y endógenas. Las primeras pueden considerarse como espíritu de tiempo y las segundas como espíritu de lugar; éstas últimas, las endógenas, particularizan el fenómeno en cada lugar en que se manifiesta y lo hacen único, irrepetible, más diferente a los otros que parecido. La complejidad de su estudio es que lo endógeno se convierte a la vez en exógeno, cuando opera fuera de su lugar de origen, y ello conforma una compleja galería de espejos o una superficie fatua de reverberantes espejismos.

El fenómeno de la modernidad surge en Europa Central a partir de acontecimientos trascendentes, entre los cuales se han considerado la invención de la imprenta, la autonomía territorial ibérica, el descubrimiento y conquista del continente americano, el cisma religioso y el Renacimiento italiano, entre muchos otros.

Marshall Berman, al estudiar la modernidad, la subdivide en tres fases sucesivas: la primera comienza a tomar forma desde principios del siglo XVI, y la caracteriza por la intuición generada en ciertas personas acerca de los cambios y las propuestas aisladas que se dieron, por acá y por allá, sin llegar a comprenderse con claridad que ellos fueran parte de un fenómeno común. La segunda fase inicia con la Revolución francesa, con la cual se desarrolla el espíritu revolucionario, motivador de inquietudes e insurrecciones de todo tipo, lo que hace consciente de que se vive otra época: la modernidad, en tanto el fondo; y la generación del modernismo, en tanto la forma. Ello da pie a la tercera fase, en la cumbrera del siglo XIX al XX, con su rápida expansión al resto del mundo, particularizándose en cada lugar afectado y fragmentándose en tantas formas y modos hasta perder, en gran medida, la conexión y memoria de su esencia original.

En el campo de la arquitectura, vale la pena anotar que en 1673 apareció en París la traducción de la obra Vitruvio, firmada por Claude Perrault, y en 1683 un compendio de la misma con el título de Ordenanzas de las cinco especies de columnas, según el método de los antiguos. (1) En el penúltimo párrafo del prefacio, Perrault advierte que el “Tratado se divide en dos partes: en la primera trata de máximas y preceptos que pueden acomodarse a la arquitectura moderna (énfasis mío) y en la segunda, lo que pertenece a la arquitectura primitiva y a la antigua”. Luego, distingue como primitiva a la realizada antes de Vitruvio; como antigua, a la creada después de él, y como moderna a las contemporáneas que han “variado algunas cosas en la disposición y proporción, por acomodarse a nuestras costumbres”. (2)

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La palabra modernista (moderniste), en el sentido que le damos ahora, ya la empleaba el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau en su novela Julia o La Nueva Eloisa (1761), a través de su protagonista Saint-Preux, quien durante un viaje le describe a su amada en la campiña, la dinámica vida urbana de París y de Londres y la perturbación de sus sentimientos, en tanto la atracción por tal vida urbana y a la vez el temor de perder su esencia de fondo rural o campirano.

En Europa, se comenzó a escribir la historia de la arquitectura a partir del siglo XVIII; y en textos como Architecture Française, de Jacques-Françoise Blondel, publicado en 1752, ya se considera el término moderniste, tanto en el sentido de reciente como en el de modificada de lo convencional.

Peter Collins, (3) al analizar recientemente dicho fenómeno, demuestra que también las bases de la modernidad arquitectónica europea se encuentran en la reflexión teórica, crítica e ideológica de los pensadores franceses del siglo XVIII, postura que se propaga de inmediato a los países vecinos. La secuencia de dicha modernidad evoluciona a partir de elementos del romanticismo (cuya rebeldía detona y fomenta la actitud al cambio), y se continúa secuencialmente en los historicismos, el funcionalismo y alcanza su mayor expresión en el racionalismo, condición que determina y distingue a la arquitectura de la primera mitad del siglo XX.

Con la Revolución Industrial, el racionalismo matemático aplicado a las estructuras de la construcción en tanto la resistencia de sus materiales y el advenimiento de los “nuevos” materiales de construcción (concreto, fierro y vidrio, entre otros), (4) no sólo se coadyuvará al cambio gradual de los componentes básicos de la arquitectura (forma, estructura, ornato, espacio, función y estilo), sino que se fortalecerán nuevas reflexiones sociológicas, psicológicas, urbanísticas y económicas, que nos explican los cambios y alcances de la arquitectura de hoy.

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La arquitectura académica comenzó a ejercerse en Monterrey, N.L., México, con la fundación del Obispado del Nuevo Reino de León, en 1777, y a partir de los trabajos realizados por el segundo obispo de la diócesis fray Rafael José Verger (1783-1790); sobrevive como evidencia de ello el Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe, hoy Museo Regional “El Obispado”, construido en 1789 en lenguajes barroco y franciscano. El tercer obispo, Andrés Ambrosio de Llanos y Valdez (1792-1799), ocupó la sede acompañándose del maestrante Juan Crouset, arquitecto académico de número por la Academia de San Carlos, para atender su vasto programa arquitectónico y urbanístico de trasfondo neoclásico que transformó la ciudad y cuyas evidencias hoy son el repueble del norte. Se ordenaron sus manzanas como tablero regular (recuadro conformado por las actuales calles de 15 de Mayo al sur, Calzada Madero al norte, José Ma. Pino Suárez al poniente y Diego de Montemayor al oriente), y el Hospital Real de Pobres de Nuestra Señora del Rosario hoy Centro Cultural Universitario “Colegio Civil”.

Durante la invasión militar estadounidense, de 1846 a 1848, operaron en Monterrey arquitectos e ingenieros educados en academias militares, entre ellos Daniel P. Whiting, quien elaboró las primeras imágenes de la ciudad en formato de dibujos acuareleados, y el arquitecto de origen prusiano Adolphus Heiman, oficial adjunto del Regimiento de Tennessee y autor del Plano de Monterrey de 1846. Tales hechos debieron inspirar a los gobernantes locales, quienes establecieron, años después, el Colegio Civil del Estado, donde se formalizaron la profesionalización de la medicina, la abogacía y la agrimensura, en ésta última se formó el ingeniero Miguel F. Martínez.

En 1854, se instala la primera fábrica de productos textiles en la periferia de la ciudad (por los requerimientos del agua), dando inicio al fenómeno de la industrialización regional. Paralelamente, Papias Anguiano concluye el Palacio Municipal de Monterrey, hoy Museo Metropolitano, en estilo con tendencias de inspiración neoclásica.

En 1882, la ciudad ya cuenta con servicios de telegrafía, telefonía, electricidad, tranvías, y se le da la bienvenida al sistema ferroviario. Con el prolongado gobierno del general Bernardo Reyes en la entidad, destacan la presencia de los ingenieros civiles Miguel Mayora, formador de los planos de la Penitenciaría del Estado (ya desaparecida), y de Francisco Beltrán, levantador (5) de los planos del Palacio de Gobierno Estatal.

Al mismo tiempo, los arquitectos norteamericanos Alfred Giles e Isaac Taylor construyen en lenguajes historicistas, el primero, edificios como “La Reinera”, el “Banco Mercantil”, el “Casino de Monterrey” y el panteón “Nuestra Señora del Carmen”; y el segundo, la Estación del Ferrocarril al Golfo (hoy Casa de la Cultura de Nuevo León). También los arquitectos franceses Charles Sarazin y Henri Sauvauge montan despacho en la calle del Comercio, hoy Morelos, para el diseño y la supervisión de obra del Gran Hotel Monterrey, hoy Gran Hotel Ancira.

En este periodo, los materiales de construcción de procedencia industrial: columnas metálicas, rieles para las bóvedas catalanas, tensores de bóvedas para mitigar los empujes, mosaicos hidráulicos, bloques de arena, cemento y ladrillos para muros y pavimentos ya tienen presencia en las edificaciones de la ciudad.

Ya restablecido el orden social, después de las contiendas bélicas provocadas por la Revolución mexicana, se vuelve a reanimar la construcción de la ciudad con la notoria presencia de arquitectos, ingenieros locales, educados en los Estados Unidos: Lisandro Peña (California Courts), Joaquín A. Mora (Nuestra Señora del Refugio), Eduardo Belden (Hotel Monterrey), Manuel Muriel (Universidad de Nuevo León, hoy Centro Cultural Universitario “Colegio Civil”), Juan R. Múzquiz (ampliación del Hotel Favorito), José F. Muguerza (Casa del doctor Martínez, en las calles Zaragoza y Espinosa), Arturo E. González (edificio en la esquina sur oriente de las calles Hidalgo y Vallarta), Luis F. Flores (Cine Encanto), Plácido Bueno (Embotelladora Peña Blanca), entre otros. También siguieron operando arquitectos de origen extranjero como Jacob Fran(cis)k Woodyard (Casa Langstroth) o Herbert Green (Hospital Muguerza), entre otros más.

En este lapso, el uso de concreto armado en losas y estructuras, las armaduras metálicas en esqueletos de edificios o cubiertas en naves de amplios claros, los mosaicos de pasta y granito, el vidrio plano, los bloques aligerados, las tuberías para todo tipo de instalaciones y los perfiles metálicos de fierro o aluminio, son parte destacada de tales edificios y de su modernidad en avanzada.

Con tal profesionalización de la arquitectura y el establecimiento de la Universidad de Nuevo León (1933) y del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (1943), se instalarán las primeras escuelas de arquitectura en 1946,6 propiciándose la formación teórica-práctica de la profesión arquitectónica y el compromiso ético y estético de su desarrollo. Por ello, se reafirma el avance de la modernidad y completa su ciclo en edificios ideados y ejecutados con materiales de origen industrial, como el Condominio Acero (1959) y la Torre de Rectoría (1961) de la Universidad de Nuevo León, sus más destacadas evidencias.

Con éstos la modernidad arquitectónica completa su ciclo, al entronizar la estética de los nuevos materiales de origen industrial: concreto, metal y cristal, como protagonistas de la nueva cultura urbana. La modernidad en Monterrey se manifiesta contundente desde su Acta de Fundación (1596), estructurada desde una nueva perspectiva urbana basada fundamentalmente en el orden, tanto del trazo geométrico a partir de la plaza pública como epicentro, así como en su organización jurídica y administrativa.

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Arquitectónicamente, la modernidad se establece a partir de la construcción del Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe (1789), por el lenguaje estilístico barroco de su capilla-oratorio en la que destacan las columnas estípite del imafronte y los arcos torales facetados de su interior, los cuales fueron construidos al mismo tiempo que se hacían en otras partes del mundo. Por supuesto que tal modernidad de origen exógeno se vuelve endógena en la particularidad que por el trasfondo cultural y los materiales de construcción es ejecutada: parecida pero diferente, llevándola por sus diferencias a al clasificarla como barroco mexicano.

El mismo fenómeno y las mismas circunstancias serán repetidas en las subsecuentes tendencias expresivas que la modernidad ha hospedado en la región.

La modernidad exógena (Acta de Fundación, Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe, fábricas textiles, trenes y tranvías, etc.) propicia la modernidad endógena, la propia y particular, a partir de la producción de materiales de construcción industriales que fueron generando una arquitectura en transición: de lo artesanal a la producción en serie y de lo accesorio, como los tensores en las bóvedas del templo del Sagrado Corazón, a lo protagónico como los edificios verticales de oficinas de concreto armado, acero y cristal.

Todo en un pequeño arco de tiempo, el que va del Palacio del Gobierno Estatal a los edificios de oficinas del Condominio Acero y la Torre de Rectoría de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

* Universidad Autónoma de Nuevo León.
Contacto: armando.flores@uanl.mx

Referencias

1. Traducida al español por Joseph Castañeda, y publicada en Madrid en 1761, con el título de Compendio de los diez libros de arquitectura de Vitruvio.
2. Edición facsimilar de la traducción española de Joseph Castañeda, pp. 6 y 7.
3. Peter Collins. Los ideales de la arquitectura moderna; su evolución (1750-1950). Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1969.
4. El concreto (concretum) es una técnica constructiva usada por los romanos en edificios como el Panteón y el Coliseo; el hierro fue utilizado por los atenienses como espigas para unir los tambores de mármol en sus columnas; y el vidrio fue usado magistralmente por los masones franceses en los vitrales de las catedrales medievales.
5. El único crédito documentado para la relación del ingeniero Francisco Beltrán con el edificio del Palacio de Gobierno es la de levantador, término más topográfico que arquitectónico y que se familiariza más con el de jefe de obra que con el de diseñador.
6. En la Universidad de Nuevo León se establece la Escuela de Ingenierías en 1933, donde quedaba considerada la arquitectura junto con las ingenierías civil, mecánica, eléctrica, química y agronómica. En la planta de maestros se encuentran los arquitectos Lisandro Peña, Luis F. Flores y Joaquín A. Mora, varios años antes de ser separada como autónoma del núcleo general en 1946.

 

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ADENDA

Robertson y Reyes: un modelo de binomio exógeno-endógeno para el estudio de la modernidad regiomontana

ANETTE ARÁMBULA

Con frecuencia, en nuestros días se emplea la expresión “moderno” de forma extensa e indistinta para referirse a lo nuevo y actual. Poco se reflexiona sobre el verdadero significado de este vocablo, cuyo uso indiferenciado sería resultado de cierto analfabetismo terminológico, o bien, producto de la pereza en el uso del lenguaje. No refiero con ello al maltrato que con la proliferación de la comunicación digital en formato compacto sufren la ortografía, la gramática y la sintaxis, sino a una carencia más profunda, a la tendencia de hablar sin reflexionar mucho en el origen de las palabras.

La modernidad comprende un argumento tan amplio como la misma historia. Ya se ha planteado antes: la Edad Moderna comienza con el descubrimiento de América; se alimenta de un ánimo colectivo atizado por los ideales de libertad-fraternidad-igualdad; la acelera la industrialización y su espíritu alcanza muchos ámbitos: se constituye más en una actitud que un movimiento. Moderno es forma; modernidad, materia. ¿Pero cómo llega lo moderno a Monterrey? El final del siglo XIX coincide con una repentina industrialización regiomontana, que en menos de tres años (1889-1892) nacieron catorce fábricas y arribaron más de ochocientos operarios.1 La materialización en la arquitectura de esta época de cambios sustituyó el quehacer del artesano por el trabajo obrero; y los materiales de construcción de elaboración manual, por aquéllos producidos en serie. Este pudiera ser el punto de referencia que marca el origen de la modernidad arquitectónica en nuestra localidad.

La modernidad es consecuencia de las ideas cambiantes. En la conformación del Monterrey moderno se combinaron dos fuerzas diferentes pero sinérgicas, que actuaron de forma simultánea. La fuerza externa o exógena, de carácter general que influyó sobre la ciudad y sus habitantes a pesar de serle ajena; y la fuerza interna o endógena, de naturaleza local. En esta transformación pueden identificarse muchos figurantes, pero dos de ellos destacan al representar por separado estas fuerzas: el coronel Joseph Andrew Robertson y el general Bernardo Reyes. Ambos personajes estuvieron ligados al auge industrial porfirista y pudieran considerarse corresponsables del impulso modernizador regiomontano.

Nacidos con tan sólo un año de diferencia, Robertson (1849-1939), un abogado estadounidense destacado, instruido y de espíritu inquieto, trajo al noreste de México ideas empresariales desde el exterior del país y las concretó en su papel de consejero de gobierno. Reyes, en cambio, nacido en Jalisco de madre nicaragüense (1850-1913), era un autodidacta con gusto por la milicia, enérgico, cuya valentía lo llevó a ser general de División y posteriormente gobernador de Nuevo León, al que tuvo la determinación de desarrollar en la misma época en que Robertson se avecindó en la región.

El ferrocarril podría considerarse como una de las principales causas exógenas de la modernidad en Monterrey, pues la convirtió en la ciudad mexicana más cercana a Estados Unidos al conectarse con Laredo en 1882. Robertson llegó a Monterrey en 1887 como gerente a cargo de la construcción del Ferrocarril de Monterrey al Golfo. El ferrocarril también enlazó la ciudad con los centros mineros de Torreón y San Luis Potosí: la hizo accesible desde Tampico, puerto por donde ingresaba el carbón para la industria metalúrgica, abaratando los costos de traslado. Robertson impulsó la industrialización desde este campo como director de una fundición de fierro y como socio de compañías mineras. El ferrocarril también facilitó la afluencia de extranjeros hacia Monterrey, quienes acudían por trabajo o de paseo, lo que favoreció el intercambio de nuevas ideas y métodos provenientes del exterior. La afluencia de capital foráneo a la región fue otro factor externo que permitió el establecimiento local de industrias que venían de otros sitios. Una buena parte de esto fue posible gracias a las conexiones económicas que Robertson desarrolló entre industriales de la región y del extranjero, al dinamizar y estimular así el desarrollo de la ciudad.

Por otra parte, la pacificación y estabilización política de la región noreste puede tomarse en cuenta como un factor endógeno significativo. La dirección del general Bernardo Reyes a lo largo de veinte años frente al gobierno del estado (1889-1909) contó con el apoyo del entonces presidente don Porfirio Díaz, y gozó las prerrogativas de un territorio pacificado. Reyes se esforzó por crear las condiciones políticas y financieras que coincidieran con los intereses del sector empresarial, ampliando las Leyes de Protección a la Industria (Decreto N° 76) emitidas en 1888 por el entonces gobernador Lázaro Garza Ayala. Este decreto enlazó el impulso empresarial de Robertson con exenciones fiscales que incentivaron el progreso industrial y la modernización de la ciudad. Inició también un auge constructivo por la exención del pago de impuestos para la edificación de fincas urbanas hasta por cinco años contabilizados a partir del día de su conclusión. (1) Aprovechó esta oportunidad Robertson, al adquirir una fábrica de ladrillos; también fue asesor de bienes raíces. Posteriormente, se convertiría en contratista con el Ayuntamiento para la pavimentación de la ciudad.

La coexistencia de una fuerza externa y otra interna son claramente visibles en la conformación del Nuevo León progresista. Los protagonistas que aportaron estas energías fueron diversos personajes relacionados con múltiples factores. Como un primer acercamiento al tema, en este escrito hemos referido sólo a Robertson y a Reyes, dos figuras concurrentes en la conformación de la modernidad regiomontana, pues fueron portadores de un impulso exógeno y otro endógeno, respectivamente. Pero no perdamos de vista que la modernidad exógena se vuelve endógena en la particularidad que por el trasfondo cultural y de los materiales de construcción es ejecutada. Y es que, de forma general, es posible encontrar al menos dos tipos de modernidad: la general o cultural y la regional o propia. La modernidad es, pues, consecuencia de muchos factores y en ésta pueden distinguirse etapas. La industrialización es hija de la modernidad; y la arquitectura, una manifestación del fenómeno. Lo relevante es entender la arquitectura como un documento histórico y conectarse con la arquitectura propia, que permite entenderla desde nuestra propia dimensión, incluyendo la modernidad.

Referencias

1. Morado Macías, C. (2007). Factores que propiciaron la industrialización de Monterrey (1890-1910). Vizcaya Canales, Isidro. En: “Nuevo León en el siglo XX. Del Reyismo a la Reconstrucción (1885-1939)” (p. 281). Monterrey, NL: Fondo Editorial de Nuevo León.