LA VIOLENCIA EN ADOLESCENTES ESCOLARIZADOS EN EL ESTADO DE NUEVO LEÓN

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María Elena Villarreal González*, Juan Carlos Sánchez Sosa*,
Gonzalo Musitu Ochoa**

CIENCIA UANL / AÑO 23, No.101 mayo-junio 2020

DOI: https://doi.org/10.29105/cienciauanl23.101-1

RESUMEN

El objetivo es analizar la prevalencia de la violencia escolar (manifiesta y relacional) en los planteles educativos urbanos y suburbanos del estado de Nuevo León. La muestra estuvo constituida por 8,115 adolescentes de ambos sexos y de edades comprendidas entre los 11 y 16 años, en 118 escuelas secundarias. Los resultados nos indican que la mayor parte de los adolescentes (88.6%) nunca han utilizado la violencia, o lo han hecho de manera ocasional, y 9.4% la utiliza de forma continuada o muy continuada. Y también, que las mujeres utilizan más la violencia de tipo relacional que los hombres, y éstos utilizan más la violencia manifiesta. Se discuten los resultados obtenidos.

Palabras clave: violencia escolar, adolescentes, Nuevo León.

ABSTRACT

The objective of this research is to analyze the prevalence of school violence  (manifest  and  relational) in urban and suburban schools in the state of Nuevo León. The sample consisted of 8,115 adolescents of both sexes and ages between 11 and 16, in 118 secondary schools. The results indicate that most of the adolescents (88.6%) have never used violence or have done occasionally, and 9.4% use it continuously. Additionally, that women use more relational violence than men who use more manifest violence. The obtained results are thorougly discussed.

Keywords: School Violence, Adolescents and Nuevo León.

La violencia escolar es un problema socioeducativo que perjudica gravemente el proceso de enseñanza-aprendizaje y las relaciones sociales en el aula entre compañeros, alumnos y profesores (Steffgen, Recchia y Viechtbauer, 2013). De hecho, tiene un  triple impacto en el funcionamiento de la escuela: desmotiva laboralmente a los profesores, genera en la institución escolar un abandono de sus objetivos prioritarios de enseñanza de conocimientos, puesto que la atención recae en las medidas disciplinarias, para poner  atención en aquellos estudiantes que muestran más problemas de disciplina (Buelga, Martínez y Musitu, 2015; Debarbieux, 2006; Fernández et al., 2011; Moreno et al., 2009; Musitu, 2013; Trianes, Sánchez   y Muñoz, 2001). La violencia escolar se define como  el uso intencional y persistente de la fuerza o el poder físico, de hecho, o como amenaza, contra uno mismo, otra persona, un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de  originar  lesiones,  daños  en  su integración física o psicológica e inclusive llegar a la muerte (Trianes, 2000). En México, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Gutiérrez et al., 2012), la violencia en adolescentes de edades comprendidas entre los 10 y los  19 años  se incrementó  significativamente  de 2006 (3.3% en alumnos y 1.3% en alumnas) a 2012 (4.4% en alumnos y 3.4% en alumnas), lo cual representa un incremento de más de 1.1 y 2.1%, respectivamente (Gutiérrez et al., 2013). Respecto del lugar de donde ocurrió la agresión, se observó en este estudio que 46.0% de las agresiones sucedieron en la vía pública, 29.8% en la escuela y 11.2% en el hogar. El resto de los porcentajes corresponden a  establecimientos  comerciales,  campos de futbol, transporte público y otros. Cabe destacar que 53.6% sufrió agresión física, 34.6%, agresiones verbales y 11.8% corresponde a agresiones sexuales, sofocación, ahogamiento, estrangulación y otros tipos de agresión. En otra encuesta (SEP, 2008) sobre exclusión, intolerancia y violencia en estudiantes de 15 a 19 años, se constató que 16% de los jóvenes encuestados estaba de acuerdo en que la violencia es parte de la naturaleza humana, y 9% de que era normal golpear a alguien.

También se observó que 46.6% de los varones y 39.3% de las mujeres han insultado a sus compañeros de clase; y 39.3% de los varones y 18.5% de mujeres han utilizado los apodos. Respecto al rechazo a sus compañeros, 36.5% de varones y 35.3% de mujeres habían llevado a cabo esta conducta. Un dato interesante de este estudio es el relacionado con la victimización, al constatar que 19% de varones y 30.5% de mujeres ha pensado que es mejor morir que ser víctima.

La violencia escolar parece responder, en cierto grado, a la necesidad que sienten algunos jóvenes de lograr un determinado reconocimiento social en el grupo de iguales (Barry, 2006; Emler y Reicher, 1995), y está asociada con una actitud de rechazo hacia las normas socialmente establecidas, con el deseo de lograr una identidad social construida desde el rechazo de las normas de convivencia socialmente acordadas y con la consecuente implicación en actos violentos, vandálicos y antisociales (Brown, Birch y Kancherla, 2005). Con el fin de analizar de mejor manera el comportamiento violento, en el  presente trabajo se utilizó  la  clasificación  de  violencia  escolar en la que se hace una distinción de acuerdo a su forma (manifiesta vs. relacional). La violencia manifiesta se refiere a los comportamientos que implican una confrontación directa con otros con la intención de causarles un daño (por ejemplo, golpear, pegar, amenazar, etc.), en tanto que la violencia relacional es una conducta más sutil y menos perceptible, alude a conductas que tienden a provocar un daño en el círculo  de amistades  de las  personas,  o bien a su percepción de pertenecer a un grupo (por ejemplo, transmitir chismes, rumores, ignorar a alguien con el fin de excluirlo del grupo) (Little et al., 2003). Aunado a lo antes mencionado,  en  paralelo  se  evaluó  la  intensidad y duración de la violencia escolar y se categorizó de la siguiente manera: no violencia/violencia ocasional se refiere aquellos alumnos que nunca o casi nunca han usado la violencia; violencia de riesgo se refiere a los estudiantes que sí la han utilizado algunas veces, pero de manera discontinua y, por último, la violencia grave y muy grave se usa para referirse a aquellos adolescentes que muchas veces la han utilizado y de manera continuada en el tiempo. Teniendo en cuenta lo anterior, nos propusimos los siguientes objetivos: 1) prevalencia de la violencia escolar (manifiesta y relacional) en escuelas urbanas y suburbanas; 2)  prevalencia  de  la  violencia  manifiesta en escuelas urbanas y suburbanas; 3) prevalencia de la violencia  relacional  en  escuelas  urbanas  y  suburbanas;

4) prevalencia de la violencia manifiesta y relacional en escuelas urbanas y suburbanas en hombres y mujeres, todos en función de la intensidad de la violencia.

MÉTODO

Para la selección de la muestra de este estudio ex postfacto descriptivo y transversal, se utilizó el programa nQuery Advisor 6.0. El nivel de confianza fue de 90% y el coeficiente alfa de .05 (Elashoff, 2005). Se utilizó un muestreo estratificado proporcional en función de los 984 planteles educativos de secundaria existentes en Nuevo León: urbanos (Monterrey y su área metropolitana) y suburbanos (regiones norte, sur, citrícola y periférica de este estado).

Participantes

La muestra que se seleccionó fue de 118 escuelas (62 urbanos y 56 suburbanos) con un total de 8,115 alumnos, de los cuales 5,059 pertenecían a escuelas urbanas (62.3%) y 3,056 a escuelas suburbanas (37.7%); en cuanto al sexo, la muestra fue de 4,177 (51.5%) hombres y 3,938 (48.5%) mujeres. Las edades comprendidas oscilaban entre los 11-13 años ─4,384 (54.0%)─, y entre los 14-16 años ─3,731 (46.0%)─. Finalmente, en relación con el grado escolar, 2,882 (35.5%) cursaban primer grado; 2,743 (33.8%), el segundo grado, y 2,490 (30.7%) en tercer grado. Los valores perdidos por escalas o subescalas se trataron mediante el método de imputación por regresión. La detección de valores atípicos univariantes se llevó    a cabo mediante la exploración de puntuaciones estandarizadas (Hair et al., 1999).

Instrumentos

Escala de Conducta Violenta en la Escuela (Little et al., 2003)

Adaptación: equipo LISIS. Escala de 25 ítems que evalúa dos tipos de conducta violenta en el contexto escolar: por un lado, la violencia manifiesta: “Soy capaz de llegar a los golpes para conseguir lo que quiero”, y relacional: “Soy una persona que cuenta chismes y rumores de  los demás”, con un rango de respuesta de 1 a 4 (nunca, pocas veces, muchas veces y siempre). El coeficiente de fiabilidad alfa de Cronbach fue de .88 y .81 para   las subescalas manifiesta y relacional y de .90 para la escala total. Respecto de la validez, las dimensiones de violencia manifiesta y relacional mostraron relaciones positivas con medidas de actitud negativa hacia la autoridad institucional, transgresión hacia las normas sociales, deseo de una reputación antisocial, conflicto familiar, estrés percibido e insatisfacción con la vida (Buelga, Musitu y Murgui, 2009; Buelga et al., 2008).

Intensidad de la violencia escolar

Se evaluó con dos preguntas con seis opciones de respuesta cada una, las cuales oscilaban entre: nunca, una sola vez, dos o tres veces, una o dos veces al mes, una o dos veces a la semana y todos o casi todos los días. Las cuatro últimas modalidades de respuesta permiten evaluar la violencia moderada (menos de una agresión por semana) y el acoso severo (más de una agresión por semana).

Duración de la violencia escolar

Se evaluó con dos preguntas con cuatro opciones de respuesta cada una de ellas: nunca, un mes (o menos), entre tres y seis meses y un año (o más).

Procedimiento

La planificación y desarrollo de la presente investigación fueron realizados entre la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Secretaría de Educación del Estado  de Nuevo León. Una vez informados y concedidos los permisos, se administraron a los alumnos seleccionados los instrumentos en los planteles educativos. En caso de alumnos con problemas de lectura y comprensión se les administró el instrumento de forma individualizada y se les ofreció el apoyo necesario. La participación  fue voluntaria y anónima, y un total de 19 estudiantes (.21%) rehusaron ser incluidos. El estudio  cumplió  con los principios fundamentales de la Declaración de Helsinki en lo referente a la ética en la investigación con seres humanos.

RESULTADOS

En la figura 1 se muestran los porcentajes de la violencia escolar en la muestra total. Se observa que 88.6% (7,765 adolescentes) nunca ha utilizado la violencia, o lo ha hecho de manera ocasional. Un 7.4% (646 adolescentes) se sitúan en la violencia de riesgo, es decir, se comportan de forma violenta algunas veces y, finalmente, 4.1% (352 adolescentes) utiliza la violencia bastantes veces y muchas veces de forma continuada en el tiempo, a la cual denominamos grave (2.6%) y muy grave (1.5%).

Figura 1. Violencia escolar en la muestra total.

Violencia escolar en escuelas urbanas

En la figura 2 se muestran los porcentajes de la violencia escolar en las escuelas urbanas. Se observa que 88.2% (4,894 adolescentes) nunca ha utilizado la violencia, o lo ha hecho de manera ocasional. Un 7.4% (412 adolescentes) se sitúa en la violencia de riesgo, es decir, se comporta de forma violenta algunas veces y de manera discontinua y, finalmente, 4.4% (243 adolescentes) utiliza la violencia bastantes veces y muchas veces de forma continuada, a la que denominamos grave y muy grave. Se observa que el comportamiento de esta muestra sigue un patrón similar al de la muestra total.

Figura 2. Violencia escolar en escuelas urbanas.

Violencia escolar en escuelas suburbanas

En la figura 3 se muestran los porcentajes de la violencia escolar en las escuelas suburbanas. Se observa que 89.3% (2,871 adolescentes) nunca ha utilizado la violencia, o lo ha hecho de manera ocasional. Un 7.3% (234 adolescentes) se sitúa en la violencia de riesgo, es decir, se comporta de forma violenta algunas veces y de forma discontinua y, finalmente, 3.3% (109 adolescentes) utiliza la violencia bastantes veces y muchas veces de forma continuada, a la que denominamos grave y muy grave. Se constata que el comportamiento violento en las escuelas suburbanas es similar y ligeramente inferior al observado en las escuelas urbanas y en la muestra general.

Figura 3. Violencia escolar en escuelas suburbanas.

En la figura 4 se observa que los hombres superan a las mujeres en la violencia de riesgo, N=381 (60.2%) y N= 252 (39.8%), respectivamente. También se observa, en esta misma figura, que en el ámbito de la violencia grave y muy grave los porcentajes guardan proporciones similares, aunque ligeramente mayor en los hombres N=189 (55.0%) y N=154 (45%), respectivamente.

Figura 4. Prevalencia de violencia escolar de riesgo, grave y muy grave.

En la figura 5 se muestran los porcentajes de la violencia manifiesta en la muestra total. Se observa que 89.2% (7,820 adolescentes) nunca ha utilizado la violencia, o lo ha hecho de manera ocasional. Un 6.5% (574 adolescentes) se sitúa en la violencia manifiesta de riesgo, es decir, se comporta de forma violenta algunas veces y no de manera continuada y, finalmente, 4.3% (377 adolescentes) utiliza la violencia manifiesta bastantes veces y muchas veces y de forma continuada, a la que denominamos grave y muy grave.

Figura 5. Violencia manifiesta en la muestra total .

En la figura 6 se observan los porcentajes de violencia manifiesta de riesgo, grave y muy grave por sexo. Los hombres superan a las mujeres en la violencia manifiesta de riesgo, N= 374 (66.5%) y N=188 (33.5%), respectivamente. Y, en el ámbito de la violencia grave y muy grave, se observa la misma tendencia en el sentido de que los hombres N=188 (66%) superan a las mujeres N=125 (34%).

En la figura 7 se presentan los datos de la violencia relacional de la muestra total. Se observa que 88.8% (7,791) se ubica en las categorías de no violencia relacional y violencia relacional ocasional. En la violencia relacional de riesgo el porcentaje es de 7.7% (680) y de forma discontinua. Y en la violencia relacional grave y muy grave y continuada los porcentajes son de 2.2 (191) y 1.2% (108). Estos porcentajes son similares, aunque algo inferiores a los obtenidos en la violencia manifiesta.

Figura 7. Violencia relacional en la muestra total.

En la figura 8 se presenta la violencia relacional de riesgo, grave y muy grave por sexo. Se constata que en la categoría de violencia relacional de riesgo, hombres y mujeres guardan una tendencia muy similar ligeramente mayor en los hombres (51.6%-N=348 y 48.4%-N=326). Un aspecto interesante es el hecho de que en las categorías de violencia relacional grave y muy grave las mujeres tienen un porcentaje superior a los hombres, lo cual coincide con resultados obtenidos en trabajos realizados en otros países. Se observa que en estas categorías las mujeres muestran porcentajes mayores que los hombres (58.0%-N=168) y (42.0%-N=123), respectivamente.

Figura 8. Violencia relacional de riesgo, grave y muy grave por sexo.

CONCLUSIONES

Los resultados de este estudio son muy similares a los obtenidos en la mayor parte de los países occidentales (Akiba, 2004; Cava, Musitu y Murgui, 2007; Gofin, Palti y Gordon, 2002; Liang, Flisher y Lombard, 2007; Smith, 2003; Villarreal- González et al., 2011). La mayor parte de los adolescentes nunca han utilizado la violencia o lo han hecho de manera ocasional, lo cual se integra muy bien dentro de lo que caracteriza este espacio cronológico de los 12 a los 20 años y que denominamos adolescencia.

Para entender mejor este dato, aparentemente contradictorio, y que en absoluto creemos que lo sea, se podría acudir a las dos rutas en el tránsito de la adolescencia: la transitoria y la persistente (Moffitt, 1993). Estas dos trayectorias se consideran importantes marcos interpretativos de las conductas no deseables en la adolescencia (violencia, delincuencia, consumo de alcohol y drogas). En el marco de la trayectoria transitoria, se describe la adolescencia como un periodo de experimentación y, como tal, es un momento en el que los adolescentes exploran distintas alternativas en sus relaciones sociales, familia, amigos, profesorado, etc. Gran parte de estas conductas no se perciben como violentas entre los adolescentes, aunque sí entre gran parte de los adultos, y en realidad no lo son si tomamos en cuenta las características psicológicas y sociales de este periodo, es decir, estas conductas esporádicas son parte de este tránsito de la adolescencia.

Sin embargo, no estaría dentro de este apartado 10% de los adolescentes, tanto hombres como mujeres, en los que la violencia de riesgo está presente de forma continuada en sus relaciones con los iguales en un 6% aproximadamente; un 4% la utiliza muchas veces y de forma continuada, lo cual está dentro de las categorías grave y muy grave. Esta forma de conducta ya no es parte del tránsito de la adolescencia, sino que corresponde a un déficit del sujeto generado por socialización inadecuada, violencia familiar, familias desestructuradas, etc., que corresponde a la segunda trayectoria denominaba trayectoria persistente.

Es en este sector de la adolescencia  donde  se requiere  de una verdadera intervención socioeducativa,  y en donde los profesionales deben incidir porque, ya está comprobado, este grupo de adolescentes tiene una alta probabilidad de integrarse en los grupos delictivos.

También se ha constatado que los hombres utilizan más la violencia física que las mujeres de manera significativa, pero son las mujeres las que más utilizan la violencia relacional, que hace referencia a las conductas encaminadas a provocar un daño en el círculo de amistades de otra persona o bien en su percepción de pertenencia a un grupo (chismes, falsos testimonios, desprecios, rechazos, etc.). La mayor parte de los trabajos se han centrado en examinar el perfil de aquellos alumnos que presentan problemas de agresión manifiesta, mientras que se deja un poco de lado el estudio de la violencia relacional, que es una conducta agresiva más sutil y menos visible, pero que puede tener consecuencias tan negativas para el ajuste psicosocial adolescente como las derivadas de la violencia manifiesta (Crick y Nelson, 2002).

A esto se añade otra preocupación relativa a la percepción de las distintas formas  de  violencia  por  los  adultos,  quienes tienden a considerar la violencia relacional como  más aceptable, particularmente durante el periodo de la adolescencia temprana (Del Moral-Arroyo et al., 2014; Estévez y Jiménez, 2015; Inglés et al., 2015; Villarreal-González, Sánchez-Sosa y Musitu-Ochoa, 2010; Villarreal-González et al., 2011; Underwood, Galen y Paquette, 2001).

Finalmente, también se destaca que las expresiones de violencia difieren poco en los contextos urbanos y suburbanos, algo inferior en los suburbanos, y expresa una tendencia en hombres y mujeres similar a la que se ha observado en la muestra general.

Sería muy importante continuar este trabajo elaborando los perfiles psicosociales ─personalidad, familia, escuela y comunidad─. Y elaborar programas acordes con estos perfiles, de tal manera que la labor de los profesionales sea mucho más efectiva.

AGRADECIMIENTOS

Este trabajo se ha llevado a cabo con financiamiento de la Secretaría de Educación del Estado de Nuevo León  y de la Universidad Autónoma de Nuevo León, y en el marco del Convenio de la Red Iberoamericana para el estudio de la Violencia en la Adolescencia (RIEVA).

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