Los nuevos claustros universitarios

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ROBERTO REBOLLOSO GALLARDO*

CIENCIA UANL / AÑO 17, No. 68, JULIO-AGOSTO 2014

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En el siglo XVI, en la época Tudor, los centros de aprendizaje eran pequeñas escuelas parroquiales (Chantry
Schools) en las que el instructor enseñaba latín a sus pupilos, además de las herramientas básicas de la gramática inglesa y otras materias de la época. Las universidades, como Oxford (escuela para nobles) y Cambridge, seguían los estándares de enseñanza con una visión bíblica en sus distintos colegios, pero el fondo del asunto eran los autores clásicos (grammar school at the universities): fábulas de Esopo, los libros de Terencio, Cicerón, Ovidio, Virgilio y otros escritores como Prudencio y Boecio. Toda la educación se basaba en el latín, incluso la enseñanza del griego asemejaba al latín. (1)

Se definen como clásicos aquellos autores cuyo pensamiento e ideas han permanecido vigentes en su pensamiento a lo largo del tiempo: Platón, Aristóteles, Cicerón y Virgilio, entre otros. La enseñanza giraba en torno a la traducción de estos clásicos. Este sistema sobrevivió hasta la mitad del siglo XX, cuando los clásicos dejaron de tener importancia para la gran mayoría de los docentes y discentes universitarios.

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Indiscutiblemente, la irrupción de la revolución informática cambió la ruta hacia nuevos intereses: por un lado, un acceso exponencial a la información; y, por el otro, una sobreespecialización tremenda en el campo de las ciencias y de las humanidades.  Por consecuencia, los modelos tradicionales de enseñanza se han puesto contra la pared; hoy por hoy, Internet ha cambiado la atmósfera del conocimiento.

En este sentido, las universidades tradicionales, como centros de conocimiento, están en el ojo del huracán: no responden a esta nueva realidad; hay un desfase entre lo que enseñan y las necesidades de la sociedad. Ante esta obsolescencia del conocimiento por parte de muchas universidades, la creación de nuevos modelos ha sido inevitable. La vinculación muy estrecha entre las empresas y universidades de vanguardia es evidente: la Universidad de Stanford, generadora del Valle del Silicio, el área de Cambridge en Boston con Harvard y el MIT, el ahora llamado Google Park, así como otros clones, han tomado la delantera en este nuevo marco estratégico: el conocimiento. (2)

El ingrediente principal en este nuevo tipo de fusión universidad-empresa es básicamente la tecnología en todas sus dimensiones, ya que es la panacea del momento. Las principales economías del mundo han establecido hasta un PIB informático que muestra el gasto en este rubro por país, de acuerdo con el índice tecnológico (World Economic Forum). Incluso en términos financieros, es muy elocuente el NASDAQ, que día a día muestra cómo se mueven los capitales financieros en el rubro tecnológico, con mayor nivel de riesgo frente a compañías más estables que cotizan en bolsa. (3)

Ante esta nueva realidad de envoltura tecnológica, existe un gran rezago en la línea de las humanidades y, particularmente, en el estudio de los clásicos, que han quedado relegados en las escuelas de humanidades a meras traducciones de traducciones: no se abreva en las fuentes originales como en el caso de la época Tudor. Aquí percibo precisamente la incongruencia de los usos de las tecnologías de información que amplían los canales de conocimiento; pero el recurso como tal difícilmente regresa al punto de origen del conocimiento, sea éste inglés, latín o chino en el campo de las letras, la historia o la cultura.

Mucha de nuestra tradición cultural mexicana se fundamenta en la conquista espiritual de México; gracias a la cruz y a la espada de los primeros conquistadores españoles, acompañados por los misioneros franciscanos, dominicos y agustinos que, además de su labor evangélica, culturizaron a las sociedades indígenas al momento del encuentro. (4) Este legado cultural se trasmitió por generaciones, y hoy sólo es muestra, a través de la solvencia del patrimonio tangible e intangible, de un valor incalculable.

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Este pensamiento humanista se fincó en las distintas instituciones escolares que se fundaron en México: los colegios mayores, las escuelas y la fundación de los institutos de artes, las universidades e incluso los seminarios católicos. En este sentido, la pedagogía de los jesuitas fue fundamental para la formación de la élite en México: “para facilitarles su adquisición estaba rigurosamente prescrito el uso del latín en las conversaciones, incluso durante los recreos. Tras un breve periodo de presentación en la lengua materna, la lección de gramática y la misma explicación de textos (autores latinos o griegos) se efectuaban totalmente en latín”. (5)

De este modelo, la creación de universidades en provincia tomó el rumbo de la enseñanza de las humanidades, incluso en las escuelas preparatorias. Hoy día, sólo queda la enseñanza de raíces griegas y latinas. Poco a poco, el sistema educativo mexicano ha borrado todo lo que huela a clásico, que tenga historia y converja en las humanidades. Es impresionante la capacidad de los recursos tecnológicos disponibles en la red, pero inútiles, pues no existe una atmósfera para capitalizar al máximo dicho conocimiento.

Mi reflexión en este sentido es que la tecnología no sustituye la in eruditio (ignorancia) que hoy nos embarga. Las universidades como negocio han florecido de manera rampante: por la seducción a los alumnos con títulos rápidos, y por las materias al vapor enseñadas por profesores incapaces, pese al número de sus grados acumulados, pero con la falta de congruencia con ellos mismos y con la sociedad.

Las universidades públicas y privadas han orientado todas sus baterías a la búsqueda de rankings, certificaciones y acreditaciones y han olvidado lo fundamental: la formación del capital humano. El perfil de profesores que hoy predomina es resultado de una masificación y abaratamiento de la enseñanza, además de una formación deformante en los niveles educativos: todos aprueban por decreto gubernamental. No hay crisis en la profundización del conocimiento. Todo es superficial y artificial. Todo se cuantifica y el número acredita el desempeño. La calidad es una constante en el discurso, aunque los resultados muestran muy bajo desempeño profesional.

En cuanto a las escuelas de la época Tudor en Inglaterra, éstas eran de un alto nivel de disciplina con base en la supervisión de un tutor de tiempo completo, la mecánica muy simple, traducir del griego o del latín, con su respectivo análisis de las palabras, a fin de encontrar la más apropiada, y estudiar los textos con base en repetición con una sola intención: aprender a argumentar de manera que se convirtieran en el juego de tirios y troyanos. En el fondo estaban formando los futuros pensadores de la Inglaterra del siglo XVI: Thomas Moro y Shakespeare.

Con esta analogía histórica quiero enfatizar la urgente necesidad de voltear hacia atrás y recuperar los elementos educativos que funcionaron durante siglos, y no borrar la experiencia de las humanidades y de los clásicos en las universidades, que cada vez dejan de ser tales para convertirse sólo en un molino de títulos. De acuerdo con Argullol: (6) “El problema es que la universidad actual se ha convertido, por inseguridad, cobardía u oportunismo, en cómplice pasivo de la actitud antiintelectual que debería combatir”. En lugar de responder al desafío arrogante de la ignorancia, y ofrecer a la luz pública propuestas creativas, la universidad del presente ha tendido a encerrarse entre sus muros. Resulta relevante, a este respecto, la escasa aportación universitaria a los conflictos actuales, incluidas las crisis de salud, sociales o las guerras.

Hoy tenemos más ventajas que en el siglo XVI, por lo que urge reivindicar el poder de las humanidades en la formación de los nuevos ciudadanos, mayores conocimientos y, sobre todo, una capacidad crítica para entender no sólo el fenómeno humano, sino toda la complejidad planetaria. Las universidades se convertirán en el eje de esta nueva economía planetaria, siempre y cuando abreven en el pasado para reinventar el futuro.

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* Universidad Autónoma de Nuevo León, FASPyN.
Contacto: roberto.rebollosog@uanl.mx

Referencias

1. Thomson, Craig, R., 1958, Schools in Tudor England, Washington, the Folger Shakespeare Library.

2. Ruiz Mantilla, Jesús, 2014, Anatomía del nuevo poder, El País Semanal, No. 1964, 18.05, 37-41.

3. Rosenberg, David, 2002, Los clones del Silicon Valley, Reuters, Madrid.

4. Ricard, Robert, 1986, La conquista espiritual de México, México, Fondo de Cultura Económica.

5. Mesnard, Pierre, 2003, La pedagogía de los jesuitas, en Jean Chateau, Los grandes pedagogos, México, Fondo de Cultura Económica, 53-110.

6. Argullol, Rafael, 2014, La cultura enclaustrada, El País, sábado

5 de abril.