Tres edificios en el altiplano de la Gran Plaza

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ARMANDO V. FLORES SALAZAR*

CIENCIA UANL / AÑO 19, No. 78, MARZO-ABRIL 2016

La celebrada “Unión y Progreso” animada por la política porfirista en el parteaguas de los siglos XIX y XX concluyó con el estallido de la Revolución Antireeleccionista alentada por Francisco I. Madero. La inestabilidad social que provocó se vio continuada con la Revolución Constitucionalista de Venustiano Carranza y la inercia amplió sus efectos durante la tercera década del siglo XX con otras revoluciones calificadas como de menor alcance –de la Huerta, Gómez, Serrano y Escobar–, ya bajo los gobiernos federales de los generales sonorenses Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

En Nuevo León, pese a su limitada actividad revolucionaria, la inestabilidad política quedó evidenciada en la inusual cantidad de autoridades gubernamentales de corta duración en sus mandatos, pues tan sólo en los años veinte operaron casi 30 gobernadores en sus distintas denominaciones de constitucionales, interinos, provisionales y en funciones. Otro tanto se puede decir de los alcaldes municipales, que por lo general operaban políticamente en duplas o mancuernas con los gobernadores.

En dicho periodo la economía regional padeció las mismas dificultades que la economía nacional, afectados los mercados internos por la inestabilidad antes aludida, al igual que el mercado externo por los efectos y consecuencias que arrastró la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, promulgada la Constitución Federal de 1917, la propia del estado con la nueva orientación sociopolítica y las características distintivas del empresariado regiomontano reconocido ampliamente como tenaz, laborioso y ordenado, sirvió para dar comienzo a la recuperación del desarrollo económico temporalmente interrumpido.

El primer gobierno estable y que rompe con el esquema de inseguridad fue el encabezado por el licenciado Aarón Sáenz Garza, quien ejerció completo el periodo constitucional de 1927-1931, para el que fue electo y el intento de continuar éste con el subsecuente de Francisco A. Cárdenas Garza, que debiendo concluir en octubre de 1935, fue interrumpido en diciembre de 1933 por desavenencias políticas con el general Lázaro Cárdenas, como candidato ya electo a la presidencia de la república.

A partir de tan apreciada estabilidad el paisaje urbano entra en un notorio cambio de desarrollo y progreso hacia la modernidad. Las angostas calles del centro de la ciudad comienzan a ser ampliadas para comodidad de los automovilistas, como fue el caso de las avenidas José María Morelos, Ignacio Zaragoza y Centroamérica –hoy Venustiano Carranza–, mientras otras de ellas se mejoraron pavimentándose con la nueva tecnología del concreto. Nuevos objetos arquitectónicos documentan también este periodo: las escuelas monumentales, ocupando la manzana entera, inician su notoria presencia con primicias como la “Fernández de Lizardi”, la “Garza Ayala” y la “de la Revolución”, así también animan el fenómeno la Normal de Profesores “Miguel F. Martínez”, la Escuela Industrial “Álvaro Obregón”, el edificio del Palacio Federal para concentrar en él sus oficinas dispersas en mercados y reclusorios, el Hospital Civil “José Eleuterio González” y la Universidad de Nuevo León con sede en el ampliado edificio del “Colegio Civil”, todas impulsadas por los gobiernos federal, estatal y municipal.

Como reacción entusiasta al espíritu del tiempo, la iniciativa privada respondió aparejando el esfuerzo y por su cuenta estableció en el paisaje urbano el Hospital “José A. Muguerza”, los “Apartamentos Regina”, el edificio de los seguros “La Nacional”, la Fábrica de Focos, el Mercado del Norte y sobreviviendo en el museo de la Gran Plaza, el Hotel Monterrey, el Círculo Mercantil Mutualista y, levantado poco tiempo después, como edificio propio para oficinas y departamentos administrativos de la Fundidora Monterrey, el Condominio Acero. De estos últimos tres edificios mencionados, por su valor documental y relevante posición como parte del Museo de Arquitectura de la Gran Plaza, ampliamos las particularidades que los distinguen.

El Hotel Monterrey

Jesús M. Montemayor (1884-1963), como algunos otros originarios de Zuazua, Nuevo León, dejó su pueblo natal antes de terminar los estudios primarios para trasladarse a Monterrey en busca de mejores oportunidades. Se inició como ayudante en un negocio de curtiduría en el barrio Matehualita de la colonia Sarabia para concluir sus estudios primarios y asistir a una academia comercial. Sus conocimientos y habilidades comerciales en el ramo de la peletería lo colocaron como un destacado empresario. Su incursión en el Ayuntamiento de Monterrey como regidor en 1910 y como síndico en 1911 marcó su consolidación como comerciante y empresario en la localidad. Como colofón de lo anterior presidió la Cámara de Comercio en 1926.

Cuando el gobierno del licenciado Aarón Sáenz programó la ampliación de las calles de Morelos en 1929 y de Zaragoza en 1930, se nombró al señor Montemayor a presidir el comité para llevar a buen fin tales proyectos.

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Siendo él, el propietario del predio en la esquina sur poniente de ambas calles, lo conminó a predicar con el ejemplo. Por mucho tiempo operó ahí la tienda departamental “El Puerto de Veracruz” y teniendo en frente el edificio del Banco Mercantil con oficinas en renta, el arquitecto Eduardo Belden le diseñó un edificio de cinco pisos y una torre mirador, hexagonal, con dos más, para arrendar a comerciantes en planta baja y despachos de oficina en los pisos superiores.

La obra se inició en 1931 contratada con la empresa Fomento y Urbanización S. A. (FyUSA). Por testimonio del ingeniero Luis Montemayor –su nieto–, (1) sabemos que estando la construcción en proceso y por recomendaciones del licenciado Aarón Sáenz se comenzó su adecuación –a partir del tercer piso– para uso de hotel.

El edificio de estructura metálica, formas austeras y coronado con reminiscencias historicistas, entró en funciones como “Hotel Monterrey” en 1936. A partir de 1959 se cerró al público para adecuarlo a las necesidades funcionales del tiempo, volviendo de nuevo a su uso común de hotel en 1966. Nuevamente en 1972, el edificio fue intervenido para ampliar al doble su capacidad de hospedaje, adicionándole cuatro pisos más y alcanzando una capacidad de 191 habitaciones. En dicha ampliación, aunque respetando en términos generales la personalidad o estilo original del edificio, se alteraron y eliminaron unidades, elementos y sistemas, alterando su valor documental. Un ejemplo notorio de ello fueron la eliminación de la torre mirador como el remate o coronamiento de los elementos verticales que lo particularizaban, así como el aparejo isódomo de la sillería simulada de los primeros cuatro pisos, que desaparece en los siguientes cuatro, poco perceptible a simple vista por la igualdad del color y tono en los recubrimientos.

Como resultado, después de variadas intervenciones a la obra original, se nos presenta un poliedro irregular compuesto con un primer nivel coronado por marquesina corrida y sobre éste un prisma cuadrangular compuesto de ocho niveles acusados horizontalmente por los vanos de las ventanas. Los elementos verticales de apariencia pétrea suplantan la estructura metálica oculta por requerimientos de estilo. Las dos caras o fachadas a la calle, separadas y unidas por el ochavo, fortalecen la tendencia modernista de su apariencia y a la vez contrastan drásticamente con el descuido de las caras perpendiculares o de ubicación interior. Le sobreviven en sus fachadas callejeras, en los extremos verticales y a la altura del cuarto piso de habitaciones, como reminiscencia de su pasado, dos líneas verticalizadas de azulejos a manera de pinjantes. El edificio documenta técnicas constructivas avanzadas, notoria sumisión a las normas estilísticas o de la moda en turno y, a nuestros días, testimonia usos y costumbres de la sociedad a través del tiempo.

El Círculo Mercantil Mutualista

La mutualidad o mutualismo como asociación de personas que velan por los intereses de sí mismos como grupo surge a mediados del siglo XVIII en Inglaterra, pasa por la dinámica cultural a Francia y por la misma ruta llega a México a mediados del siglo XIX.

El desarrollo del comercio a finales del siglo XIX en Monterrey, la formación de gremios especializados y la fundación de organismos y clubes para las relaciones sociales de los agremiados conllevan a empleados del comercio de la ciudad a fundar en 1901 un círculo mercantil de mutuos o mutualistas.

La ceremonia de fundación del Círculo Mercantil de Monterrey, A. C., con 46 socios, se llevó a cabo el 1 de junio de 1901 en el Teatro Juárez, resultando su primer presidente el señor Manuel E. Gómez, prominente minero e interventor bancario. Las reuniones gremiales se llevaron a cabo en domicilios itinerantes hasta le presidencia de don Fernando Zambrano (1907-1911) en que se establecen en su primer domicilio propio en la calle de Matamoros 311 Oriente. La casona, o Casa del Mutualismo, fue habilitada con alberca techada, gimnasio de atletismo, pista de carreras, salón de billar y boliche, sala de juntas, biblioteca y una terraza para fiestas y convivencias sociales. Con este logro quedó afianzado el principio de “mente sana en cuerpo sano” como base del perfil social de los mutualistas regiomontanos, adoptando como lema: “Fraternidad, Unión y Adelanto”, y como valores: orientar a la juventud, proteger el hogar y servir a la patria.

Tomaron como símbolo de su mutualidad a la cruz de los legendarios Caballeros de Malta, (2) por la dirección centrípeta de las fuerzas implícitas en su grafía, visualizando en ella la semejanza de las bases y el principio rector de su proyecto social en ciernes. Un factor coadyuvante de la elección de la Cruz de Malta –cuatro triángulos en forma de uves unidos en sus vértices– como imagen corporativa fue tanto por haber sido fundada por comerciantes la Orden de San Juan de Jerusalén como por su uso ordinario entre los Caballeros de Colón y en las sociedades masónicas de la entidad.

Con las relaciones comerciales y políticas de sus directivos y agremiados fue posible la adquisición de gran parte del predio baldío y nacionalizado del exconvento de los frailes franciscanos y posteriormente, en 1931, dar inicio a la construcción de un ambicioso edificio, diseñado dentro de los lineamientos del estilo colonial californiano, mismo que se le encargó a la empresa FyUSA, y llevado a cabo bajo la supervisión de Juan Garza Lafón.

La ceremonia inaugural del espléndido edificio se llevó a cabo en septiembre de 1933 y estuvo a cargo de don Manuel L. Barragán, su vicepresidente, cubriendo la ausencia del presidente don Rodrigo Gómez. De 1937 a 1966 operó en el edificio la próspera Compañía de Seguros del Círculo Mercantil Mutualista, S. A., periodo en el que el edificio alcanza su plenitud formal, funcional, estética y su más alta proyección social.

La ampliación de la calle Ocampo en 1969 le hizo perder gran parte de su predio y cuerpo construido, terrazas, jardines y toda su fachada original al norte, sustituida por una barda con vanos tapiados y un portón de servicio. Con la construcción en 1990 del Edificio Kalos, su vecino inmediato al sur, al tomar éste posesión de la calle Guillermo Prieto como parte de sí, emparedó sus fachadas sur y poniente.

La sistemática reducción del proyecto original ha seguido pues la carencia de estacionamiento propio conllevó a la directiva en 2006 a construir sobre el área de albercas, patios y jardines a cielo abierto, las rampas vehiculares y tres niveles de estacionamiento sobre pilotes –segundo, tercer piso y azotea–, techando lo que quedó de patio y perdiendo el último reducto del conjunto con ventilación e iluminación a cielo abierto.

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Al igual que las escuelas monumentales de la ciudad, recién construidas, el edificio del Círculo Mercantil Mutualista ocupó toda la manzana, ésta circundada por las calles de Zaragoza, Ocampo y Guillermo Prieto. Organizados por los lineamientos del estilo colonial californiano, el conjunto de formas autónomas y agrupadas permiten apreciar las distintas funciones de salones, gimnasios, oficinas, canchas, patios y jardines congregados alrededor de un gran vestíbulo octogonal que además de integrar el acceso principal, permite la circulación fluida a todos los departamentos a él integrados.

Dan fascinación el vestíbulo por su generosidad espacial, la alta calidad de sus materiales de construcción, la amplitud planimétrica y volumétrica de sus gimnasios y salones de reunión social, la funcionalidad de baños y vestidores diferenciados en género y edades y la generosa área de albercas para los deportes acuáticos. Determinados por las reglas del estilo congregante desfilan en armonía formas, colores, materiales, técnicas constructivas, recubrimientos, herrería, carpintería y mobiliario. La Cruz de Malta como imagen institucional salta a la vista en distintos formatos y técnicas de presentación. Y también asombra la modernidad tecnológica del concreto armado y los grandes claros salvados por las estructuras metálicas, como la modernidad oculta tras el disfraz de lo artesanal, siempre sumisa a la fidelidad estilística.

El edificio registra en sí mismo los aciertos y desaciertos en él practicados por sus usuarios a través del tiempo en ampliaciones, agregados, alteraciones, amputaciones, modificaciones funcionales, mantenimientos deficientes, incumplimientos administrativos y junto a ello, conviviendo en armonía, todo lo que le da valor como objeto documental del devenir de sus diferentes usuarios en el tiempo.

El Condominio Acero Monterrey

En diciembre de 1955 quedó aprobada por el Congreso del Estado de Nuevo León la Ley de Régimen de Propiedad en Condominio, misma que tuvo por objeto regular el régimen de propiedad en condominio en sus formas: vertical, horizontal y mixta. Con ella apareció el término “condómino” para designar a la persona física o moral como propietaria de una o más porciones de un consorcio con derecho de uso tanto privado de la unidad asignada como la copropiedad de bienes de uso común. Con este recurso se coadyuvó a la verticalización del paisaje urbano y a la nomenclatura de condominio para los edificios bajo ese régimen. Uno de los primeros productos de esta modalidad es el Condominio Acero Monterrey.

El inicio del proyecto del edificio surge como idea general comentada por don Manuel L. Barragán, quien como consejero y funcionario de la Fundidora Monterrey propuso en diferentes foros la conveniencia de levantar en la ciudad un edificio alto, construido con materiales modernos como el concreto, acero y vidrio por ser distintivos de la ciudad industrial.

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El proyecto y la ubicación fueron desarrollados por el arquitecto Ramón Lamadrid con las asesorías del arquitecto Eduardo Belden, director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Nuevo León, y del despacho del arquitecto capitalino Mario Pani, propuesto para su edificación al Banco Popular de Edificaciones y Ahorros, S. A., filial de la Fundidora Monterrey.

Ya resueltos los distintos requerimientos del proceso creativo y ejecutivo fue asentado en un predio de media manzana frente a la Plaza Zaragoza, entre las calles de Hidalgo y Ocampo, se dio inicio a su construcción en mayo de 1957 y fue concluido en noviembre de 1959. El edificio con 22 pisos y 87 metros de altura se constituye con dos sótanos de estacionamiento, tres niveles comerciales, un club social con mirador urbano, 16 pisos para alojar 300 oficinas y un pent-house con mirador panorámico como remate superior. En la ceremonia de inauguración don Manuel L. Barragán, como director general del Banco Popular –su promotor– expresó, entre otras ideas: «Esta obra materializa en hierro, vidrio, acero y cemento el espíritu rector del esfuerzo y el carácter regiomontano».

El Condominio Acero Monterrey puede ser considerado un objeto escultórico a partir del cuidado que se le prestó al ornato o apariencia superficial de todas sus caras a la vista. Se asentó en el lugar tomando en cuenta a sus vecinos más inmediatos como el antiguo Palacio Municipal y el Círculo Mercantil Mutualista pues su primer cuerpo, si bien es diferenciado en materiales de construcción y técnicas constructivas, armoniza con ellos en altura y masividad, así como en el franco acceso en sus tres lados que invita a ser visitado. Se puede observar desde diferentes ángulos al igual que las esculturas vecinas: el Miguel Hidalgo en la Plaza Hidalgo, la ecuestre del general Ignacio Zaragoza, el Faro del Comercio o las Musas de las Cuatro Estaciones en el quiosco dialogando entre sí y enriqueciendo el conjunto espacial. La unidad temática y compositiva es la misma: dos cuerpos claramente diferenciados, uno masivo, pesado y horizontal en función de base, y el otro, etéreo, ligero y verticalizado en función de figura, aunque opuestos entre sí son también complementarios.

En el Condominio Acero sorprende del cuerpo inicial el primer nivel acristalado que soporta los dos niveles superiores cerrados, volados en cantiléver para realzar su masividad –dando techo al peatón– y revestidos con lámina de aluminio troquelada para aumentar visualmente su pesadez. Del cuerpo que le prosigue sorprende la esbeltez y verticalidad del prisma, el acristalado de sus muros cortina y el ritmo alterno en forma y color organizados modularmente por la urdimbre de los perfiles de aluminio. A pesar de las alteraciones funcionales y de ornato en detrimento del proyecto original, su valor cultural inalterable –en conjunto con otros más– se debe al cierre y culminación del ciclo de esfuerzos para instalar la modernidad arquitectónica en la ciudad de Monterrey.

A manera de conclusión Los tres edificios documentan el tiempo de la ciudad como proyecto humano y forman parte destacada de la marcha y logros en la modernización urbana impulsada desde el fenómeno de la industrialización, realzan la aportación de la iniciativa privada como coadyuvante en la construcción del desarrollo urbano y dibujan “el espíritu rector del esfuerzo y el carácter regiomontano” como bien lo dijera el cronista de la ciudad.

Y hoy por hoy forman parte del museo de arquitectura y escultura de la Gran Plaza para orgullo y satisfacción de los regiomontanos.

 

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: armando.flores@uanl.mx

Referencias

1. Periódico El Norte, sección Sociales, página 1, 30 de abril de 1987.

2. La Cruz de Malta se conoce también como la cruz de ocho puntas u octágona –por las ocho puntas en referencia a las bienaventuranzas– y se usa desde el siglo XII como insignia de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Su nombre de Cruz de Malta es a partir del siglo XVI cuando Carlos V dio en propiedad la isla – del archipiélago maltés en el Mediterráneo al sur de Italia– a la Orden. Fue fundada en Jerusalén en el siglo XI por comerciantes de Amalfi –región de Campania en Italia– con propósitos iniciales de ayuda hospitalaria a los soldados de las cruzadas. La cruz de Malta es también utilizada en la escritura funeraria para registrar el final de de la existencia del sujeto aludido.

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ADENDA

Paseo de memorias

DAVID ALEJANDRO PICÓN PEDRAZA

Soy joven, me considero regiomontano al cien por ciento y creía conocer mi ciudad. Colaborar en este proyecto –del Museo de Arquitectura y Escultura en la Gran Plaza– y adentrarme en una parte importante y estratégica del lugar en donde vivo me hizo saber que realmente no conozco por completo la misma ciudad en donde orgullosamente digo vivir, al menos no al punto de hondar en su historia, en el origen que hay dentro de los muros, de los grabados, espacios y conjuntos que conforman varios elementos, ya sea arquitectónicos, urbanísticos o de carácter espacial.

Desde antes, durante y hasta el día de hoy en mi carrera como arquitecto siempre fue de mi total agrado e interés fotografiar los lugares por los que transito. Caminar y andar entre los edificios, capturarlos por medio de una lente y buscar el encuadre o el lado perfecto para la imagen me hizo darme cuenta de sus detalles en cada punto, de los relieves y distintos materiales con los que cada uno está construido, de la armonía que directa o indirectamente crean con sus alrededores y de cómo a pesar de las diferencias de épocas entre muchos de los edificios han llegado a formar un paisaje urbano impresionante, donde voltees a ver y realmente te pongas a observar llegas a darte cuenta de lo que existe a tu alrededor, de toda esa riqueza histórica que se ha ido plantando, que alguna vez fueron tierras sin conquistar y poco a poco el hombre fue construyendo lo que ahora conocemos como nuestro hogar. Plasmar en la fotografía todo lo que se puede apreciar en persona tal vez pueda llegar a ser muy difícil, pero el tratar de llegar a ese resultado fue muy divertido y enriquecedor para mí.

Lo que me gusta descubrir en los lugares que visito es cómo se percibe diferente al estar cerca que al alejarse, las texturas se notan diferentes y los volúmenes en sí, al aproximarse al cuerpo muestran todos los detalles a fondo, es sentir la piel del edificio, como si se trataran de los vellos que brotan de la epidermis humana, aprecias la raíz de donde surge todo, el color, la sensación y hasta la temperatura que al pasar de las horas va generando en su cuerpo. En cambio, al ver un volumen de lejos se puede apreciar todo lo que lo conforma de los pies a la cabeza, desde la vestimenta del edificio hasta la creación de un estilo. Es ver la imponencia del campanario de la Catedral de Monterrey con todos esos adornos en cada rincón y la combinación del color crema con el café y si giramos un poco la vista a la derecha podemos apreciar el contraste que se genera con el Museo de Arte Contemporáneo (Marco), con el color naranja en sus muros robustos y rectos y ese juego de columnas moradas en el acceso principal, dándole una armonía con la gran escultura de Juan Soriano que te brinda la bienvenida al llegar al recinto. Asimismo, pasa con el edificio del antiguo Palacio Municipal y el Condominio Acero, los cuales respetaron las alturas de su vecino con años de historia y en conjunto forman un orden espacial que no podemos apreciar si no le ponemos atención a los detalles de lo que nos rodea.

Ese tipo de cosas las dejamos escapar por estar tan ocupados en ser nosotros, en un mundo individual, es cuestión de abrir los sentidos y disfrutar del entorno.

Si nos diéramos la oportunidad de disfrutar las particularidades que están ahí con nosotros, en el mismo espacio y momento conoceríamos mejor nuestra ciudad y sabríamos mejor nuestra historia sin tener que profundizar en el tema, simplemente con entender lo que los mismos edificios y lugares nos dicen, ese simple hecho de estar ahí quietos, sin respirar como nosotros lo hacemos, pero ocupando un lugar en la vida de cada uno, porque son parte de nuestro mundo y nosotros los creamos para que fueran parte de ello, ya que la arquitectura fue hecha por el hombre para poder vivir de, con y en ella.

Necesitamos ser más creativos en nuestra forma de vivir porque la creatividad ahí está, sólo es cuestión de descubrirla en el diario caminar por la vida, porque los mismos lugares y edificios que nos rodean nos brindan esa capacidad de ver la ciudad como queremos realmente verla. Cada muro y área verde que nos encontramos es un lienzo en blanco para imaginar lo que queramos y poder vivirlos a conveniencia de cada quien para ser felices.

Soy regiomontano y después de esta experiencia puedo decir que no me podría sentir más orgulloso de esta ciudad en donde vivo y no la veré con los mismos ojos, porque cada esquina que la ciudad me ofrece es un mundo nuevo en el cual puedo descubrir y crear lo que yo quiera. La ciudad se vive como un museo en el cual cada quien representa la obra como su mente le da a entender –si un día deseamos verla rosa, rosa será– y que cada paseo que damos es una memoria diferente.