Guía de recuerdos: Eduardo Padilla

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ARMANDO V. FLORES SALAZAR*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 79, MAYO-JUNIO 2016

Eduardo Padilla, el arquitecto que naciendo tapatío eligió ser regiomontano, dejó de vivir el 5 de enero de 2016, casi completando los 90 años de vida. Sus hijos compartieron la noticia del deceso a los familiares, amigos e instituciones con las que estuvo relacionado. Pope Montes lo supo por la línea institucional, al ser la cronista de la Academia Nacional de Arquitectura en Monterrey, ella fue quien me lo compartió en un correo electrónico. Luego de una oración en silencio, evocándolo, cavilé sobre los lugares comunes de agradables encuentros que compartimos ambos y de donde surgieron riquezas sorprendentes, tanto en lo académico y profesional, como en lo social y cultural.

Comencé a saber de él en la invisibilidad, desde mis tiempos de estudiante universitario de arquitectura por mis condiscípulos y en dos rutas complementarias: algunos de mis compañeros de grupo, entre ellos Ricardo Pompa y Jacinto López, trabajaban dibujando en la empresa Constructores Asociados, S. A. (CASA), de la que él era el director; oía su nombre en las conversaciones siempre como algo remoto e insignificante. Como el otro lado de una misma moneda, escuchaba de él, también en las conversaciones de otro condiscípulo más cercano a mí en la cotidianeidad, Carlos Espinosa, que lo trataba de tú en las asociaciones religiosas a las que ambos asistían en ese entonces y en las que pude percibirlo más cercano y personal.

Ya en mi vida profesional, el esbozo inicial que había construido de su imagen tomó características propias por sus eventuales apariciones fotográficas en la prensa local; ampliándose su perfil profesional de arquitecto en actividades complementarias de carácter social y cultural.

Mi estancia como profesor en las aulas del Departamento de Arquitectura del ITESM, en los años setenta, me acercó como colega a los amigos profesionales más allegados a él y, al haber tenido como aprendiz a su hijo Ricardo, debo por ello haber adquirido para él una dimensión más cercana y específica como persona. El mismo fenómeno que percibí siendo estudiante de lejanía y cercanía de su persona, ahora debía darse inversamente proporcional asumiendo, ahora yo, las dimensiones simultáneas de boceto y retrato. Mi relación personal y profesional con Enrique de la Mora y mi proyecto para el Palacio Municipal de San Pedro Garza García deben haber sido el último requisito aprobatorio para que él procurara el encuentro personal y luego la colaboración compartida.

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Fue en el verano de 1979 cuando comenzamos una relación laboral más frecuente, pues él, como director de Comunicación y Espacios de Vitro, tenía bajo su responsabilidad un concurso anual de pintura artística, cuyo mercado potencial eran en cierta parte los alumnos, exalumnos y maestros de la Escuela de Artes Visuales de la UANL, en la que yo me desempeñaba como director fundador. Acepté con júbilo la invitación para colaborar como asesor del proyecto cultural, como parte y extensión de mis actividades académicas universitarias y de mi fácil inclinación a apoyar todo proyecto de tinte cultural.

El Centro de Arte Vitro fue el resultado del compañerismo laboral y la afición al arte y la pintura de un cerrado grupo de amigos: Rogelio Sada, Enrique Canales, Xavier Meléndez y Eduardo Padilla. De sus reuniones sabatinas para dibujar, pintar y charlar sobre cultura artística surgió la idea de que la empresa Fomento de Industria y Comercio (FIC), donde ellos laboraban, ofreciera un premio a pintores locales mediante una exposición anual dentro de las instalaciones de la empresa. La idea se puso en práctica a partir de 1974.

Con mi incursión en el proyecto planteé la necesidad de dar el siguiente paso, de un evento convocando a pintores a otro de mayor alcance invitando a escultores, dibujantes y fotógrafos, entre otros, lo que incrementó el número de usuarios a tal grado que en 1983 el evento ya organizaba la Semana de las Artes Visuales. La convocatoria de 1984, para celebrar los diez años del Centro de Arte Vitro, se distinguió tanto por las obras en concurso como por la exposición de premiados en una década de producción artística visual del noreste del país.

Este fenómeno cultural abrió el celado interior de la fábrica a todos los involucrados con el evento, congregó en la ciudad a críticos nacionales en función de jueces como Raquel Tibol, Juan Hacha, Teresa del Conde, Bertha Taracena, Armando Torres Michúa y Jorge Alberto Manrique, por mencionar algunos, quienes interactuaron con críticos locales como José González Quijano, Giancarlo Von Nacher, Javier Moyssén, Jorge García Murillo y Alfredo Gracia, creando entre ellos puentes de comunicación e intercambio de experiencias; asimismo, dio proyección destacada a docenas de productores regionales, entre ellos Adriana Margáin, Xossé de Sade, Juan Carlos Merla, Juan Alberto Mancillas y Julio Galán, entre muchos más. Otros frutos del Salón de las Artes Visuales Vitro y sus doce anualidades (1974-1986) fueron la creación del Museo del Vidrio y un taller experimental de arte en vidrio.

El notable equipamiento de instituciones de enseñanza y la difusión de la cultura artística en la ciudad – escuelas, museos, teatros, galerías, casa de la cultura, etcétera– nos llevó a reflexionar en la necesidad de trabajar organizados mediante una asociación de promotores culturales para el intercambio de experiencias y la colaboración conjunta en proyectos de mayor alcance. Con tal idea en mente, en una reunión prenavideña en la oficina de Eduardo, con Ulrich Sanders y Blanca Montaño, sus colaboradores inmediatos, el tema acaparó todo el tiempo de la reunión y nos motivó a grado tal que en el primer día hábil de enero de 1983 lo planteamos como posibilidad viable a Romeo Flores Caballero, secretario de Educación y Cultura del estado; José Emilio Amores, Centro Cultural Nova; Guillermo Schmidhuber, Centro Cultural Alfa; Javier Martínez, Museo Monterrey, y Jaime Romeroll, Casa de la Cultura de Nuevo León, la idea los entusiasmó a todos y se declaró la necesidad de trabajar de inmediato en el anteproyecto como comisión permanente. El comité se duplicó en la siguiente reunión, cumpliendo el acuerdo previo de invitar a un nuevo miembro que reuniera el perfil adecuado. El número de interesados creció rápidamente y para mediados de febrero ya se había redactado la Declaración de intenciones como política cultural del grupo y para marzo ya quedaba definido el nombre de la nueva asociación como Consejo Cultural de Nuevo León, Asociación Civil. Al protocolizarse ante notario público el Acta Constitutiva, en junio de 1984, el Consejo Cultural nacía con veinte instituciones asociadas, públicas y privadas, y un proyecto único y sin antecedentes en el resto del país.

Trabajando por comisiones de libre adscripción, entre las que el Comité Directivo era una más, en periodos acotados a dos años de función y con reuniones mensuales de sus agremiados con itinerancia en las instalaciones de las instituciones agremiadas, se fueron estableciendo programas de trabajo de notoria presencia en la comunidad, como las Jornadas sobre la Identidad de la Cultura del Noreste, Muestras Gastronómicas de Alimentos Tradicionales del Noreste, Rescate de la Música del Noreste, Interacción Universitaria, Interacción Municipal, diplomados en promoción cultural, Directorio de Promotores Culturales, foros y diplomados museográficos, Centro de Información sobre Cultura del Noreste, Charlas con los Socios de Honor y un programa de difusión cultural en radio y televisión estatal, entre otros más.

Como presidentes fundadores de la Asociación, Eduardo y yo pasamos a formar parte del Comité de Expresidentes, esto nos obligó moralmente a velar por su desarrollo permanente. A casi veinte años de fructífera labor del Consejo Cultural de Nuevo León (1982- 2001), luego de un riguroso balance y entendido que la mayoría de sus programas se habían incorporado en las instituciones agremiadas, se optó por considerar concluidas las labores que le dieron origen.

Este gran proyecto de amplio espectro avivó la difusión cultural en el estado y la región, hermanó muchas instituciones, dio merecido reconocimiento a hombres procultura, estableció el diálogo permanente entre promotores culturales, originó proyectos de amplio alcance, coadyuvó en la conservación del patrimonio, creó nuevas instituciones culturales, comenzaron a colaborar juntos rectores e investigadores de las distintas universidades, se inscribieron en el esfuerzo colegios de profesionistas, los medios de comunicación integraron secciones culturales y se presumieron con orgullo y autoestima las prácticas culturales del noreste.

En paralelo a los placenteros esfuerzos abonados al Centro de Arte Vitro y al Consejo Cultural de Nuevo León, trabajamos en formalizar el Capítulo Monterrey de la Academia Nacional de Arquitectura de la Sociedad de Arquitectos Mexicanos. El primer antecedente de la Academia Nacional de Arquitectura es la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos, fundada en la Ciudad de México en 1783. Doscientos años después, tras varias denominaciones diferentes a la original, bajo el liderazgo del arquitecto Mario Pani se funda, con 45 académicos, mediante acta constitutiva con fecha de 19 de mayo de 1983, la Academia Nacional de Arquitectura. Los objetivos definidos eran facilitar la comunicación e intercambios de experiencias profesionales, selección, registro, catálogo y premiación de las obras más relevantes de la arquitectura mexicana contemporánea; y la distinción pública de los arquitectos y promotores relacionados con la arquitectura por la calidad, importancia y trascendencia de su obra, designándolos académicos de número, eméritos y honorarios, según el caso.

Parte de los propósitos impulsados por Mario Pani para conmemorar los doscientos años de la Academia Nacional de Arquitectura fueron volver a activar la Academia en sí y fundar capítulos fuera de la capital, principalmente en Monterrey y Guadalajara. De los cuatro académicos designados para ejercer en nuestra ciudad – Manuel Rodríguez Vizcarra, Ricardo Guajardo, Rodolfo Barragán y Eduardo Padilla– el más cercano a Pani fue Eduardo y en él se apoyó para conformar el Capítulo Monterrey. A la vez, con gran alborozo, Eduardo me lo comentó solicitándome apoyo para reunir al menos diez expedientes de candidatos potenciales para la selección de seis de ellos por el Consejo de Eméritos para completar la dieta mínima para la constitución del Capítulo. El Consejo de Eméritos de la Academia seleccionó, el 27 de octubre de 1983, a Bulnes Valero Óscar, Camargo Hijar José Ángel, Cortés Melo Guillermo, Chapa Garza Roberto, Flores Salazar Armando y González Arquieta Andrés (en orden alfabético), como miembros fundadores.

El Capítulo Monterrey de la Academia Nacional de Arquitectura se fundó formalmente el 9 de diciembre de 1983 en el Salón Benito Juárez del Palacio de Gobierno del estado de Nuevo León ante la presencia del gobernador Alfonso Martínez Domínguez como testigo de honor, acompañado además por el presidente del Tribunal Superior de Justicia, el jefe de la Séptima Zona Militar, el presidente municipal de Monterrey, el presidente del Colegio de Arquitectos y el presidente de la Junta de Gobierno de la Academia Nacional de Arquitectura.

Ambos presidimos en sus inicios el Capítulo y por ello señalamos rutas a seguir y prioridades a atender. Participamos en sesiones académicas tanto en Monterrey como en México y Guadalajara, organizamos dos reuniones nacionales con sede en nuestra ciudad, una de ellas el Primer foro nacional de reflexión sobre los centros de las ciudades, con sus acuerdos asentados en la Carta Monterrey en noviembre de 1989; iniciamos un diálogo académico a nivel nacional, abierto a todo interesado, se incorporaron académicos regionales a nuestros días de sesiones académicas mensuales –también abiertas al público no especializado–; los dos proyectos han rebasado las centenas de reuniones.

Nuestro diálogo frecuente sobre cómo aprovechar los recursos profesionales de la Academia y del Colegio de Arquitectos a favor de la ciudad se intensificó de 1997 a 1999, periodo en que me tocó presidir el Capítulo Monterrey de la Academia. Ello nos llevó a prefigurar el proyecto en formato de cátedra como homenaje y reconocimiento a la visión arquitectónica del afamado arquitecto tapatío Luis Barragán. Con el proyecto de la cátedra quisimos también ampliar nuestra labor de profesores del ITESM en una dimensión más amplia rebasando las del aula. Por su estructura y costos fue presentado a las autoridades del ITESM, quienes la acogieron con notorio entusiasmo. Eduardo fue nombrado coordinador general de la misma y yo quedé ligado a ella como consejero representando a la UANL.

La Cátedra Luis Barragán fue presentada oficialmente en rueda de prensa por los rectores Rafael Rangel Sostmann y Ramón de la Peña Manrique los primeros días de enero de 2000; al dictarse en marzo del mismo año, operó a la vez como la sesión académica número 54 del Capítulo Monterrey de la ANA.

La Cátedra se diseñó desde su origen como un modelo ampliado de la labor promovida por la Academia Nacional de Arquitectura en Monterrey, por ello se incluyó la participación de un conferencista magistral con proyección internacional que atendiera tanto la cátedra académica –con proyección virtual a todos los campus de la institución– como talleres de mejoramiento arquitectónico y urbano dirigidos a estudiantes, profesores y funcionarios del ramo; también concursos entre estudiantes de diseño arquitectónico sobre temas reales de interés social comunitario y como particularidad un concurso interno de dibujo artístico con tema “Rincones del Tec”.

En la primera edición de la Cátedra se contó con la presencia de Ricardo Legorreta Vilches como conferencista magistral, dictó en el Auditorio Luis Elizondo con difusión simultánea vía Internet y en el área vestibular de la sede se montó la exposición fotográfica con obras del arquitecto Barragán proporcionadas por la Fundación de Arquitectura Tapatía, representada por el arquitecto Juan Palomar.

En esta primavera de 2016, a cuatro meses de la partida de Eduardo, se ha expuesto la décimo novena edición de la Cátedra Barragán –en el campus México– con el mismo entusiasmo con que se hizo la primera hace ya 17 años. El Capítulo en Monterrey de la Academia Nacional de Arquitectura sigue siendo ejemplo distinguido de eficiencia académica en pro de la cultura arquitectónica.

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En el periodo de casi cuatro décadas, corto o largo según se le vea, afianzamos una gran amistad personal y profesional aun sobre nuestras diferencias –muchas por cierto–, siempre supimos encontrar nuevas facetas a explorar para mantener el gozoso proyecto de promover la cultura norestense. Creo que en síntesis todos los proyectos que intervenimos coadyuvaron sustantivamente a llenar de voces la ciudad, a provocar el diálogo con los otros a nivel de pares y a mostrar con orgullo la cultura regional.

Poco antes de su partida nos vimos a media mañana en el antecomedor cocina de su casa museo El Cielo, cuya cromaticidad me es muy familiar pues fue tomada de mi producción de grabados serigráficos, también colgada en sus muros. Nos acompañaron sus asistentes, Norma, al tanto de sus medicamentos y dieta alimenticia, y Omar, al tanto de su aseo y rehabilitación física, ambos pendientes, muy quietos, casi ausentes, lo que me hizo sentir de nuevo que estábamos en una sesión de trabajo; así, recién atendido por sus asistentes, se presumía jovial, animoso y sonriente, propiciando en los demás la misma actitud.

Su deterioro físico sólo se percibía al intentar formular con mucho ánimo una respuesta sobre lo conversado, perderse al principio de ella luego de dos o tres palabras dichas, como si estuviera pensando las siguientes, y concluir el esfuerzo con la mueca de una sonrisa que se quedaba congelada. Al cabo de un tiempo prudente, para evitar su fatiga, me despedí ocultando mi tristeza con una sonrisa fingida y él me despidió, animoso, con su sonrisa congelada.

Me retiré pensando en cuándo nos volveríamos a ver. Ya conduciendo el automóvil, perdido en el anonimato urbano, pensando una vez más que el éxito de nuestra “sociedad” era el resultado de trabajar en equipo, como lo deben hacer los sociólogos: minimizando las diferencias, dejándolas de lado y trabajando sólo con las semejanzas, sobre todo, las que siempre nos han sido comunes. También, que este tipo de sociedades por sus frutos se replican en sus beneficiarios, no caducan ni se agotan, entonces pues, seguiremos en los proyectos iniciados por mucho tiempo más.

Agradezco profundamente a Juan Rodrigo Llaguno por facilitarme la imagen con que ilustramos este artículo.

ADENDA

A manera de despedida EPMN

RICARDO PADILLA SILVA

Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua.

Una pila de piedras deja de ser una pila de piedras en el momento en que un solo hombre la contempla, concibiendo por dentro, la imagen de una catedral.

Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escala se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía.

La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio.

Antoine De Saint Exupery

En representación de su querida ciudad de Monterrey, nos toca, como pequeño homenaje, mencionar algunas breves cosas sobre el arquitecto Eduardo Padilla (EPMN). Para abono de la memoria, sobre todo de los más jóvenes que nos leen: “Los jóvenes son los más importantes”, como solía decir él con frecuencia.

Existencia humana, parpadeo entre vida y muerte, río infinito e inaplazable. Unos antes, otros después, pero al final todos. Lo relevante es el legado o el patrimonio que cada ser humano nos deja en las manos y en el corazón, mientras pasamos por el curso de la vida. El reto es hacer de ello la base de una existencia personal y comunitaria más feliz, justa, bondadosa y más humana, de eso se trata el milagro y la alegría de estar hoy aquí. Lo expresamos aquí y ahora, porque así pensó y vivió toda su vida EPMN.

Aunque visto desde fuera, pareciera muy natural que una persona como yo escriba palabras póstumas a una persona como él, cuando tiene 89 años cumplidos de vida plena. En este caso es una excepción, porque nunca se prestó a ningún homenaje cabal o reconocimiento completo, porque nunca se detuvo a pensar que se iba. Porque nunca le cruzó la idea de que ya estaba cercana su hora. Porque siempre vivió como “inmortal”.

Vivir como inmortal: todo en él fue vitalidad juvenil y asombro infantil. Nunca tuvo respiro, ni complacencia, ni abandono, ni de sí mismo, de su entorno, ni de su comunidad o su ciudad. Pareciese, visto en perspectiva, que él no escogió la forma de vivir la vida, pareciese que la vida, con toda su fuerza y color, le escogió, le seleccionó para que fuese uno de sus representantes más arduos, vitalidad pura, gozo de vivir, celebración diaria, festejo instantáneo.

Así la senda de su vida, desde muy joven, la fue construyendo a base de su brújula personal con absoluta independencia, y con ladrillos de corazonadas e intuiciones. El corazón fue para él inicio y meta, razón y motivo. Cuántas cosas en su vida decidió en ello. Corrió riesgos, en muchos acertó, en otros no, porque ése era su destino.

Vivió como inmortal, prodigando goces y maravillas; si algo le gustaba era experimentar o producir emociones positivas en la gente que le rodeaba. Hasta en la gente que no le conocía a profundidad dejaba un sentir, una especie de pacto emocional, una complicidad en la alegría de vivir.

Siempre tuvo no sólo una sabiduría natural para ser inspirador, provocador y ganarle simpatía a la gente, sino que lograba tocar la senda de la vida de muchos. Mago seductor que en conversaciones e intercambios provocaba atmósferas de gran amistad y confidencia. ¡Cuántas personas desconocidas se acercan a decir con gratitud todavía “Él fue aliento e inspiración en muchos sentidos y de muchas formas”!

Asimismo, fue un hombre del siglo XX con visión del XXI. Enamorado de la velocidad; en autos, en aviones del diseño más moderno, del mundo de los objetos de diseño industrial y electrónicos de última generación. Nunca por interés en el lujo o el poder, sino por atestiguar y experimentar la maravilla de estar vivo en el mundo actual. Con el afán de conocer de primera mano, la punta de lanza, la vanguardia del conocimiento o la tecnología. Tocar la frontera del descubrimiento, la línea última de lo inventado o creado, así como amor a la cultura y a la naturaleza, en viajes, paisajes, historias, belleza. Tal cual el aviador de El Principito.

En el renglón económico fue singular, siempre dijo que el dinero y los bienes materiales eran para gozarlos o compartirlos, no para atesorarlos. Era su filosofía de vida, para bien y para mal, eso siempre le distinguió.

Supo cultivar como un sembrador la querencia y la amistad. Claro, fue uno de los pilares de la asociación civil Sembradores de Amistad. Dejó amigos en fábricas, en los campos, en la sierra de Nuevo León, en Guadalajara, en la Ciudad de México, en municipios rurales del noreste de México. Tenía el don, un don muy especial, para confiar y ser confiado con propios y extraños.

Aunque simultáneamente tenía una forma instantánea de reclamo y exigencia a quien le faltara el respeto a él, a sus seres queridos, a su ciudad o al medio ambiente. ¡Ay de quien osara levantarle la voz! En eso fue siempre valiente y atravesado, a veces, de más.

También fue avezado explorador y Boy scout de los mejores, no hemos conocido a nadie que viva tan presente y encarnado ese espíritu por toda su vida; esa actitud deportiva y aventurera, pero al mismo tiempo de estoica responsabilidad, lealtad y viril compañerismo que le acompañó por siempre. Motivo de asombro de sus familiares, también de risa y bromas con él.

La vida le iba regalando experiencias de ternura y belleza, y él se la devolvía a manos llenas. Recordamos vivamente que siempre repetía que habría de fijarse uno en el lado bello de la vida; que lo demás no era importante, que no debiésemos perder el tiempo en lo contrario. Pero al mismo tiempo fue un crítico despiadado de todo lo equivocado, injusto, descuidado y desaliñado; ya fuera de la ciudad, del espacio urbano o de la arquitectura. Fue, como nadie, enemigo acérrimo de la fealdad.

Fue tan creativo como inconforme e infatigable en todo momento de su vida. Un verdadero Quijote incómodo en su casa, en su barrio y en su trabajo. No bajaba la guardia ni dejaba la batalla día a día. Muchas batallas libró contra “molinos de viento”, y lo más increíble, en muchas, triunfó.

A la gente que frecuentó, le enseñó el lado emocional de la vida, mostró cómo la existencia tiene maravillosos arroyos y ríos caudalosos de emociones vivas que vale la pena experimentar, ríos de alegrías en los que vale la pena sumergirse y dejarse llevar por su corriente tumultuosa. Ésta es una alta enseñanza que habría que darnos el lujo de heredarla todos sus conciudadanos.

Muchas veces, los que le conocimos con proximidad dijimos a otros que su ánimo estaba hecho de corcho, que aunque le partieran las circunstancias difíciles de la vida en dos, o en tres fragmentos, flotaba a salvo su actitud, nunca le vimos hundirse, al contrario, siempre a flote, hacia arriba, con la alta estrella de existencia.

Algo más, algo difícil de poner en palabras: tenía un sentido de elegancia de los mínimos gestos, elegancia natural en la modernidad. Asimismo, de la repulsión a la fealdad, a lo recargado, a lo cursi, a lo afectado. Amante de la Belleza (con mayúscula), de la Belleza en la Verdad, acólito de la Verdad en su Belleza, siempre lo fue.

Supo entregarse a los demás de muchas formas, pero una muy importante fue a través de sus obras arquitectónicas. Lo sigue y lo seguirá haciendo discretamente, como le gustaba hacerlo. En este preciso momento en que escribo y se leen éstas líneas, hay seres humanos que viven en los edificios diseñados y construidos por él. Dentro de esos espacios hoy, la gente trabaja, pasea, medita, ora, disfruta. Y justamente esos habitantes permanentes, casuales o eventuales van encontrando como un descubrimiento o tesoro personal y de cierta forma no explícita: la armonía, el sentido humano, la belleza, el escenario positivo de su vida. Como él decía, la arquitectura como un servicio humano integral.

Pensemos en cada obrero, técnico o profesional que en este momento está ocupando o viviendo en alguno de sus múltiples edificios, pensemos en sus fábricas, oficinas, en sus muy queridos “espacios de trabajo”. Recordemos en los templos y en las casas, en las calles peatonales, en las banquetas amplias y arboladas, en las plazas – en general– donde él participó también, recordemos en el espacio conceptual y germinal de la Macroplaza –en particular– que le tocó plantear por primera vez a don Eduardo Elizondo, siendo gobernador en turno; en sus parques y árboles plantados. Intentemos hacer un recuento de la cantidad de personas que en el ayer, el hoy y el mañana gozan, se inspiran, se reponen, se reconstruyen cuando habitan o visitan los espacios y edificios donde participó.

Con un dejo de humildad, jamás aceptó el elogio grandilocuente o la publicación fastuosa. Con frecuencia algunas personas nos preguntan por qué nunca se publicó algún libro de su obra, le parecía todo ello una feria de vanidades. En ello mantuvo un espíritu franciscano y al mismo tiempo una forma de vida en la elegancia de la discreción, cada vez más desconocida para el mundo de hoy. Abonando en el mismo sentido decía: “Fui en la vida un suertudo”, así nos lo repitió, con humildad, cientos de veces.

En la última etapa de su vida, pareciera que su sueño fue: “Morir joven, a una edad muy avanzada”, como un verdadero inmortal. Probablemente ¡lo logró! Con enorme respeto, pienso que le debemos una palabra: felicidades. Esperamos ahora estar, en su ausencia, a la altura de las circunstancias.

 

 

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: armando.flores@uanl.mx