Cuando las paredes hablan

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ARMANDO V. FLORES SALAZAR*

CIENCIA UANL / AÑO 18, No. 76, NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2015

Los objetos arquitectónicos como objetos culturales tienen tres dimensiones de estudio: sus realidades física, histórica y psicológica; las tres conjuntan el retrato hablado que aisladamente sólo pueden bocetar. (1) Mientras que su descripción física habla de la materialidad del objeto, al incorporar la parte histórica se devela su dimensión social y con la lectura psicológica aparecen las transferencias humanas en él depositadas: origen, valor y aprecio de su existencia. Yo soy mi casa.

El objeto arquitectónico ejerce su mayor validez cuando a través de su estudio recreamos el retrato humano en sus dos realidades, indivisibles también: su individualidad y su colectividad. El objeto en sí no tiene valor propio, se valida como documento que facilita el retrato del hombre de un lugar y un tiempo determinados.

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Todo objeto arquitectónico sirve funcionalmente para lo que fue construido de origen, y de ordinario es alterado por los subsecuentes usuarios –cuando los hay–, adaptándolo para seguir satisfaciendo necesidades humanas particulares. Un ejemplo de ello en la ciudad de Monterrey es el edificio del “Colegio Civil”, se construyó –parcialmente– a finales del siglo XVIII, para hospital; en el siglo XIX se amplió para usos castrenses, primero, y luego para Colegio Civil del estado. Después, en el siglo XX, vuelve a crecer para la sede de la naciente Universidad de Nuevo León; y a nuestros días, ya en el siglo XXI, opera como Centro Cultural Universitario. (2) Todas las etapas mencionadas permanecen documentadas en sus materiales de construcción, técnicas constructivas, sistemas de distribución funcional, manejo espacial, lenguajes estilísticos y otros más. Todos sus componentes dicen algo importante, desde los parlanchines vitrales en el Aula Magna, el tezontle volcánico y los azulejos poblanos en el imafronte, hasta la abstracción cromática rojinegra de los mosaicos de pasta en los pavimentos de los andadores.

La sobrevivencia de los objetos arquitectónicos documentales es demasiado frágil, la gran mayoría desaparece tras sus primeros usuarios, muchos otros por fenómenos naturales como las frecuentes inundaciones por lluvias, vientos racheados, incendios, explosiones, etcétera; otros más, por ampliación de calles, macroplazas y proyectos oficiales; también por cambios de uso de suelo para asentar centros comerciales, estacionamientos, conjuntos universitarios –U-Erre, Metropolitana, ÚNIcA, etc.–, viviendas en condominio; cambios de propietario o el degradante abandono tras el cierre de actividades por desavenencias laborales o cambios de mercado, entre otros más.

Si la arquitectura es el más fiel retrato del hombre por ser el objeto con más transferencias humanas, entonces se puede decir de la simbiosis de hombre y arquitectura; de su mutua y permanente asociación, de siempre ir juntos, de ser una el espejo del otro, de su irrenunciable relación simétrica. Luego, también se puede decir que lo que sucede a uno es la realidad del otro; que la gracia y la desgracia les es común, que la personalidad del objeto proviene de los gustos del sujeto y, entre otras muchas, que también la salud y la enfermedad les son no sólo comunes sino mancomunadas.

Las enfermedades humanas suelen clasificarse como somáticas y psicosomáticas; y las más comunes o evidentes de las somáticas son las heridas, las quebraduras, las amputaciones, los resfríos y calenturas, la dermatitis, el cáncer, el infarto, el sobrepeso y la desnutrición, entre otras. Las también comunes consideradas psicosomáticas son la ansiedad y la depresión, con sus respectivos trastornos de estrés, pánico, fobias, obsesión, compulsión, tristeza, culpabilidad, abandono, etc. Con otros nombres, la fábrica arquitectónica padece por transferencia lo mismo que la fábrica humana.

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Es desde la psicología que estas manifestaciones pueden entenderse e interpretarse. La dimensión psicológica ampara y da cabida a todas aquellas referencias arquitectónicas de origen filosófico, metafísico, ontológico, teológico, fenomenológico, analógico, utópico, estético, poético, literario, hermenéutico, lingüístico, artístico, fantástico y muchas, muchas más. Es su nivel más complejo de estudio y a la vez el más revelador.

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Muchas voces caben aquí y ahí para su decodificación, basta recordar que Bertolt Brecht decía parecerse al que lleva el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa; Mario Benedetti nos advierte en un poema, “No cabe duda / ésta es mi casa / aquí revivo / aquí sucedo / ésta es mi casa detenida / en un capítulo del tiempo”. Víctor Hugo recreó en el jorobado Quasimodo no sólo las gárgolas de la techumbre, sino todo el cuerpo exógeno, áspero y erizado de la Catedral de Nuestra Señora de París. Gastón Bachelard pidió al constructor una casa “arraigada en la tierra profunda, con piedra para las paredes, madera bajo sus pies y madera en el techo y una ventana angosta, pues cuanto más pequeña es la ventana más lejos ve, y ve bien, ese ojo de la casa”; (3) Alfonso Reyes confesó llorar la ausencia de su casa infantil “con un sentimiento de peregrinación, con un cansancio de jornada sin término”, y en uno de sus Insomnios, advierte que “Una ciudad escondida debajo de mi almohada / en las pausas de la noche / labra y bulle / sufre y canta / si se escurren por los muros / las cien voces de la casa / no lo sé”. (4) José Saramago –dolido e impotente– recuerda como sinónimos la casa y Josefa, su abuela nonagenaria: “Estás vieja, dolorida … llegas al final de tu vida … viga maestra de tu casa, fuego de tu hogar … casa de tejas y suelo de tierra apisonada … pero por qué abuela, por qué te sientas al umbral de tu puerta, abierta hacia la noche estrellada e inmensa”. Eduardo Galeano en El libro de los abrazos (5) nos comparte: “Y también nosotros habíamos encontrado la alegría en esa casa ahora jodida por la mala racha … así que esa casa entristecida, esa casa barata y fea, en un barrio barato y feo, era sagrada”. A este contingente de literatos hay que agregar las expresiones de pintores, escultores, dibujantes, escenógrafos, fotógrafos, músicos, bailarines, todos acompañados por un sinfín de testimonios en los terrenos de la metáfora, la parábola, el acertijo, la paradoja, la teoría, el teorema, el axioma, el simbolismo y demás similares.

Esa dimensión se hizo más presente en mí cuando Janet Aguirre y Andrés Luna me invitaron a trabajar juntos una vez más, ahora en el proyecto cinematográfico Al olvido, nombre provisional de un largometraje en que se explora la memoria arquitectónica de la ciudad, en edificios icónicos como reflejo valuatorio de la sociedad a la que pertenecen. Una maderería, una fábrica de muebles, una estación de ferrocarril, una fábrica de ropa y una embotelladora de agua gasificada son sus objetos de estudio por tener en común el abandono y por extensión el olvido, fenómenos que desde la perspectiva humana son la antesala de la negación, del estar sin ser, de la temida desaparición, de lo equivalente a la muerte.

Una serie de preguntas y sus respuestas ayudaron a centrar la intención del proyecto y mi desempeño en éste. La película –me dijeron– gira en torno a la memoria ciudadana vista desde el ángulo de la arquitectura, y cómo ésta se vuelve un reflejo de la sociedad en la que la memoria, los edificios y el pasado industrial de la ciudad son un buen pretexto para abordar el tema. Parte de tales preguntas para el diálogo aparejadas con sus respuestas fueron: ¿podemos hacer una lectura de un edificio y en la misma encontrar rastros de nosotros mismos o rastros de la sociedad? ¿Podemos verlos como espejos o lectura de la sociedad? ¿Recordamos los lugares que habitamos como una extensión de nuestro cuerpo, de nuestro espíritu? ¿Dónde reside la memoria colectiva? ¿El olvido es otra forma de recordar? ¿Los edificios guardan el espíritu del pasado, tienen espíritu? Esas y otras preguntas fueron respondidas desde el campo de la lectura física, histórica y psicológica de los objetos arquitectónicos en estudio.

Sin embargo, el tema central del abandono y la soledad cae más en el campo de lo psicológico, en lo general, y de lo fenomenológico en lo particular; pues, lo más interesante y emotivo de mi participación en el proyecto fue darle voz, sentimiento y pensamiento a los edificios en estado de abandono.

Animar objetos es ya realidad cotidiana en el invasivo mundo de la animación en video o cinematográfica, en la cual lo más común es humanizar y darle voz a la casa, a la puerta, a la cerradura, a la ventana, a la chimenea, a la gárgola y a cualquier otro elemento de ella.

Con base en ello, démosle voz humana al objeto cultural más humanizado.

Todavía recuerdo cuando surgí en la idea de los hombres: hubo juntas, reuniones, informes sobre la forma que iba tomando, se discutió sobre todas las partes que me componían y su distribución, el sistema estructural y el sistema constructivo, las instalaciones, los equipos para la producción, la apariencia, la seguridad, el sistema contra incendios, el mantenimiento y tantas más. Concluida la gestación me fincaron en un predio amplio, la tierra fue abierta para anclarme en ella; se trabajó día y noche y pronto apareció la estructura esquelética, los muros, con énfasis en la forma, el ornato, la apariencia y, como consecuencia de ellos, el espacio interior y exterior, la función de sólidos y vacíos y la personalidad o estilo. Mucha gente estuvo atenta a mi aparición en el sitio: vecinos, pasajeros de camiones urbanos, automovilistas, vendedores ambulantes y proveedores registraron en su memoria cómo fui tomando forma; se hicieron muchas preguntas y apuestas sobre mi altura, mi uso, mi terminación o mis dueños. Ya concluido del todo y listo para entrar en funciones, pusieron mi nombre en la fachada principal, un nombre familiar, para orgullo de mis propietarios –me sentí como otros Ancira, Holck, Chapa, Benavides–. Y antes de entrar en funciones de trabajo para lo que fui construido, hubo una ceremonia de inauguración con un ritual religioso; me rociaron con agua bendita, como un bautizo, se oró en procesión. En la comitiva, estuvieron presentes los familiares, los socios, invitados de honor, empleados de confianza, también niños. Se festejó con sonrisas, alimentos y bebidas; hubo música y al final del evento se expresaron los parabienes de un largo futuro colmado de éxitos y beneficios.

Al día siguiente apareció la nota periodística con muchas fotografías mías como nuevo miembro en el paisaje de la ciudad; también abundaron las felicitaciones de amigos, conocidos y proveedores; otro tanto se difundió en los noticieros de radio y televisión. Sobre todo fui el motivo de conversación de la mayoría de la gente, y pasé a formar parte de su memoria como un referente más de la ciudad. Ese día se abrieron animosamente mis puertas a los obreros, empleados administrativos, proveedores y demás usuarios de mis instalaciones. Me llené de satisfacción y orgullo por ser tan eficiente y dar comodidad a todas las actividades previstas para la administración, producción, almacenaje, control, alimentos, aseo, servicios, previsión y otras más. Me llené no sólo de voces humanas, de esperanzas, de planes y de proyectos, sino también de sueños, de fantasías, de alegrías y seguridades. Todo en mí funcionaba a la perfección: mis techos desaguaban con eficiencia la lluvia sin importar su fuerza; mis ventanas permitían la iluminación, la ventilación y las vistas exteriores para el descanso visual; mis muros delimitaban las funciones y lo exterior de lo interior. La iluminación facilitaba el proceso de producción; la música de fondo hacía más ligero el turno de trabajo, y lo que más me hacía feliz era el área de servicios de los empleados: el comedor, la cocina, los vestidores y los servicios sanitarios donde la convivencia afloraba con alegría y satisfacción; la risa y el canto eran su constante expresión. Así pasó mucho tiempo, formé parte de un periodo de bonanza y orgullo para todos los regiomontanos, y se me consideró como símil de su identidad y factor de desarrollo nacional.

Me comencé a preocupar cuando en las oficinas administrativas se iniciaron acaloradas discusiones acerca de los costos de la materia prima, del comportamiento del mercado, de la competencia externa, los contratos colectivos de trabajo, las políticas hacendarias y otros temas que terminaron reduciendo paulatinamente la producción y, en consecuencia, el personal operativo de todos los niveles. Poco a poco fueron quedando sin uso parte de mis instalaciones, disminuyéndose en mí las voces humanas y dando cabida al temido silencio. Recuerdo con tristeza la liquidación del personal, las cartas de recomendación para trabajar en otras empresas, el llanto incontenible de obreras y secretarias, el desalojo de las bodegas y la disminución de materias primas y productos procesados, el cierre de puertas y ventanas y el chirriar metálico cortando los circuitos de energía eléctrica y otros servicios. Por cierto tiempo, sólo escuché el alborozo de las palomas en el techo y las voces de los veladores en el cambio de turno, su monótono recorrido por las instalaciones, el eventual ladrido de su perro acompañante con la respuesta de otros perros lejanos y a la hora de los alimentos la música regional en su radio portátil. Fue tan prolongado el silencio que no me percaté cuando dominó por completo. Algún día nublado y húmedo dejaron de venir los veladores con su radio y su perro, dejándome totalmente solo, abandonado a mi suerte. Hoy, cada día que pasa progresa el deterioro, tengo goteras en los techos, los vidrios rotos dejan libre acceso al viento y lo que en él vuela; la lluvia me humedece por tiempo prolongado y los cambios de temperatura me desgastan, hay grietas en pisos y muros. Algunos furtivos visitantes nocturnos saquean mis partes fáciles de desmontar y otros se drogan hasta perder el sentido; por fuera me han llenado de grafitis las paredes y ventanas, estoy lleno de polvo y la basura se acumula en los rincones y recovecos, se ha obstruido la salida del agua en las bajantes pluviales; me habitan roedores, arácnidos e insectos, con abundancia de hormigas y termitas; algunos pájaros anidan en mi interior, las hierbas y arbustos crecen por doquier y sus raíces penetran mis entrañas. A veces, de día me lleno de rayos de sol y considero la posibilidad de que llegue una brigada de hombres para restaurarme y ponerme en uso de nuevo, pero al llegar la noche me da por pensar todo lo contrario.

Me siento solo, enfermo, inútil, inservible; tengo miedo, porque presiento las consecuencias del deterioro y la soledad. Mi origen humano lleva consigo también un fin humano… Sin embargo, como objeto cultural también tengo esperanza de tarde que temprano ser de nuevo habitado.

Los edificios son documentos patrimoniales y referencia directa del hombre y sus circunstancias; son objetos de reflexión que nos dicen del hombre más que de sí mismos. Conservarlos en uso es ganancia de todos y beneficio para siempre.

Referencias

1. Armando V. Flores. Arquicultura, UANL, Monterey, 2001, pp. 56-59.

2. Armando V. Flores. Memorial, UANL, Monterrey, 2007.

3. Gastón Bachelard. El derecho de soñar, FCE, México, 1985, p.113.

4. Alfonso Reyes. Constancia poética, FCE, México, 1959, p. 183. 5. Eduardo Galeano. El libro de los abrazos, S XXI, México, 2014, p.182.

 

* Universidad Autónoma de Nuevo León.

Contacto: armando.flores@uanl.mx

 

ADENDA

De la inmemoria urbana

ANDRÉS LUNA RUIZ

La inmemoria reanima el pasado en el presente y conjura aquellos futuros posibles y olvidados. La línea del tiempo se fragmenta en un cúmulo de imágenes y afectos que cifran un presente distinto.

Chris Marker

Inmemoria es un término acuñado por el cineasta Chris Marker. Para él representa ese espacio en el que se alojan los recuerdos que no tienen lugar en la memoria o en la historia; no se trata de falta de memoria, sino de memoria repudiada. El cine es la incubadora de la memoria. A través de la pantalla volvemos visibles los recuerdos: cosas tan sencillas como reuniones familiares o tan producidas como películas de alto presupuesto. Desde este medio es posible el registro de la memoria y también de la inmemoria; lo olvidado reaparece ante nuestros ojos y el olvido se vuelve otra forma de recuerdo.

Al buscar esa inmemoria fílmica me encontré en la red con una filmación realizada en súper 8, de la demolición del Cine Elizondo, anteriormente ubicado en la calle Zaragoza, en la actual Macroplaza. El video muestra el proceso de demolición del edificio en el que se alcanzan a ver algunos decorados orientales aún y las enormes paredes de la sala. Concluye con la pantalla inundada por el humo que desprende la detonación, la bruma y una espesa textura entre blanco y gris nos la impide ver. A partir de ese momento, la ciudad pierde otro edificio detrás de la densa capa de polvo y escombros que deja la destrucción. Sólo queda el registro de lo derruido como memoria fiel para algunos e inmemoria para otros. Este registro me hace pensar en los edificios como memorias físicas de la sociedad, guardianes de un pasado histórico y estático.

Al circular por el centro de la ciudad de Monterrey, pasamos por alto a los guardianes silentes, observamos los edificios como algo cotidiano; no llegamos a profundizar en las múltiples lecturas que éstos nos ofrecen, no encontramos en ellos un espejo social. La cotidianidad ha envuelto los edificios de inmemoria del pasado; entonces, ¿dónde reside nuestra memoria física?

La ciudad es un anecdotario enorme: cada lugar, cada esquina, cada calle detona la memoria instantánea. Leer un edificio es igual de enriquecedor que ver un documental histórico o leer una crónica. La cotidianidad se vuelve el obstáculo principal de la puesta en valor tendría un edificio. Los muros se deterioran, los estilos cambian, y eso nos habla; la ciudad pone su memoria en sus edificios, en sus calles, esperando que alguien descifre los mensajes.

La sociedad vive en caos, no se permite detenerse un momento para observar su entorno, conocer su historia, reconocer su identidad. Vivimos escribiendo la historia. Nuevas memorias que no se impregnan a ningún sitio. Hoy en día tiene más valor un video de la demolición de un edificio que tener cualquier inmueble abandonado de la ciudad.

Transitamos en una línea de tiempo presente muy delgada, y nuestro pasado más cercano y directo se vuelve parte de esa inmemoria colectiva. ¿Dónde queda archivada la historia? ¿Dónde está nuestro pasado? ¿Transitamos en la inmemoria infinita?

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