Marie Curie a contra luz

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La ridícula idea de no volver a verte Rosa Montero

Seix Barral

México, 2013

ELIZABETH CHACÓN BACA

CIENCIA UANL / AÑO 18, No. 75, SEPTIEMBRE-OCTUBRE 2015

“Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza”, escribe Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte, texto en el que, entre las fotos octogenarias de Marie Curie en blanco y negro, nos cuenta acerca del dolor interior cuando, repentina o progresivamente, la muerte nos arrebata a un ser querido, conciliando el perdurable duelo con la belleza de los momentos más felices.

La novela de Rosa Montero inicia con Rosalind Franklin, cuya imagen número 51 retrató el patrón de difracción del DNA, la estructura más bella y buscada en su tiempo. Dicha radiografía fue crucial para dilucidar la estructura tridimensional de la doble hélice, interpretación que mereció el Premio Nobel en fisiología y medicina en 1962. Después de recordar a una atractiva Rosalind Franklin que la historia está reivindicando, nos traslada a una Marie Curie tan humana y adusta que casi nos repele. A lo largo de 17 capítulos, y con una prosa que parece plática, Montero nos relata de cuánta fortaleza física, pero sobre todo emocional, debió echar mano esta mujer en su paso por la vida.

A María Sklodowska Curie (1867-1934) se le conoce porque descubrió, al lado de su marido, dos elementos radioactivos: el radio y el polonio, por los que recibió el Premio Nobel de Química en 1911. Sobrevivió como institutriz y luego como estudiante de física en París para obtener su doctorado, con la separación y determinación de sustancias radioactivas con base en experimentos prolongados, a fuerza de continuar “aplastando carbones con las manos desnudas” (p. 109). Sus ideas y aportaciones científicas pronto ganaron el respeto de la comunidad científica, como suele suceder: primero en el extranjero antes que en casa. Marie siempre profesó un amor incondicional a su padre, a su patria y una fidelidad casi heroica a Pierre y a su memoria. Junto a Henri Becquerel y Pierre Curie, fue galardonada en 1903 con el Premio Nobel de Física por sus estudios pioneros sobre la radioactividad natural. Como si el obtener dos preseas científicas de tal calibre no fuera suficiente, educó a una hija que en 1935, junto a su esposo, también sería galardonada con el Premio Nobel por el descubrimiento de la radioactividad artificial. ¡Cuánta pasión, vehemencia y sacrificio debe significar concentrar tres Nobel en tan pequeña familia!

A pesar la gran bibliografía en torno a esta dama, la Curie que nos presenta Montero, además de ser esa ilustre científica que todos conocemos, también es una mujer intensa y soñadora que supo compartir con su amado Pierre sus más caros proyectos. Y es que Marie tuvo un matrimonio gozoso, rebosante de academia, experimentos y radioactividad. Su rigor científico sólo contrastó con su docilidad ante Pierre y la radioactividad. A lo largo de esta narración placentera y lúcida, Montero plantea, sin juicios ni complacencias, dos aspectos que permiten varias lecturas con respecto a la postura de Marie: la falta de complicidad con su género para impulsar a otras, y la soltura con la que Marie manejó las sustancias radioactivas. Quizá después de tantas dificultades es posible que Marie concibiera la equidad como fruto de una conquista individual; en cuanto al segundo aspecto, acaso su mentalidad innovadora o su curiosidad científica estimase, aun consciente del peligro radioactivo y sus efectos, que por tal empresa merecía la pena arriesgar hasta la vida.

Después de una amplia documentación y de una nueva mirada a tan añejas fotos, Montero nos transporta a varios episodios íntimos en la vida de la gran académica. Una mujer que, además de la radioquímica, nos legó dignidad, pasión y fortaleza que, bien miradas, pudieran también considerarse como otro tipo de femineidad. Quizá para muchos resulte más atractivo que además de su voluntad, su capacidad intelectual y disciplina, María Curie albergaba una pasión magmática que esas fotos saben esconder

En este sentido, la lupa de Montero es refrescante, porque rescata a una mujer que, pese a todas las contrariedades, y fiel a sí misma, desarrolló lo que hoy llamaríamos resiliencia, esta capacidad para resurgir y sobreponerse a la adversidad. Así, la autora humaniza a una mujer tan aparentemente fría y logra crear una solidaridad gremial y de género. Las páginas de este libro también confirman la determinación interna que a veces pensamos inherente a las mujeres, y una que otra revelación sobre la invisible fragilidad masculina, frecuentemente encubierta por la necesidad de idealización y protección femeninas. Al mismo tiempo, muestra el peso de un sistema opresivo sobre esta pionera que desafía el oprobio social, a menudo ejercido mucho más por otras mujeres que por la estructura misma de la sociedad. Víctima del escarnio, el repudio y la injusticia, madame Curie alza la voz cuando decide ejercer su derecho de ir en persona por su Premio Nobel, dando una muestra más de su valentía y profesionalismo en ese mundo tan masculino.

Entre las imágenes históricas que Montero redescubre, se encuentra la fotografía de la primera Reunión de Solvay sobre “La radiación y los cuantos”, celebrada en 1911 en Bruselas, donde las expresiones faciales y momentáneas captadas por el lente de una vieja cámara parecen ahora evidentes a la luz de su relato: Marie Curie, Henri Poincaré, Ernest Rutherford, Max Planck, Albert Einstein y Paul Levine, entre otros renombrados cientí- ficos; cuánta sapiencia en la mesa y cuánta humildad en María Curie.

Pero lejos de ser una biografía más, el hilo conductor de la novela es en realidad el dolor que causa la muerte. La autora nos cuenta del hueco que debió sentir Marie Curie cuando perdió a su esposo, pues paralelamente al retrato novelado, se filtra su propia introspección durante la agonía de Pablo. La muerte que sorprende, que aparta, que irrumpe y nos aleja de nuestro eje, deteniendo en un sólo instante el tiempo de nuestro reloj mental y emocional. La muerte de Pierre a través de las cartas de Marie, la muerte de Pablo en la novela de Montero, la muerte de los nuestros en el hoy y a la distancia.

Tal como los rayos X tienen el poder de penetrar nuestro interior para revelar su estructura, cuando la muerte llega a nuestra vida, nos desnuda de nuestras defensas para revelarnos de qué estamos hechos. ¿Es acaso un cambio de fase o una microfractura lo que sentimos cuando la muerte nos toca de cerca? Una grieta por la que se filtra un dolor mudo y sedante, una devastación íntima pero colosal, una melancolía que oprime hasta sentir cómo la desolación y la tristeza se instalan en las entrañas. Pero un dolor que al mismo tiempo nos serena y nos reubica en el mapa de la vida. Incluso hasta nos brinda la ilusión de que nunca nada podrá doler igual, de que lo peor que podría pasar ya ha sucedido y se ha tocado fondo. Un dolor que casi convence para dejar que nos traspase hasta adquirir la inmunidad, pero que al vaciarnos también nos libera. Y sin embargo, la vida, como la muerte, sorprende una y otra vez, como le sucedió a Marie.

En efecto, la muerte nos devuelve esa perspectiva de seres finitos, frágiles; pero, sobre todo, temporales. A través de las remembranzas que antecedieron a la repentina muerte de Pierre Curie, o a través de los meses en cama que preludian un final irremediable, la autora nos recuerda que la muerte trae de vuelta la conciencia de lo ordinario, lo cotidiano… hasta que un día, y cuando menos lo esperamos, el cuerpo nos traiciona y apenas recordamos el último paseo en bicicleta o la última vez que ascendimos una montaña (p. 179).

A pesar de que en las fotos de Marie Curie nunca se vislumbra una sonrisa clara, franca o espontánea, la semblanza que Montero nos devuelve es la de una mujer cuya existencia extraordinaria rebasa la de una célebre investigadora con apariencia de monja y con un recorrido que dibuja una casi tediosa línea recta. En realidad, se trata de una auténtica guerrera que supo aquilatar la vida con todos sus matices, que encontró la plenitud en el amor, en el trabajo y en la sencillez de la rutina, que supo alcanzar ese anhelado “estado de gracia”, que tan bien describió la propia Curie. Una vida excepcional sustentada más en la satisfacción de la cotidianeidad que en los eventos extraordinarios. En este sentido, el libro resulta un planteamiento abierto y honesto sobre la vida, la muerte y el amor que nos identifica a todos.

Tal vez no sea casual que la novela empiece con la mujer que realizó la primera radiografía de la esencia misma de nuestros genes, para continuar entre las luces y sombras de Marie a través de cartas, fotos y de ese análisis “radiográfico” al que a veces nos expone la muerte. Finalmente, señala Montero, tal vez todo sea cuestión de elaborar una buena recapitulación en la madurez, “una narración convincente y redonda, que nos dote de sentido…”. Lo cierto es que más que una novela, es un diálogo con la sabiduría gestada a través de nuestras pérdidas y nuestras batallas, una reflexión agridulce que sólo la muerte es capaz de evocar.