El parque Jurásico: Un mundo no del todo perdido

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ELIZABETH CHACÓN BACA*, ANDRÉS RAMOS-LEDEZMA*

CIENCIA UANL / AÑO 18, No. 72, MARZO-ABRIL 2015

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El 28 de diciembre de 1894 se estrenaba, en Lyon, Francia, la primera película del entonces novedoso cinematógrafo construido por los hermanos Lumiere: La Sortie de l’Usine Lumière à Lyon (Trabajadores saliendo de la fábrica Lumiere). Treinta años después, el sonido complementaría esta naciente industria a tal grado de refinamiento que hoy es conocida como el séptimo arte. Muy pronto la ciencia haría su gran debut en el cine con la película Frankestein o El moderno Prometeo de Mary Shelley (1910), primero en un cortometraje mudo de 16 minutos; posteriormente, en adaptaciones cada vez más elaboradas. Este apasionante género que vincula ciencia y cine a través de la literatura, hoy conocido como ciencia ficción, ha producido, entre muchas otras, las grandes cintas clásicas de corte futurista como Metrópolis y La guerra de los mundos, hasta las que marcaron un antes y un después en la historia del cine como “2001: odisea en el espacio” y “La guerra de las galaxias”, dirigidas por Stanley Kubrick y el genio creador de George Lucas, respectivamente. Desde entonces, el matrimonio entre ciencia y cine se ha consolidado, retratando frecuentemente un mundo posmoderno basado en el avance científico y tecnológico. Tan fascinante como puedan resultar las predicciones futuristas científico-literarias y contrastando con el cine de ciencia ficción común que contempla un escenario galáctico, en el futuro transitado por numerosas y diversas naves espaciales terrestres y extraterrestres, aquellas adaptaciones que nos cuentan historias de vidas y biologías extintas del más remoto pasado geológico son realmente escasas. Más aún, cuando se recrean organismos tan exitosos que hoy sólo conocemos por sus restos fósiles, verdaderamente se percibe la magia del cine…

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El Mesozoico de celuloide

Para muchos cinéfilos el verano de 1993 marcó un parteaguas en la evolución del cine de ciencia ficción en general, mucho más si entre el público había algún paleontólogo en ciernes. Cuando Steven Spielberg estrenó en la pantalla grande la novela de Michael Crichton (1991), Parque Jurásico, además del obvio placer visual, intelectual y sonoro, pudo conjugar nuestro mundo moderno con los fósiles más famosos, los dinosaurios. De pronto, estos grandes reptiles adquirieron vida y dimensiones reales gracias al uso por primera vez de imágenes generadas por computadora (CGI) en un escenario real. El éxito literario y cinematográfico de esta bien lograda obra resultó muy refrescante, pues en lugar de avanzar hacia el futuro en la línea de tiempo, se recreó una pequeña muestra de un periodo Jurásico que apenas imaginamos. Por fin pudimos contemplar a los grandes dinosaurios que hace más de 160 Ma habitaron nuestro planeta. Más allá de la trama hollywoodesca que permanentemente discurre en persecuciones entre “buenos” y “malos”, la recreación tridimensional de dinosaurios tan conocidos como Braquiosaurus, Deinonychus, o el famoso Tyrannosaurus rex expone también las intricadas implicaciones éticas que podrían derivarse a partir de experimentos que manipulan la expresión molecular y de la ciencia en general. La presentación de las coloridas epidermis de estos feroces reptiles, de los huevos gigantes eclosionando en condiciones de laboratorio, o de los kilos defecados por Triceratops retratan muy bien la laboriosa lectura que los geocientíficos realizan a partir de las rocas.

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Esta cinta también rescata el efecto predictivo que otorga la ciencia y sus posibilidades de manipulación en un contexto de descubrimiento y avance tecnológico. Si bien sus méritos científicos no son muchos, esta realización es memorable porque logró imaginar un mundo Mesozoico lleno de formas, colores y grandes dimensiones a partir de tan familiares reptiles, conocidos en detalle sólo por su estructura ósea. Aunque la manipulación de insectos preservados en ámbar que hayan succionado sangre de una sola especie de dinosaurios, a partir de la cual se complementarán secuencias de genes completas y ordenadas (¡ojalá fuera tan lineal la expresión genética!), es poco probable, esta cinta expuso con gran claridad las potencialidades de la ciencia misma. También se plantearon las posibilidades de las técnicas de biología molecular en paleontología (muy laboriosas por aquellos años) y en muchas otras áreas de conocimiento, así como la importancia de la historia evolutiva de cada especie.

Adicionalmente, en esta cinta se abordan otros aspectos de menor relevancia, pero muy cotidianos de la vida académica, como la importancia de la convivencia entre especialistas fuera del ambiente formal, el planteamiento de problemas ético-científicos que el estudioso del caos expresó en Jurassic Park, o la diversidad de inteligencias y personalidades que uno encuentra en el mundo académico. Algunos años más tarde (2001), la BBC de Londres estrenaba la película El mundo perdido, a partir de la novela que en 1912 publicó sir Arthur Conan Doyle, creador del inmortal detective Sherlock Holmes. Esta historia de amor entre Gladys y el periodista Malone nos relata la travesía de un grupo de científicos y periodistas liderados por el profesor Challenger. En esta aventura de descubrimiento y curiosidad hacia las costas de Sudamérica se encuentran seres prehistóricos en un escenario aislado y detenido en el tiempo. Aunque los efectos no son tan espectaculares, es una buena adaptación que recrea conocidas especies de reptiles como iguanodontes, estegosaurios, alosaurios y el temible megalosaurio compartiendo escena con plesiosaurios, ictiosaurios y pterodáctilos. Nuevamente se plantea una idea siempre pendiente del cine: ¡la convivencia entre humanos y dinosaurios separados en el registro fósil por un lapso aproximado de 60 Ma de evolución! Aunque es un tema recurrente en el cine, pocas películas, entre ellas Jurassic Park, abordan, aunque sólo tangencialmente, las importantes implicaciones evolutivas de esta utópica convivencia.

Las estrellas más célebres en paleontología 

Entre todos los fósiles no hay duda que los dinosaurios siempre han gozado de una gran popularidad y un renovado interés entre el público general. Pero en el mundo académico, e independientemente del espectáculo y la mercadotecnia, las grandes controversias sobre historias de dinosaurios han sido continuas y permanentes.

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Probablemente por su tamaño, su distribución global, sus estrategias evolutivas y su larga permanencia en el planeta, los dinosaurios fueron, son y seguirán siendo el grupo de fósiles más espectacular en paleontología.

Desde que en 1841 Richard Owen acuñara el término Dinosauria (lagartos terribles) y describiera los primeros fósiles, comienza una competencia por pesquisas paleontológicas que evocan una y otra vez las teorías más diversas con respecto a su extinción.

Los dinosaurios pertenecen a un grupo de reptiles ancestrales conocidos como antracosaurios de hace aproximadamente 245 Ma, a partir de los cuales surgieron los amniotas como un grupo de vertebrados primitivos terrestres del Carbonífero temprano, y cuyo gran “invento” evolutivo fue el huevo amniótico. Tradicionalmente se han clasificado en dos grupos principales: dinosaurios herbívoros, que tienen cadera de ave u ornitisquios, y dinosaurios carnívoros con cadera de lagarto llamados saurisquios. La diferencia más visible es la orientación de los huesos de la cadera, aunque existen varias excepciones. La clasificación moderna de los amniotas sugiere dos líneas evolutivas principales: los sinápsidos que eventualmente se convirtieron en los mamíferos actuales, y una segunda línea, los saurópsidos que contienen a todos los reptiles, incluyendo las aves. Entre las diferencias morfológicas más notables en los amniotas se encuentran los patrones de orificios o aberturas en la región temporal del cráneo, divididos en anápsidos, sinápsidos y diápsidos.

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Los dinosaurios pertenecen a un grupo de animales morfológicamente distinguibles de reptiles diápsidos que también incluyen lepidosauiros (reptiles vivientes, lagartos, serpientes y tuátaras), arcosaurios (dinosaurios, peterosaurios, cocodrilos y aves), y sauropterigios (grupos acuáticos extintos como los gigantes pleisosaurios de cuello largo). Pero de todos los antracosaurios conocidos, los únicos grupos que actualmente sobreviven son los cocodrilos y las aves.

Mientras que los cocodrilos han sido evolutivamente muy conservadores por haber retenido muchos de sus caracteres ancestrales, los caracteres de los dinosaurios (incluyendo las aves actuales) fueron adquiridos por adaptaciones, como novedades evolutivas, es decir, presentan en su mayoría caracteres derivados, como los huesos de la cadera por ejemplo. El hecho de que se encuentren restos de dinosaurios y sus contemporáneos en todos los continentes, en países como Norteamérica (Canadá, EE.UU., México), Sudamérica (Brasil, Argentina), Asia (India, China, Mongolia, Kirguistan y Uzbekistan), Australia, Europa y la Antártida, constituye una firme evidencia de que a fines del Pérmico, y por más de 200 Ma, la vida estuvo sobre los continentes a la deriva. Cuando se fragmenta el supercontinente Pangea a finales del Triásico, comienza la apertura tectónica que origina el Golfo de México, acompañado por un periodo de transgresiones o invasiones del mar a los continentes, originando las extensas plataformas carbonatadas, rampas y ambientes someros que caracterizan al Cretácico del noreste mexicano. Las grandes extensiones de rocas representadas a lo largo y ancho de la Sierra Madre Oriental también han preservado en su interior el paso de grandes dinosaurios que atestiguan que, ayer como hoy, México ha sido un país con una gran diversidad biológica, que nos cuenta historias de dinosaurios habitando en el territorio de un lejano Jurásico, entre los que destacan los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

Nuestro noreste Jurásico

Los vertebrados terrestres más antiguos del país incluyen, además de dinosaurios, reptiles mamiferoides, reptiles voladores y un grupo importante de mamíferos primitivos provenientes de Tamaulipas, que ya desde 1926 el geólogo alemán Werner Janensch identificara en su obra Dinosaurier reste aus México, localizado en estratos de Soledad de Múzquiz, Coahuila. A partir de los noventa, se han rescatado y colectado numerosos restos fósiles, muchos de los cuales permanecen en el Museo de Paleontología de la UNAM y en el Museo del Desierto en Saltillo, Coahuila, e incluyen diversos ejemplares: lamberosaurinos con crestas en la cabeza, pisadas de pterosaurios, restos fósiles de tiranosaurios, troodóntidos, ornitomimidos, anquilosaurios y saurópodos, entre otros. Aunque actualmente la gran mayoría se conserva en el Museo del Desierto de Saltillo, los restos fósiles provienen de Rincón Colorado, un poblado cuyas calles ostentan nombres tan jurásicos como Diplodocus, Allosaurio y Hadrosaurio, y donde también existe un pequeño y muy modesto museo local. Sin embargo, hace 70 Ma esta calurosa y seca área estaba ocupada por bellas y extensas playas cretácicas,(1) pobladas por dinosaurios herbívoros, con pico de pato y cuernos faciales, y por grandes carnívoros junto con cocodrilos, tortugas y otros vertebrados acuáticos como tibuones y mosasaurios.

Recreación al óleo de un pliosaúrido del Jurásico. Foto de la pintura al óleo del Museo de Historia Natural de Los Ángeles.

Recreación al óleo de un pliosaúrido del Jurásico. Foto de la pintura al óleo
del Museo de Historia Natural de Los Ángeles.

Junto con los dinosaurios coexistían otros grandes reptiles como los plesiosaurios, los ictiosaurios y los pterosaurios, que se diferencian principalmente en pelvis, cráneo y piel. Entre los hallazgos más impresionantes destacan las vértebras de un reptil marino conocido como el Monstruo de Aramberri, descubierto en 1995 por Mario Alberto Mancilla Terán durante una excursión geológica en Aramberri, Nuevo León. Aunque el cráneo de este reptil marino nunca se ha encontrado, constituye uno de los más grandes reptiles mesozoicos y se ha asignado a los pleisosaurios (en realidad se ha clasificado como una especie indeterminada de Pliosaurio –ord. Plesiosauria, suborden Pliosauroidea, familia Pliosaurideae, género Pliosaurius– por su cuello corto a diferencia del género Plesiosaurus, cuyo cuello es largo), reptiles marinos gigantes caracterizados por tener un cuerpo liso y ancho de costillas fuertes y extremidades grandes y robustas, con un cuello muy largo. Pero, a diferencia de los comunes pleisosaurios, se considera que el Monstruo de Aramberri tenía un cuerpo aerodinámico entre 10 y 12 metros de largo, aproximadamente, en que la notable ausencia de cuello se debe a la compresión de vértebras cervicales así como extremidades en forma de paletas, con cola larga y ahusada y un notable alargamiento de vértebras caudales hasta de nueve metros de largo, y cuya descripción se encuentra en bibliografía paleontológica. (2)

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Restos fósiles y fragmentados del esqueleto del Monstruo de Aramberri, rescatado desde los estratos jurásicos del noreste mexicano. Hay restos gigantes de huesos que parecen formar parte del tronco superior del cuerpo; sin embargo, la falta de estructuras fósiles óseas reconocibles impide armar un esqueleto completo y fidedigno. Espécimen UANL-FCTR2, FCT- UANL. Escala = 30 cm. Figura B: secuencia de vértebras de un ictiosaurio, cuyos diámetros pueden ser mayores a los 10 cm.

Restos fósiles y fragmentados del
esqueleto del Monstruo de
Aramberri, rescatado desde los
estratos jurásicos del noreste
mexicano. Hay restos gigantes
de huesos que parecen formar
parte del tronco superior del
cuerpo; sin embargo, la falta de
estructuras fósiles óseas
reconocibles impide armar un
esqueleto completo y fidedigno.
Espécimen UANL-FCTR2,
FCT- UANL. Escala = 30 cm.
Figura B: secuencia de vértebras
de un ictiosaurio, cuyos diámetros
pueden ser mayores a los 10
cm.

La complejidad ósea, el tamaño y el grado de fragmentación y desgaste de este gran pliosaurio impide obtener una reconstrucción clara y completa de la anatomía original del Monstruo de Aramberri, pero se tiene registro de que por un buen tiempo estuvo ampliamente distribuido en todo el planeta, incluyendo Francia, Norteamérica, Rusia, Inglaterra, Svalbard, Cuba y México. (3) Sus restos fósiles están actualmente resguardados en la colección de la FCT-UANL. De este monstruo existe un ejemplar único preservado como una serie de siete vértebras pectorales casi articuladas. De la porción ventral llamada rostrum, que sostenía tres dientes rotos, sólo queda una fotografía; pero se sabe que la mandíbula de los pliosaurios se caracteriza por su mandíbula inferior armada de dientes puntiagudos piscívoros.

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La preservación del centro vertebral es la diagnosis más espectacular de este monstruo, comparado con otros fósiles del Jurásico superior de Francia y del Calloviano-Kimmeridiano de Inglaterra, asignados al género Liopleurodon (Buchy et al., 2003). (2) Este género constituye el pliosaurio más grande encontrado, por lo que el Monstruo de Aramberri constituye entonces uno de los ejemplares reptiles más grandes del Mesozoico. Otro de los ejemplares clásicos en la colección de la FCT es el ictiosaurio, perteneciente a un grupo modificado de reptiles diápsidos y considerados como los reptiles mejor adaptados a la vida acuática (reptil-pez), ya que ocupan el mismo biótopo que los delfines actuales. Tenían un cuerpo fusiforme aplanado que, al moverse, producía ondulaciones laterales para nadar junto con su fuerte cola. Los ictiosaurios eran depredadores de aguas superficiales, con grandes órbitas oculares y nostrilos, por los que el reptil respiraba al levantar la cabeza, como lo hacen los delfines actualmente. Ejemplares fósiles como éste y otros tantos preservados en nuestros museos y dentro de nuestros yacimientos nos hacen revalorar nuestros recursos paleontológicos, nuestra riqueza geológica y la emoción de buscar nuevos descubrimientos que, además de enriquecer nuestro acervo paleontológico, constituyan una verdadera ventana al mundo Mesozoico.

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* Universidad Autónoma de Nuevo León, FCT.
Contacto: baicalia2012@gmail.com

Tyrannosaurus

Referencias

1. Hernández, R. http://www.revista.unam.mx/vol.1/dino.htm
2. Buchy, M.C., Frey, E., Stinnesbeck y López-Oliva,JG, 2003. First Occurrence of a gigantic pliosaurid plesiosaur in the Late Jurassic of Mexico., Bull. Soc. Geol. Fr. 174(3), 271-278 pp.
3. Benson, R.B.J., Evans, M., Smith, A.S., Sassoon, J., Moore-Faye, S., Ketchum, H.F. y Forrest, R., 2013. A giant Pliosaurid skull from the Late Jurassic of England., Plos One 8(5), 1-34.
4. Hernández, R.R. 1997. «Mexican dinosaurs», en Currie, P.J. & Padian, K. Eds. Encyclopedia of Dinosaurs. pp. 433-437. Academic Press. USA,
5. Espinosa, A. L., Applegate, S. P. y Hernández, R. R. (1989) Crónica de una gran expedición paleontológica, Ciencia y Desarrollo, Conacyt, México, 15 (88):23-32.
6. Rodríguez de la Rosa, R. 2007. El Estudio de los dinosaurios de México: historia, registro y perspectivas. Investigación y Ciencia 15: 037, 49-58.
7. Rodriguez de la Rosa, R.A., Eberth D.A., Brinkman, D.B., Sampson, S.D. y López–Espinoza, J., 2003. Dinosaurs tracks from the late Campanian Las Aguilas locality southeastern Coahuila, México, Journal of Vertebrate Paleontology, 23 (3, suplement) 90ª. [I, Pl]
8. Rodriguez de la Rosa, R.A., López–Espinoza, J., Aguillón- Martínez, M.C. y Eberth, D.A. (2004b). The fossil record of vertébrate tracks in Mexico, Ichnos, 11 (1-2) pp. 27-37.