Editorial 20-84 (abril – junio 2017)

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Eduardo Estrada Loyo

CIENCIA UANL / AÑO 20, No. 84, abril-junio 2017

El profesor Murray Bookchin (EE.UU. 1921-2006), historiador, investigador, ideólogo y fundador de la llamada ecología social, al definir el ecologismo con un enfoque humanista en la interacción con el medio ambiente, afirma que en la naturaleza existe una relación holística entre todos los seres al mismo tiempo que la propia naturaleza posee mecanismos autorregulatorios para recuperar el equilibrio en todos sus ámbitos.

Al respecto, Daniel Sifuentes, en su artículo “La ecología como ciencia social”, menciona que si en el pasado la relación del ser humano con la naturaleza se desarrollaba conforme a pautas espontáneas y progresivas, actualmente esa conciliación es más difícil de realizar debido a la rapidez de los cambios tecnológicos y sociales que vivimos, por lo que a la naturaleza le resulta cada vez más complicado recuperar el equilibrio perdido. En relación a lo anterior, en nuestra sección de Sustentabilidad Ecológica, Pedro César Cantú menciona que la búsqueda de una estabilidad duradera de un desarrollo sustentable se finca en abandonar los modelos que socavan la naturaleza y que condenan las aspiraciones legítimas de bienestar de millones de personas. Entre los nuevos modelos que se deben establecer habría que considerar los que estimulan el uso exhaustivo de las materias primas y del aprovechamiento de los desechos derivados de los métodos de procesamiento de los residuos orgánicos que se puedan convertir en una amenaza ambiental. Debido a esto, Roger Salas y colaboradores, en su trabajo “La quitina, lo mejor de los desechos marinos”, publicado en nuestra sección de Ciencia y Sociedad, proponen el uso de la quitina y sus derivados, los cuales, por su acción antimicrobiana, antitumoral, antioxidante, etcétera, se han convertido en un recurso renovable con amplia demanda en diversas industrias relacionadas con la salud, la agricultura y la farmacéutica.

Otro aspecto a considerar es la forma en que los productos derivados del agro son llevados desde sus áreas de producción: parcelas, campos de cultivo, etcétera, al consumidor final. Dado que la distribución y el consumo de los mismos incide, de alguna manera, en el aprovechamiento o merma de los mismos, afectando de alguna manera el equilibrio ecológico-ambiental. Por lo que Gerardo M. Pantoja Zavala y colaboradores, en su estudio “Vinculación y comercialización de los productos citrícolas en Nuevo León”, analizan la comercialización de los productos citrícolas de la región centro del estado, desde el surtido del producto, características de los mismos y los distintos aspectos que los dirigen al consumidor final.

“Un huerto sin tomates es como una pecera sin peces”, dice el refrán popular, sin embargo, el tomate, además de sus características gastronómicas, posee un gran valor nutricional dado que es rico en fibra, minerales (potasio, fósforo) y vitaminas A, B, C y E. Por lo que en su estudio, “Capacidad antioxidante, contenido en licopeno y fenoles totales en tomate de huerto familiar”, Laura G. Ramos Muñoz y colaboradores destacan que debido al fuerte consumo de agua como insumo, y a la continua utilización de fertilizantes y plaguicidas que contaminan el medio ambiente, lo cual tiene como consecuencia el daño y la disminución de los recursos naturales, es cada vez más frecuente en las ciudades el uso y cultivo de los llamados huertos familiares para el autoconsumo. Centrando el propósito de su estudio en comparar la capacidad antioxidante total de tomates producidos con cuidado ecológico, en dichos huertos, versus el tomate producido de forma convencional.