La desalmada

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EDUARDO ESTRADA LOYO*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 78, MARZO-ABRIL 2016

Cuando llegó al laboratorio y la miró de espalda, jamás se imaginó que aquella mujer llegaría a ser dueña de sus sueños.

“Se solicita asistente de investigación, informes en la Coordinación de Investigación, Centro de Desarrollo Tecnológico y de Estudios Avanzados”, rezaba el anuncio, en el que solicitaba una asistente para que le ayudara a monitorear sus experimentos genéticos, pegado en la puerta principal del Centro de Desarrollo Tecnológico y de Estudios Avanzados (CDTEA), lugar donde él trabajaba como investigador en jefe del área de biotecnología, requiriendo de un ayudante, dio resultado. Cuando su secretaria le informó que la doctora Elvia Romano Garza lo esperaba para solicitar el puesto acudió presuroso para atenderla. En realidad, no esperaba mucho de esa entrevista porque pensaba que contratar a la primera persona que se le presentara no era una actitud muy “científica” que digamos.

Elvia observaba el equipo mientras con una mano ajustaba su escotada blusa. Volteó la cabeza intempestivamente en un movimiento de pájaro y miró fijamente al doctor, quien sintió que lo desnudaba con la mirada.

No era una sensación erótica sino de evidencia íntima la que Gonzalo percibió, aunque no podía negar que sus hormonas se alborotaron poniendo en guardia al macho primigenio que habita en cualquier hombre. Era una lucha repentina que se desató entre sus dos naturalezas; la humana y la animal.

—Buenos días, cómo está, ojalá no lleve mucho tiempo esperando–, le dijo queriendo romper el hielo.

—¡Hola, doctor Moreno! cómo está. No llevo mucho–. Elvia sonría al decir estas palabras, pero antes de terminar la frase su boca se cerró de forma repentina y la expresión de su rostro se endureció de tal forma que parecía fulminarlo con la mirada. Algo había en esa mujer que lo atraía al mismo tiempo que le hacía sonar las alarmas sin alcanzar a comprender qué, sumiéndolo en una confusión instantánea.

—Me dice mi secretaria que está interesada en cubrir el puesto de asistente, siéntese, por favor.

Elvia se sentó en la silla que quedaba frente al escritorio, mientras Gonzalo ocupaba su sitio. Ella volvió a ajustar su escote y Gonzalo volvió a sentir el llamado de la selva, pero en este caso su sensación iba acompañada de un sentimiento de culpa por haber visto fugazmente los senos de la mujer, la cual, en una mirada pudorosa, le hizo saber que se había dado cuenta de ello.

El cuerpo de Elvia era de complexión regular, su piel de un color blanco deslumbrante y su cabeza, equilibrada y armónica, contrastaba con una nariz recta la cual parecía haber sido tallada a mano, al igual que su cuello, por lo que su perfil refozaba esta impresión. El rostro transmitía cierta frialdad y una vez afectado por alguna emoción, ésta se expresaba de manera abrupta. Por otro lado, su persona proyectaba una fuerte atracción de tal forma que uno desearía no desprenderse, ni un instante, de su presencia. Su profunda mirada, a la vez que calculadora, fulguraba en unos ojos azul cielo que transmitían, al mismo tiempo, una sensación de vacuidad e indiferencia.

Una vez contratada, Elvia empezó a trabajar de manera eficiente. La tarea que le asignaron consistía en monitorear cultivos bacterianos con el fin de identificar microorganismos como vectores de ADN en el proceso de clonación molecular.

A pesar de que las puertas del laboratorio abrían desde las nueve de la mañana, ella llegaba a las siete. Sin distraerse en terminar de arreglarse, algo que usualmente hacen las mujeres, entraba directamente al área de cultivos. Con rapidez manipulaba agares, preparaba muestras y ordenaba el área. Su cuerpo que poco a poco tomaba molde, pero de curvas bien pronunciadas agitaba probetas, manipulaba matraces y encendía centrifugas. Realizaba estas acciones con una eficiencia que daba la impresión de que sus movimientos eran ideados para el máximo rendimiento en el espacio y el tiempo.

El proyecto de investigación del doctor Gonzalo Moreno Treviño era parte de otro mayor de una red virtual de investigadores con sedes en diversas partes del mundo, quienes, a través de procesos relacionados con la bioingeniería, investigaban posibles vectores como mensajeros de cromosomas para ser insertados en moléculas ajenas al organismo donador con el fin de agregarles características que no tienen. Supuestamente, el fin último de estos experimentos era lograr organismos mutantes con propiedades terapéuticas y comerciales. Aunque el verdadero objetivo, no manifestado abiertamente, era crear seres humanos con características fuera de serie.

Cierta mañana, mientras preparaban los cultivos bacterianos y Elvia levantaba registros de las muestras del día anterior, Gonzalo tomó conciencia de la enorme atracción que sentía por ella. No era sólo el llamado de la selva, era algo más profundo y con un enorme suspiro se dio cuenta de que estaba enamorado. A pesar de que Gonzalo era casado y tenía una familia formada por dos hijos adolescentes y su esposa Mayra, con la que llevaba casado veintitrés años, durante ese tiempo tuvo alguna que otra aventura extramarital, todo pasajero, nada que hubiera puesto en riesgo su sensación de estar “felizmente casado”. Sin embargo, él sentía que con el tiempo la relación con su esposa se había anquilosado dado que había perdido la frescura de otros tiempos y el amor se había transformado en costumbre. No había sido culpa de ella o de él, sólo que, pensaba Gonzalo, se habían casado muy jóvenes.

Profundamente enamorado de Elvia, ése era su sentir y se sorprendió al darse cuenta de que día y noche sólo pensaba en ella. Prevalecían su imagen y su voz en su memoria. Se sentía en una nube cargada de deseos y anhelos recónditos que le arrancaban profundos suspiros mientras el gris de sus días de antaño se fue transformado en rosa. Pero ella no se dio por aludida a pesar de que Gonzalo, contra su costumbre, le sonreía cada vez que la veía o hablaba con ella. Una mañana la quiso sorprender con un regalo.

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Con un optimismo infundado, esa mañana llegó al laboratorio muy temprano y con una cajita de chocolates finos. Elvia no había llegado. Se distrajo ordenado un poco el área del laboratorio mientras la esperaba. Cuando ella hizo su aparición, el corazón de Gonzalo comenzó a latir tan fuerte que casi se le salía del pecho y se puso nervioso. Elvia lo saludó fríamente dirigiéndose a donde se encontraba el espectrofotómetro de medición de color y rápidamente comenzó a calibrarlo. Gonzalo se quedó boquiabierto, contemplando la eficiencia con que Elvia ejecutaba los trabajos al mismo tiempo que su rostro se mostraba inexpresivo e impávido, dando la apariencia de una gran concentración en la tarea ejecutada. Para él, en ese momento, Elvia se transfiguraba en la mujer perfecta, cuya profunda inteligencia, acrecentada por su belleza, serían los atributos que gozaría quien la pudiera obtener como mujer, el afortunado que se casaría con ella. Entonces su fantasía de amor se desbordaba y se imaginaba casado con ella viviendo un eterno idilio de entrega y pasión.

Pero había algo en Elvia. Algo fuera de todo el primor que proyecta el alma de todo enamorado en su objeto deseado, haciéndole ver ángeles donde quizá habría demonios y escuchando campanitas celestiales, algo que no encajaba en el todo de su persona.

Era su frialdad, la cual se manifestaba en un trato totalmente distante. Usando las palabras correctas y con una economía en el habla que, sin embargo, no dejaba de ser elocuente y precisa. Lo mismo en cuanto a su expresión corporal puesto que sus movimientos denotaban cierta rigidez cuya causa Gonzalo no lograba discernir pero que, a su parecer, le restaba armonía a un cuerpo tan bien proporcionado como el de Elvia.

La frialdad de Elvia también se daba al momento de tratar a sus semejantes: siempre hablando de usted marcaba su distancia, aunque mirando a su interlocutor fijamente a los ojos al mismo tiempo que reducía sus contactos con el otro a lo más indispensable.

Seis meses después del arribo de Elvia al laboratorio, Gonzalo recibió un correo electrónico en el que la Red Mexicana de Investigadores en Inteligencia Artificial y Robótica le informaba sobre el proyecto Human. “El proyecto Human es un esfuerzo científico, interdisciplinario, conformado por ingenieros, programadores, diseñadores, ergonomistas, biólogos, psicólogos, soció- logos y artistas plásticos empeñados en demostrar los posibles efectos positivos derivados de la interacción de las máquinas inteligentes con el ser humano”. El correo, firmado por el doctor Joel Strada Loyola también le informaba a Gonzalo que su institución había sido designada para la realización de un experimento científico creado exprofeso para comprobar dicha hipótesis. Para finalizar, el doctor Strada le informaba a Gonzalo que pronto recibiría la visita de un comité evaluador para saber de los resultados.

¿Evaluar los resultados? ¿Cuáles resultados? Si desde su punto de vista el experimento no había iniciado. ¿No estaría equivocado el correo del doctor Strada? Quizá la visita era para evaluar la manera en que su institución, el CDTEA, pudiera también participar en dicho experimento, pensó.

Tres semanas antes de la visita del comité evaluador Gonzalo notó que la conducta de Elvia había cambiado: ya no llegaba una hora antes a su trabajo y la otrora eficiencia con que se desempeñó desde un principio se trocó en retrasos de llegada y en equipos del laboratorio desconfigurados o de plano descompuestos. Más aún, su cuerpo empezó a despedir un tenue aroma a resequedad, y sus movimientos se tornaron un tanto lentos. Gonzalo se preocupó al ver cómo se deterioraban sus facultades físicas y mentales y un día, armándose de valor, dado que ella se había propuesto en levantar una barrera psicológica entre ambos, lo cual había producido en Gonzalo tremendos sinsabores y por tal motivo él había dejado de dirigirle la palabra, salvo para lo más indispensable, le preguntó que si estaba enferma.

Elvia no le contestó. Se le quedó viendo fijamente a los ojos y pasó a darle un informe pormenorizado de sus actividades de ese día. Era un reporte en el que no faltaron ni puntos ni comas con una información muy precisa de los algoritmos que creó para reprogramar la centrifugadora y de las variables independientes que aún no habían sido identificadas por los programas utilizados en los protocolos de la investigación.

Por fin llegó el día en que los investigadores de la Red Mexicana de Investigadores hicieron su presencia en el CDTEA. Gonzalo los recibió con una mezcla de curiosidad y de ansiedad generada por la incertidumbre. Los hizo pasar a la sala de usos múltiples y ahí, en una ancha mesa de grandes proporciones, el doctor Strada realizó las presentaciones de rigor. Al doctor Strada lo acompañaban el doctor Andreas Reich, especialista en semántica y psicolinguistica, el físico nuclear Rodolfo Pérez Bilbao, cuya especialidad era la mecánica psicotrónica y el biólogo mexicano Augusto Raffles Lozano, especialista en bioinformática e inteligencia artificial.

Como le adelanté en mi correo, doctor Moreno, mi institución, a través de un convenio firmado por la Universidad de Turín y de la Universidad Autónoma del Noreste de México, me han designado, junto con mis colegas investigadores, para realizar un experimento científico que servirá para sentar las bases de la futura humanidad, con el cual seremos testigos del nacimiento de una nueva especie humana creada a través de la biotecnología y la robótica. Para ello hemos diseñado y creado en nuestros laboratorios de robótica avanzada un prototipo humanoide que servirá para demostrarnos si será posible esta revolución tan esperada. Gonzalo Moreno se quedó pensativo y mirando a todos los presentes en la sala les preguntó: ¿Y bien, en qué les podemos servir? Lo que queremos, primeramente, contestó el doctor Strada, es que nos haga el favor de llamar a la doctora Elvia Romano Garza y así poderle dar, de una manera más explícita, la respuesta que solicita.

Gonzalo miró su reloj para distraer su confusión y sin preguntar más cogió la extensión telefónica que ahí había y le solicitó a la doctora Romano su presencia en la sala.

Al llegar Elvia saludó a todos de una manera general y a diferencia de Gonzalo, que los había saludado de mano cuando llegaron, ella no lo hizo.

Fue entonces cuando el doctor Strada se levantó de su asiento y sin mediar palabra se arrojó intempestivamente sobre Elvia, la abrazó por la espalda rodeándole la cintura con ambas manos, y con sus dedos índices se la oprimió fuertemente. A Elvia, con su cara de esfinge, se le desplomó el torso y se le cayeron los brazos, los cuales se quedaron moviendo en forma de péndulo. Doctor Gonzalo Moreno Treviño, dijo el doctor Strada, le presento a nuestro prototipo robótico, al mismo tiempo que le participo que el experimento sobre los efectos en el ser humano de su interacción con máquinas inteligentes ha concluido. Ahora tenemos cientos de terabites de información que vamos a procesar durante los siguientes meses para medir dichas consecuencias.

Muchas gracias, doctor Moreno, a usted y a su institución por tan valiosa colaboración y tengan la seguridad de que tan pronto tengamos las respuestas se las haremos llegar.

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* Universidad autónoma de Nuevo León.

Contacto: estradaloyo@gmail.com