Investigación en acción en pro de la justicia ambiental. Entrevista a la maestra Marisa Jacott

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JESSICA YADIRA MARTÍNEZ FLORES*

MONTSERRAT GARCÍA TALAVERA*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 79, MAYO-JUNIO 2016

La maestra Marisa Jacott es socióloga por la UANL, con una maestría en estudios latinoamericanos (UNAM). Durante 20 años ha coordinado proyectos dirigidos a la defensa del medio ambiente y la salud ambiental en diversas comunidades. Fundadora, presidenta y directora de la organización no gubernamental Fronteras Comunes, especializada en temas de contaminación química e industrial, justicia y salud ambiental en México. Creadora del proyecto México Tóxico, que documenta el trabajo y luchas ambientales de diferentes organizaciones y comunidades afectadas por la contaminación industrial, los megaproyectos y las políticas neoliberales del Estado mexicano. Impulsora de las acciones colectivas (Class Action) en México como nuevo mecanismo legal para lograr la reparación colectiva del daño, así como defensora de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA). En 2005 recibió el premio al Servicio Internacional Humanitario otorgado por la organización Silicon Valley Toxics Coalition y cuenta, además, con múltiples publicaciones ambientales.

¿Cuál es su formación académica?

Soy socióloga por la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, después hice una maestría en estudios latinoamericanos en ciencias políticas de la UNAM.

¿Cómo llegó a la ONG Fronteras Comunes?

Desde que llegué del Distrito Federal para estudiar la maestría, en 1986, comencé a trabajar en una organización ecuménica a nivel nacional en el Centro de Coordinación de Proyectos Ecuménicos (Cecope), en el área de refugiados; teníamos la investigación laboral, trabajamos con problemas sociales, y cuando el gobierno de México anuncia que habrá un tratado de libre comercio decidimos formar un grupo de compañeros de Cecope para investigar cuáles serían los impactos de ese tratado en México, fundamentalmente en tres áreas: laboral, de propiedad intelectual y mujeres, así fundamos, en 1994, “Fronteras Comunes”.

Debido a que teníamos mucho trabajo con Cecope en toda la franja fronteriza decidimos trabajar en la industria maquiladora, para analizar y documentar los problemas de este modelo de industrialización y abordar la situación laboral, sobre todo de las mujeres y los cambios que se sucederían con el Tratado de Libre Comercio. Es ahí donde vemos que los problemas laborales son muchos, pero que era peor lo que estaba sucediendo con las mujeres trabajadoras en la maquila por la contaminación química a la que estaban todos los días expuestas y los daños a la salud. En ese tiempo ya se anunciaban casos de anencefalia, muchos abortos, la tasa de cáncer iba en aumento y había muchos otros problemas de salud, de violencia de género y de justicia laboral y económica con las trabajadoras. Esta experiencia con las mujeres de la industria maquiladora nos llevó a abrir el trabajo ambiental. El trabajo que nosotros hacemos en Fronteras Comunes es siempre sobre una base científica y social, lo que nos permite abordar la temática de la contaminación industrial y química en México y sus impactos en la salud y el ambiente.

¿Qué la motiva a concientizar a las personas sobre las emergencias químicas en el libro México tóxico?

Hace un par de meses tuve la oportunidad y el gusto de que la Editorial Siglo XXI nos publicara el libro México tóxico. Emergencias químicas, que escribí junto con la doctora Lilia América Albert. Este libro surge precisamente porque nosotras no sólo hacemos trabajo de investigación, sino también de campo, una actividad muy emocionante porque es investigación en acción, lo que le permite reflejar de mejor manera la realidad.

Hace mucho tiempo nos dimos cuenta de que teníamos los informes de accidentes químicos que sucedían en otras partes del mundo, pero no teníamos información de México, las autoridades no estaban documentando todas las emergencias químicas, y así no había manera de abordarlas públicamente; por desgracia, en nuestro país no hay un control de estos accidentes, no se sabe quiénes son las autoridades a cargo, ni el daño que generan a comunidades. Por esta razón decidimos buscar algo que nos orientara, que cubriera los vacíos observados y atendidos a lo largo de 20 años de trabajo conjunto con comunidades afectadas y asociaciones locales y regionales; decidimos entonces que era importante documentar todo eso para tener otro espacio de presión y divulgación para señalar nuestros puntos de vista sobre los vacíos que se están viviendo en materia de contaminación química desde la falta de una legislación para las sustancias químicas, desde la distribución de competencias en la atención de una emergencia, del cómo se manejan las sustancias, los accidentes, y documentar cómo las comunidades están cada vez peor ya que muchas no son atendidas, otras son atendidas pero engañadas y en el resto se niegan los impactos ambientales y a la salud humana señalando las autoridades que “no pasa nada”. El “nunca pasó nada” es, digamos, la constante de las autoridades de la Profepa y Cofepris cuando atienden un accidente en el que están involucradas sustancias químicas.

Una parte que queremos destacar en el libro es la necesidad de que exista un seguimiento de estudios epidemiológicos, de exposición crítica a lo largo del tiempo, así como de los contaminantes que poco a poco van minando la salud de las comunidades que tienen cercana actividad industrial. Por todas estas razones decidimos sacar este libro, el primero de una serie de México tóxico. Este nombre de “México Tóxico” viene de un proyecto que surge hace muchos años en Fronteras Comunes, a raíz de querer documentar la problemática ambiental de contaminación industrial en todos los estados y de cómo esta contaminación afecta los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA) de las personas, pero como es un proyecto muy ambicioso, no se consigue financiamiento, es muy difícil conseguir ingresos para trabajar esta parte del área de justicia ambiental, es mas fácil que te financien para documentar el cambio climático, la conservación, servicios ambientales, pero no para la parte de contaminación química y gestión ambiental, que desde el punto de vista nuestro es lo más importante ya que está dañando al ambiente y la salud de las personas, por eso quisimos hacer este libro publicado por Siglo XXI.

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¿De qué forma las autoridades soslayan su responsabilidad, si ya tenemos una legislación que los puede obligar a que realicen sus tareas?

La legislación existe pero no hay normatividad en muchas cosas, digamos que las normas es otra de las partes en lo que estaríamos fallando: hay una ley, pero no tenemos un reglamento ni normas, por ejemplo, para la medición de plomo en el aire para recicladoras de baterías plomo-ácido –lo menciono porque fue un logro en nuestro trabajo que hace apenas muy poco sacaran una norma para eso–; entonces, no hay una normatividad y cuando sí la hay es un asunto de corrupción, ya que muchas veces las autoridades no las aplican. Para comenzar, la Profepa es un órgano desconcentrado de la Semarnat, y debería ser un órgano totalmente independiente porque no puede ser juez y parte. Además, la Profepa siempre señala que no tiene suficientes inspectores como para estar vigilando que la normatividad se cumpla y ese problema también lo mencionamos en el libro.

El gobierno de México tiene dinero para muchas cosas –viajes, celebraciones, visita del papa, publicidad, dispendios, etcétera–, pero no tiene para atender un área fundamental: el cuidado de su pueblo. Es la política del gobierno mexicano la que protege los intereses industriales, comerciales y económicos sobre la salud de la población y el ambiente.

Volviendo al tema de las sustancias químicas, México no sabe qué sustancias produce, utiliza, importa o desecha; no tenemos un inventario de éstas, el que se tenía era de hace 20 años. Hace cuatro sacaron un inventario nuevo, pero las mismas autoridades reconocen que está incompleto y deberíamos tener ese inventario actualizado para usarlo al momento de alguna emergencia. México necesita una legislación de manejo de sustancias químicas, Europa tiene una legislación de casi diez años y el principio de precaución es la base para los estudios de comercialización; en los que si no se tiene la certeza de que el producto es inocuo para la salud y el ambiente, no se puede poner en venta y esa carga de la prueba es para la industria. También es importante el principio de sustitución, que significa que si una sustancia es tóxica, ésta tiene que ser cambiada por otra que no lo sea. Sin embargo, México está lejos de proteger la salud de las personas, sus trabajadores y el ambiente.

Un ejemplo de lo que acabo de señalar lo pudimos observar cuando estuvimos trabajando con la industria maquiladora de electrónicos. La legislación europea en materia de sustancias químicas señala que ya no aceptará productos que contengan plomo, cadmio o PVC, entre otros tóxicos. Pensamos que dichos requerimientos impactarían positivamente en las trabajadoras de las maquiladoras de electrónicos porque dejarían de soldar con plomo, pero no fue así. Lo que pasó fue que compañías de electrónicos en el país abrieron otra línea de producción: una con plomo y otra sin plomo; un asunto de doble estándar, con el que cubren el mercado europeo libre de tóxicos y no así en el mexicano y otros países sin ese tipo de legislación, ya que siguen utilizando sustancias tóxicas, por ser más económica su producción, lo que conlleva a una contaminación laboral tremenda y ambiental en materia de emisiones y disposición final.

¿Ya se está haciendo algo a nivel parlamentario?

Desde hace diez años estamos tratando de impulsar esta legislación en materia de sustancias químicas, y (hace unos tres o cuatro años se fundó el Comité Consultivo Nacional para la Gestión Integral de Sustancias Químicas y Compuestos Orgánicos Persistentes y Residuos Peligrosos, Sujetos a Convenios Internacionales en Materia Ambiental, integrado por la industria, la academia, organismos de gobierno y organizaciones no gubernamentales, como Fronteras Comunes, precisamente para trabajar una legislación en materia de sustancias químicas, pero cuando entró el gobierno de Peña Nieto, quitan esa tarea al comité y forman un acuerdo voluntario en el cual el trabajo para elaborar una legislación en materia de sustancias químicas se diluye. En cuanto al Legislativo, nunca ha presentado interés por estos temas, tan es así que aún continuamos con este atraso que sólo eleva los índices de exposición a sustancias tóxicas de manera continua y permanente.

¿Cómo ha enfrentado el problema de las emergencias químicas?

Trabajando con comunidades afectadas, apoyándolas y orientándolas, la comunidad tiene derecho a saber y exigir a las autoridades información sobre las sustancias involucradas y qué es lo que se fabrica en las plantas aledañas a sus hogares. Hay casos en los que la gente se ha quejado con las autoridades o la industria de dolores de cabeza, olores fuertes, afecciones a la salud y nunca fueron atendidos. Entonces el trabajo que nosotros hacemos es exigir esa información, así como exigir a las autoridades que exista un remedio ante las quejas. Desgraciadamente no podemos decir que logramos mucho y más cuando las leyes no nos ayudan, como es el caso de la Ley de Responsabilidad Ambiental, que tiene poco de haber salido pero que no es efectiva para prevenir accidentes químicos y lograr la verdadera reparación ambiental, sin embargo si utilizamos e impulsamos las acciones colectivas como un mecanismo mucho mejor para la defensa de los Desca.

¿Hay algún vínculo de una manera más sistemática con instituciones científicas y académicas para poder darle cobertura a este movimiento?

En Fronteras Comunes participamos en grupos consultivos interdisciplinarios y trabajamos también con científicos, académicos, ONG, campesinos, mujeres, centros de investigación, consultores y organismos regionales para el trabajo en campo.

¿Pero una vinculación más estrecha?

Por nuestra experiencia puedo comentar que las instituciones de investigación de universidades nos apoyan, pero algunas de ellas por “debajo del agua”, porque sus aboratorios y sus investigaciones las pagan Pemex, CFE, Conacyt, por lo que su trabajo puede verse afectado si nos apoyan abiertamente. Sin embargo hay muchos académicos con los que sí podemos trabajar abiertamente.

¿Cómo cree que se podrían enfrentar los retos que se presentan ante la problemática de las emergencias químicas?

Principalmente tendría que haber una política de gobierno diferente en la que exista una política pública de verdadera protección ambiental y a la salud, no hay manera de tener un Ejecutivo en orden con un Legislativo que esté anteponiendo sus intereses económicos frente a la salud de la población.

¿Cómo ha sido en nuestro país el trabajo de las autoridades en todos los niveles ante las emergencias químicas?

Comenzando de abajo hacia arriba: el nivel municipal siempre muestra más entusiasmo, pero se enfrentan a la cerrazón de la industria y después ante Profepa. Cuando llegamos a nivel federal se puede decir que hay una sanción económica, pero no tenemos una historia de cierre de plantas por algún problema, solamente se hace la declaración y se enlista, pero no se hace nada y los municipios batallan porque no tienen ingresos, sus cuerpos de rescate no tienen equipo, no hay suficientes cursos de capacitación. También pasa que si la emergencia se reporta a la Profepa, ellos sólo laboran de lunes a viernes en horario de oficina, y la atención a la emergencia debe esperar.

¿Cuáles son, a su parecer, las entidades federativas más avanzadas en manejo de contaminante y cuáles las peores?

Nuevo León estaba muy bien hasta hace unos años, por lo menos a nivel de reporte, siendo pionero hace unos años en hacer un completo registro de emisiones y transferencias de contaminantes. Desgraciadamente, los estados que son muy industriales tienen la problemática de proteger a la industria, y sinceramente no podría mencionarte un estado que destaque por su comportamiento ambiental, a diferencia de los que no destacan como Veracruz, Tamaulipas, Tabasco y Campeche.

¿Cuáles son los químicos más comunes que afectan a nuestra población?

En cuanto a emergencias químicas te podría mencionar hidrocarburos, plaguicidas y disolventes. En cuanto a emisiones industriales tenemos todos aquellos tóxicos que son agotadores de la capa de ozono, disruptores endocrinos, contaminantes orgánicos persistentes, metales pesados, plaguicidas, los residuos peligrosos, y en el hogar realmente estamos expuestos a muchísimos: metales pesados, limpiadores, aromatizantes ambientales, plaguicidas y muchos más que causan enfermedades como cáncer, alergias, asma, trastornos reproductivos, nerviosos y de inmunodeficiencia, enfermedades renales y cardíacas y contaminación por metales pesados, esos serían los principales.

¿Qué nos puede decir de los aditivos preservantes, conservantes y saborizantes artificiales?

México no tiene un etiquetado adecuado en sus productos, no hay manera de saber si son transgénicos o no o el tipo de conservadores o saborizantes que traen. Hubo un momento, hace muchos años, en el que tratamos de que Cofepris exigiera en cosméticos la descripción de sustancias y no pasó nada; es una tarea dura. Además, mientras tengamos incineración, sobre todo de productos clorados y el uso de plaguicidas tóxicos, habrá comida, huevos, leche contaminada y la presencia de contaminantes orgánicos persistentes que son sustancias cancerígenas y perturbadores endocrinos en nuestra comida, y aunque tuvieras una granja orgánica, con el agua y el aire que utilizas se contaminará. Desafortunadamente no puedes tener alimentos sanos si tienes una industria que está contaminando todo el tiempo, descargas de aguas residuales sin tratar a ríos, en donde no hay plantas de tratamiento y las que hay no funcionan. Hoy en día hasta resulta peligroso bañarte en cualquier río, ya que están severamente contaminados.

¿Algo más que desee agregar?

Me da mucho gusto estar aquí en Monterrey, desde 1984 que no venía a la Universidad, muchas gracias por la oportunidad, y pues la idea de nosotros es aplicar la ciencia y hacer ciencia desde el trabajo de campo, es un poco difícil pero ahora con una academia más interesada en los procesos sociales, será mas fácil y nunca debemos dejar de cuestionar la información que los medios nos dan, por eso hay que salir al campo a observar, aprender, ser parte y transformar la realidad.