Arquitectura y bovinos

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Armando V. Salazar*

CIENCIA UANL / AÑO 20, No. 86 octubre-diciembre 2017

Las reuniones quincenales y sabatinas del Colegio de Cronistas e Historiadores “Israel Cavazos Garza”, en el auditorio del Museo Metropolitano de Monterrey, fueron en alto grado participativas pues el tema del ciclo 2016 convocaba, a través de sus ponentes, a recordar, valuar, preservar y proteger de los barrios de la ciudad sus patrimonios tangibles e intangibles. Concluidas las ponencias, las cuales se apoyaron con imágenes proyectadas, se abría el debate con la participación de los colegiados, enriqueciendo el tema con preguntas al ponente así como aportaciones de datos, precisiones, anécdotas y vivencias, todo bajo el orden y conducción del licenciado Carlos González, presidente en turno de dicho Colegio.

Fue en una de esas reuniones que intervine para precisar y ampliar la comprensión sobre el uso racional de las molduras en las fachadas de la arquitectura vernácula de la ciudad, principalmente el jambaje, que enmarca en el exterior vanos de puertas y ventanas y cuya función principal es la de evitar que el agua de lluvia llegue hasta los marcos y hojas de madera, para impedir su hinchazón por humedad y en consecuencia obstruir su función de abrir y cerrar; los filetes escalonados que la recorren de lado a lado abajo del pretil, y que marcan en la fachada el nivel interior de apoyo de las vigas cargadoras de la techumbre y cuya función es señalar el lugar preciso de excavación para reemplazar por el exterior cualquier viga en mal estado y con peligro de caerse, simplificando el proceso de sustitución si hubiere tal necesidad; y la cornisa, que poca diferencia formal tiene con otras molduras, salvo que para llamársele así debe coronar la fachada del inmueble y cuya función es la defensa o protección del paramento exterior, como la cornamenta en los animales, de donde deviene su nombre.

Este último comentario, el de las cornisas, llamó sensiblemente la atención del licenciado Rubén Leal Garza, pues siendo cronista taurino confesó nunca haber oído o leído que la terminología taurina operara en otros campos del conocimiento humano. Le amplié mis comentarios al respecto con las molduras llamadas toros en las basas de las columnas y con los arcos torales bajo el tambor en las naves de crucería.

Motivado por ello, y siendo presidente de la Peña Taurina “El Toreo”, me invitó como orador huésped a ampliar el tema ante sus agremiados sobre la relación de toros y arquitectura. Reto que acepté ante la inevitable tentación de seguir explorando una más de las muchas variables de la arquitectura como documento confesional de la cultura humana, en este caso particular el de la simbiótica relación del hombre con los animales, especialmente con los bovinos y su manifestación en los objetos arquitectónicos.

La cita fue en la noche del jueves 22 de septiembre, en el domicilio social de la Peña en la calle Isaac Garza 345 al poniente. Exento en el exterior de toda referencia como club social, el domicilio sigue con su apariencia original de modesta casa familiar de puerta y ventana y, por supuesto, enmarcados al exterior sus vanos con jambaje, moldura bajo el pretil y cornisa como remate de su fachada. Apretujado su interior, se compone de un versátil salón rectangular, por hacer de dos cuartos sólo uno, semidividido al centro por un arco fajón de medio punto, techado con vigas y cama de madera a la vista, con altas paredes de sillares desnudos, realzados en su contorno por el ripio de lascas oscuras y desdibujado el aparejo por la profusa cantidad de trofeos pendientes en toda su superficie: cabezas de toros, astados, carteles, fotografías de toros, toreros, cuadrillas y rejoneadores; banderillas, espadas y demás utensilios de la parafernalia taurina. La luz incandescente, y por lo mismo cálida, hace del lugar algo especial, algo mágico, una concavidad propicia para el ritual de evocación que refuerza la permanente convivencia del hombre con el reino animal.

Luego de la presentación oficial del ponente, se proyecta la primera imagen con el título de la ponencia, se hace el silencio reglamentario, alguien entiende que hay que apagar la luz para mejorar la visión, se proyecta la siguiente imagen y la caverna primitiva emerge con sus imágenes parietales propiciando el viaje del pasado al presente para revivir la gran odisea humana, siempre añorada: su evolución cultural.

Por supuesto que el punto de partida obligado de esta historia sobre toros y arquitectura comienza con las pinturas rupestres o parietales producidas por el hombre hace 40 mil años o más, en sitios como Lascaux, Altamira, Dordoña y la recientemente descubierta Cueva Chauvet, donde encontramos variadas pictografías y petrograbados representando mamuts, uros, ciervos, caballos y toros, todos de interés como presas de caza comestibles; espléndidas imágenes que nos revelan, además de la magia ritual propiciatoria y las primicias de la representación artística, la oculta relación económica en tanto la carne para la alimentación, las pieles para el vestido y los huesos y astas para las herramientas; asimismo, y de suma importancia civilizadora, los pictogramas y petrograbados como origen y primera fase de los subsecuentes sistemas de escritura.

Luego de iniciado el periodo de sedentarización, se generará la revolución neolítica y con ella las primeras aldeas que bajo circunstancias específicas podrán evolucionar a poblados urbanos. El sitio que reunió las condiciones idóneas para el desarrollo de tal fenómeno es la cuenca mesopotámica en el Asia Menor, y una de las ciudades cananeas con mayor antigüedad fue llamada Jericó. Desde esta región se propaga paulatinamente la nueva cultura por el mundo inmediato, como el mediterráneo, que con el tiempo devendrá en variadas expresiones de cierta complejidad.

De las culturas mesopotámicas de base sumeria se distinguen el imperio babilónico, el asirio y el persa, y ciudades como Nínive, Babilonia y Ur, y en ellas destacan ya: las cabezas de toros en madera policromada como adornos de instrumentos musicales, la escultura colosal del toro alado con cola de león y rostro humano –tetramorfos– como genio guardián del templo de Khorsabad; el relieve en cerámica policroma representando un toro sagrado de la puerta de Ishtar y los colosales capiteles taurinos de mármol gris, en el palacio de Artajerjes II, en Susa. Es también parte del escenario de lo bíblico y en el atrio del Templo de Salomón se construyó una fuente para la purificación, sentada sobre las ancas de doce toros de bronce y alineados de tres en tres a los puntos cardinales; un buey con su aliento o vaho combatió el frío en el establo donde nació el hijo de Dios, y de los cuatro evangelistas –con atributos del tetramorfos–, uno de ellos, san Lucas, se representa con el bovino como símbolo del sacrificio. Lo anterior es una pequeña muestra de la abundante presencia taurina en esta cultura.

La cultura egipcia en el desierto africano es también rica en representación de bovinos en relieves y pinturas de templos y tumbas, si bien en este tema se destaca la diosa Hathor, madre y esposa de Horus, tanto en su representación escultórica de vaca con su cornamenta enmarcando el disco solar o en las columnas hathóricas en cuyo capitel se representa por cuadriplicado el rostro humano de la diosa con notorias orejas vacunas.

La cuenca mediterránea exuda inspiraciones toriles: la actual península de Crimea es descrita por Heródoto como Táurica y a sus habitantes los refiere con el gentilicio de tauros; de los 22 signos fonéticos con que los fenicios componían sus palabras, mil años antes de nuestra era, el primero de ellos de nombre álef se representaba con una cabeza de toro, mismo que con el tiempo llegará a los griegos girada al revés como letra A y con el nombre de alfa; de la mitología griega, Zeus se convierte en un toro blanco y manso para seducir a Pasífae, esposa de Minos, rey de Creta; el romance dio origen al Minotauro, de cuerpo humano con cabeza y cola de toro, también da origen al complejo Laberinto como su habitación carcelaria, prototipo arquitectónico construido por Dédalo, debajo del también laberíntico palacio de Cnosos.

Los griegos atenienses perfeccionan los componentes arquitectónicos como sistema de orden, como lenguaje abstracto y, además, sistematizaron el uso de las molduras en su corpus. De entre ellas destacan el bocel, de perfil semicircular convexo y que por denotar fortaleza lo llamaron toro y lo usan como unidad de arranque en las basas de las columnas. De igual forma, como referencia a los bovinos sacrificados en los altares de sus templos, incorporaron a la arquitectura como motivo ornamental el bucráneo, cráneo de bovino, descarnado o no, usado como ornato tanto en los frisos de templos como en aras y sepulcros.

De la Roma imperial, y en escenarios como el anfiteatro llamado Coliseo, se oficializa como espectáculo la lucha a muerte de hombres y animales, entre ellos los toros bravos. Esta práctica cultural se expande por todo el territorio bajo su dominio y de ese universo sobresale la península ibérica, donde la fiesta brava del toreo, el rejoneo y la burla callejonera o pamplonada se vuelve parte de su distinción y desde donde se irradian los rituales taurinos al continente americano con la plaza de toros como tipología arquitectónica. La Plaza de Toros México o La Petatera en Colima se destacan como ejemplos de gran relevancia.

A la claraboya en el zenit de la cúpula del Panteón en Roma se le denominó oculus por la columna de luz natural que ilumina su interior durante el día y a partir de la arquitectura románica monástica se procura iluminar los amplios interiores con vanos circulares, ovalados, cruciformes o mixtiformes en lo alto de muros y techos a los que se le llama ojo de buey.

En América Latina, de la arquitectura religiosa colonial, principalmente en las naves de crucería en los templos católicos, a los cuatro arcos que soportan las cargas y esfuerzos de las pechinas, el tambor, la cúpula y la linterna, por su gran capacidad de carga se les denomina arcos torales, y a las molduras que rematan los muros exteriores en su modalidad de pretiles, se les llama cornisas, como se planteó anteriormente. El tránsito de transferencia de componentes de la arquitectura religiosa a la arquitectura vernácula será de fácil aceptación en las partes que les fueron afines: jambajes, molduras en los sistemas columnares, molduras indicadoras de niveles y cornisas. Cabe destacar algo a lo que se le da poca relevancia, pero que en este estudio sí la tiene, es el hecho de que las heces de los bovinos, por su alto contenido de fibra, se incorporan a la tierra base para la fabricación de adobes pues opera como un excelente aglutinante, sustituyendo a la paja trillada, haciéndolos más resistentes y formando parte del cuerpo físico de los objetos arquitectónicos.

La presencia de los bovinos en nuestras prácticas culturales es común y abundante, consideremos como parte de la pequeña muestra de tan ostensible presencia: los nombres de Taurino y Tauro; los sobrenombres de Toro y Torito como referencia a los hombres robustos y fuertes; los apellidos Toral, Toro, del Toro, Vaca, Vaquera, Becerra, Becerril, Corral y Corrales; la constelación y el signo zodiacal de Tauro; los oficios de vaquero, pastor, torero y carnicero; en la gastronomía los chiles toreados, las criadillas y la diversidad de bocados cárnicos de res; las expresiones cotidianas como cornudo, poner los cuernos, fuerte como un toro, toréame esta, coger el toro por los cuernos, el que por su gusto es buey hasta las coyundas lame, no te hagas buey; los instrumentos musicales de la familia de los oboes llamados cornos; las vacunas y la vacunación, y los eufemismos de México como el cuerno de la abundancia, y el llamar al palacio municipal como casa del ayuntamiento.

En la arquitectura, como objeto rico en transferencias humanas, se evidencia en parte de su nomenclatura esta relación de convivencia permanente del hombre con los bovinos. Por ello distinguimos como componentes nominales las cornisas, toros, bucráneos, capiteles, arcos torales, ojos de buey, los adobes, y como tipologías arquitectónicas la casa del ayuntamiento, el laberinto, la plaza de toros, las caballerizas y los corrales.

Homenaje de gratitud y reconocimiento que el hombre hace desde la arquitectura a la relación simbiótica que guarda de siempre con el animal que desde tiempos inmemoriales ha sido su potencial fuente de alimento, coadyuvante en el desarrollo de la economía agrícola y potencial simbólico de su autoestima en tanto: fortaleza, fertilidad y virilidad.

*Universidad Autónoma de Nuevo León

Contacto: armando.floress1@hotmail.com

 

Adenda

Las fiestas de toros en Monterrey

Carlos González Rodríguez

Aunque con escasa información, se afirma que las corridas de toros se celebraron en Monterrey desde principios del siglo XVIII y que éstas se volvieron regulares en la segunda mitad del siglo XIX. El Archivo Municipal de Monterrey nos muestra a través de sus documentos que desde 1760 se impulsaba la construcción de una plaza de toros en la Plaza de Armas, hoy Plaza de Zaragoza, y la participación de toreros aficionados de la localidad.

La plaza de toros que funcionó con mayor regularidad fue la que se construyó en los terrenos del Convento de San Andrés, vecinos a la vertiente norte del Río Santa Catarina. Construida de madera, se montaba y desmontaba con facilidad pues de ordinario se usaba sólo en el mes de septiembre, durante las fiestas patronales de la ciudad. Quedan para la historia nombres como los de don Francisco Barrido y don Justo Cárdenas, como promotores de la fiesta brava local, este último se vio en la necesidad de rescindir el contrato celebrado con el Municipio en 1830, por la muerte de su socio comercial. En ese tiempo los toros que se lidiaban no eran precisamente de casta, era ganado cerril y por lo mismo más peligroso pues los picadores no protegían a sus caballos con los petos con que ahora se hace y varios caballos terminaban muertos por cornadas de toro.

La Plaza de Toros del Convento, como también se le conocía, montada en 1846, fue desmantelada antes de funcionar como tal, con el fin de construir las barricadas para la defensa de la ciudad ante la artera invasión extranjera de los estadounidenses.

Para promover una corrida de toros en ese tiempo se requería una inversión de al menos mil pesos por parte de los empresarios, pues la renta de la plaza costaba 500.00 pesos, el encierro de animales 150.00 pesos, la banda de música para el acompañamiento 150.00 pesos, otros 100.00 pesos para los toreros, 50.00 para los picadores y otros 50.00 más para los banderilleros. Cantidad considerable si tomamos en cuenta que con ella se podía comprar una casa grande de calicanto o dos medianas.

Fueron varios los intentos de comprar el terreno a los franciscanos y a las autoridades municipales para construir la plaza permanente; sin embargo, ningún trámite al respecto se pudo concretar.

La plaza de toros conocida como del 5 de Mayo era vecina del templo del Sagrado Corazón y la de Santa Lucía era vecina del Hospital Civil en las calles de Santa Lucía –hoy 15 de Mayo– y del Hospital –hoy Cuauhtémoc–, y en ellas, a partir de 1885, las corridas se programaban con cierta regularidad. La función de marzo de 1885 se celebró anunciándose que las utilidades serían en beneficio tanto del Hospital Civil local como del pueblo español, tras los daños provocados allá por varios temblores. Con la facilidad de movilidad por las comunicaciones ferroviarias, los toreros locales comienzan a alternar con toreros nacionales y de origen extranjero, entre ellos, Pablo Ochoa, Luis Mazzantini y nuestro Rodolfo Gaona, entre otros. A partir de 1909 estas plazas dejaron de cumplir con los requisitos de seguridad exigidos por las autoridades y quedaron en desuso.

La primera Plaza de Toros Monterrey, con capacidad para siete mil espectadores, fue construida en 1908 sobre la Plaza de San Jacinto, hoy Escuela Fernández de Lizardi, en las calles de Aramberri y Serafín Peña, y vecina del Hospital San Vicente. Fue en ese ruedo donde se popularizaron suertes del toreo como la de Don Tancredo o Suerte del Comendador, consistente ésta en que el torero espera la salida del toro, sentado en una silla y levantando el brazo con una cerveza producida por la Cervecería Cuauhtémoc, patrocinadora de las corridas. Figuras destacadas de ese tiempo fueron Pascual González “Alamaseño”, Alfonso Zambrano, Felipe Naranjo, Tirso Valdez, Antonio Ortíz “Morito”, Eduardo Leal “Llaverito”, José Rivas “Morenito Chico” y los rejoneadores Francisco Olvera “Berrinches”, Cayetano Garza y el banderillero José González Fanderito.

El ambiente taurino que se vivía en la ciudad se complementaba con los bares o cantinas que aquellas figuras del toreo acostumbraban visitar. Así, un anuncio nos refleja bien este ambiente: la cantina “La Especial”, que se ubicaba frente al antiguo Mercado Colón en su acera norte, hoy calle Padre Mier, anunciaba que cuando venían a la ciudad los matadores Cocherito, Gaona y Segura, iban a consumir en esa cantina. También se volvían famosos los hoteles donde se hospedaban los toreros, como es el caso del Hotel Barón, hoy Hotel Colonial, frente a la Plaza Hidalgo, y el Hotel Windsor frente a la Plaza Zaragoza. Cerca o a un costado de dichos hoteles se instalaban las peñas taurinas, como fue el caso de la famosa peña “Frascuelo y Lagartijo”. Otro tanto que popularizó a la fiesta brava fueron las bandas taurinas que con corridos y pasos dobles hacían más ameno el espectáculo.

Dentro de la ya añeja tradición taurina de la ciudad, la nueva Plaza de Toros Monumental Monterrey, también llamada de Lorenzo Garza, fue inaugurada en 1937 en la colonia Del Prado; con capacidad de 17,500 localidades, ha consolidado figuras de fama internacional, como Lorenzo Garza, Luis Briones, Humberto Moro, Fernando de la Peña, Manolo Martínez y Eloy Cavazos, entre muchos más. Las fiestas de toros son también parte relevante de la historia de la ciudad.