El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro

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Elena Poniatowska

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 82, NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2016

Se dice que un hombre es genial en la ciencia si tiene tres buenas ideas. Si tiene más de cuatro podría comparársele a Newton. En el caso de Guillermo Haro, según el doctor Emmanuel Méndez Palma, tuvo más de cuatro ideas fantásticas desde el momento en que exploró con la cámara Schmidt el cielo del norte que él observó encima del pueblo de Tonantzintla, Puebla. Tomó miles de placas en 1942 en plena guerra mundial descubrió los objetos Herbig-Haro HH1 y HH2 que nos dan la posibilidad de saber la edad del universo y cómo se formó.

Desde que era un niño, Guillermo Haro le dijo a su madre Leonor: “Voy a descubrir cómo nace una estrella”. ¿Qué significó Guillermo Haro para la ciencia de nuestro país? ¿Qué hizo por México? Nacido el 21 de marzo de 1942, su madre le puso Benito por Benito Juárez. Una tarde, el niño le preguntó dónde se acababa el mundo y decidió llevarlo “más lejos de lo que se ve a simple vista”.

A partir de su encuentro con el cielo y con los grandes astrónomos de su época, Guillermo Haro decidió ocuparse de todas las cosas del cielo y se hizo amigo de astrónomos como Harlow Shapley, el inglés Fred Hoyle, el hindú Subrahmanyan Chandrasekhar, y sobre todo el ruso Viktor Ambartsumian; Guillermo acendró su capacidad de discusión. Si antes retó a sus maestros, más tarde desafió a sus estudiantes y los envió a las grandes universidades de Estados Unidos y Europa a que se midieran con los mejores. Los acompañó con cartas, becas y amonestaciones. Discutió con ellos porque de la curiosidad y de la crítica nace el conocimiento. Desde muy jóvenes, sus discípulos se acostumbraron a preguntar por qué y para qué estamos aquí sobre la tierra.

HACER PREGUNTAS ES UNA SEÑAL DE INTELIGENCIA

Preguntaron “¿Cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿por qué? y ¿para qué?”. Quisieron servir a su país con su cerebro, sus ojos, su lengua, sus manos y sus pies de explorador. Su voluntad los convirtió en creadores. Conocieron a los habitantes de otros países de la Tierra que hablaban otros idiomas y tenían otras costumbres y su vida se hizo fascinante. Pudieron también aprender de otros pueblos, confrontar otras ideas, creencias, rituales e incluso magia. Alimentaron su cerebro como lo pedían los Beatles, se enriquecieron a sí mismos, enriquecieron a su país y se crearon otra vida a diferencia de la vida que ahora tenemos y que muchas veces, para nuestra gran desilusión, se alimenta de la tele y de los celulares, los juegos y las voraces maquinitas tragamonedas que en lugar de hacer crecer la imaginación la inhiben y en muchos casos la asfixian.

Guillermo Haro siempre puso en duda lo establecido y jamás olvidó leer el cielo nocturno. En Tonantzintla, Guillermo Haro pasó los mejores años de su vida y con la cámara Schmidt enfocada al cielo nocturno descubrió estrellas azules, cometas y objetos que llevan su nombre: Herbig-Haro. También aprendió de la sabiduría popular porque Toñita, la muchacha que hacía las mejores quesadillas de hongos del estado de Puebla, le advertía a las cinco de la tarde: “Hoy en la noche, no va a poder observar”, y Guillermo le preguntaba sorprendido: “¿Por qué, Toñita?”; “Porque las moscas andan volando muy bajo”.

Nadie más preocupado que Haro por vivir no sólo la realidad de México, sino por comprender qué posición teníamos en el cosmos. Estudiaba astronomía para explicarse el porqué de nuestro atraso y cuál podría ser la solución. Le angustiaba que México no compitiera con el resto del mundo, quería irse a dormir sabiendo que todos habíamos comido más o menos lo mismo. Interrogaba al Popo y a su mujer la Iztaccíhuatl y contemplaba a las estrellas de la Vía Láctea todas las noches. Amaba al gran valle de Cholula. Amaba a las nubes de Escorpión y Sagitario y a los niños que son pequeñas galaxias frente a los pupitres de la escuela que él construyó. Se preocupaba por Carina en el cielo, pero también les aconsejó a los Toxqui, los Tecuatl, los Tepancuatl que sembraran flores para vivir mejor y les consiguió camionetas que transportaran grandes ramos de delfinios a México. Descubrió los objetos azules y el cometa que lleva su nombre, contempló la estrella Polar a diecinueve grados sobre el horizonte Norte y se le reveló un extremo de la nave del gran portugués Magallanes que se pierde en la Cruz del Sur, pero también supo ayudar a vivir al valle de Cholula en el que las siluetas del Popocatépetl, del Iztaccíhuatl, de la Malinche y del Pico de Orizaba forman en la lejanía el este y el oeste. Aprendió pronto que cuando los volcanes se dibujan con nitidez, la noche de observación es buena.

Según dos de sus grandes discípulos y miembros de El Colegio Nacional, Manuel Peimbert Sierra y Luis Felipe Rodríguez, quien dirige un centro científico en Morelia, gracias a Guillermo Haro, de tan sólo cinco astrónomos pasaron a 240 en la actualidad. Del INAOE (Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica) fundado por él, han salido 250 doctores en óptica, tras de dos jóvenes excepcionales, Alejandro Cornejo y Daniel Malacara, que hoy dirige un centro de óptica en León, Guanajuato. Impulsó la ciencia en el interior del país. Haro no sólo se ocupó del cielo, fundó el INIC (Instituto Nacional de la Investigación Científica), antecesor del actual Conacyt e impulsó con coraje y lucidez la editorial Siglo XXI, cuya primera sede fue la de la calle de Morena número 430.

Fue el miembro más joven de El Colegio Nacional al que ingresó con sólo 40 años, el 6 de julio de 1953 a las 8 de la noche y fue recibido por su querido Alfonso Reyes, quien habló del átomo y la estrella. En los treinta, cuarenta y cincuenta, los jóvenes se encaminaban al corral de Leyes y lo que menos les importaba era que la Tierra fuera o no el centro de la creación. Hoy, la matrícula de las carreras científicas en la UNAM es superior a 300 aspirantes.

GUILLERMO HARO FUE UNO DE LOS POCOS MEXICANOS CON IMPACTO INTERNACIONAL

Como lo dice el doctor José Franco, exdirector de “Universum”, dentro de la UNAM, Mario Molina no es el único. Guillermo Haro recibió el Lomonosov, el Premio Nobel Ruso, y si ahora los científicos mexicanos pueden ver más lejos es porque están parados en hombros de seres excepcionales que supieron construir instituciones como el Conacyt y lograron, entre otras cosas, que San Pedro Mártir, iniciado por Haro y terminado por Arcadio Poveda, fuera uno de los cuatro mejores observatorios del mundo.

¿Qué significa saber de estrellas? Todos venimos de la misma explosión, conocer una estrella es conocerse a sí mismo. Nuestra energía, nuestro metabolismo, nuestro calor, es parte de la radiación de los astros. Nuestras células son organismos vivos con reacciones bioquímicas como el gas de las constelaciones. Lo de arriba es lo de abajo. Las pirámides de Egipto, las de Chichén Itzá, las de Teotihuacan corresponden al mismo designio. Más que una creencia religiosa, irse al cielo es la certeza del regreso al seno materno.

Durante un homenaje en el Colegio Nacional en el que Felipe Haro mostró la película sobre su padre, En el cielo y en la tierra, la doctora en economía y mi amiga, Ifigenia Martínez, le preguntó a Manuel Peimbert un tanto despectivamente cuál podía ser la aplicación del estudio de los astros al bienestar de la humanidad, y el sabio respondió que la astronomía no sólo gira en torno a las estrellas para saber de dónde venimos, sino que tiene aplicaciones como la óptica, la electrónica, la computación. En los chips de un teléfono celular hay astrofísica, en un microondas hay astrofísica, en una computadora hay astrofísica, en todas las instancias de nuestra vida está la astrofísica. Los astrónomos necesitan los espejos que sólo la óptica puede proveer y nosotros necesitamos vidrio óptico, anteojos, lámparas de quirófano, computadoras, tablets, lupas, teléfonos, celulares y hasta los satélites con los que nos espían y Obama se disculpa diciendo que él no fue.

¿Cómo integrar la ciencia al crecimiento del país y cómo lograr que la industria contribuya al adelanto de la ciencia? Fue la inquietud de Guillermo Haro que exigía la creación de laboratorios para que los jóvenes que habían terminado su doctorado en las universidades más reconocidas del extranjero regresaran a México. Descentralizar la educación superior, impulsarla en provincia, luchar contra la desidia y la politiquería, crear un movimiento científico en todo el país fue uno de sus esfuerzos constantes y desesperados porque le angustiaba el retraso mental y la falta de visión de nuestros políticos y nuestros empresarios.

Le consolaba que la ciencia fuera un proceso infinito que los científicos van encadenando. Los conocimientos van avanzando, cada día se sabe más, cada hora puede añadirse un nuevo descubrimiento que modifique la realidad. A diferencia de una obra literaria, a la ciencia no puede dársele un punto final. “El que venga después de mí irá mucho más lejos, así como yo fui más lejos que mi antecesor”.

Como lo dijo el Case Institute Of Technology de Cleveland al concederle el grado honorario de doctor en ciencias, Guillermo Haro dedicó su vida a la ilustración de sus semejantes. Su curiosidad natural y su enorme coraje lo llevaron a notables descubrimientos astronómicos y a ser pionero en la comprensión de la teoría de formaciones de estrellas y en la evolución estelar. Su trabajo le dio renombre a la UNAM y a México. “En los años futuros, estudiantes y astrónomos de muchas naciones serán beneficiados con los estudios y descubrimientos de usted, doctor Haro”, reconocieron los astrónomos de las universidades del mundo y, por eso mismo, los rusos le concedieron el Premio Lomonosov que equivale al Nobel en el campo de la ciencia.

Guillermo Haro entregó su vida a la astronomía, puso la ciencia de México a nivel de los países desarrollados, hizo investigación de vanguardia con los medios de un país del tercer mundo y le hizo un bien a México, a sus discípulos, a quienes lo siguieron, a quienes creyeron en él, a quienes lo amaron y a quienes no lo amaron por regañón.

El universo o nada, biografía del estrellero Guillermo Haro es la historia de sus horas, sus trabajos y sus días, en resumen, de su vida que terminó demasiado pronto, cuando tenía 75 años. Es también un homenaje a su fuerza de carácter y a su capacidad de visionario. Pensó en los demás antes que en él mismo y forjó a toda una generación de jóvenes dispuestos a regresar a México después de doctorarse en Estados Unidos y en Europa, hombres y mujeres que aman a su país por encima de sus propios intereses.

* Contacto: baicalia_2012@gmail.com