Una enfermedad incurable

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Zacarías Jiménez*

CIENCIA UANL / AÑO 17, No. 69, SEPTIEMBRE-OCTUBRE 2014

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En el penal de Topo Chico de Monterrey, los sicarios amanecieron con libros bajo la almohada y el terror cundió por la prisión (no todas son de ganar, carajos). ¿Quién es ese tal José Emilio Pacheco?, cuestionó uno de los más temibles, jalando aire por la boca. Habla de Las batallas en el desierto y, que yo sepa, ahí el negocio de la mota no prospera. Debe ser un narco muy aventado.

––A mí me tocó un tipo que escribió El llano en llamas. Juan Rulfo.

––Pirómano de seguro. Esos tipos no son de fiar.

Un multiasesino al que incluso temía el ejército por lo irascible, se desmayó de pánico ante Cien años de soledad, luego de pronunciar: ¿quién fue el méndigo?

Los guardias también habían sido víctimas del atentado a su analfabetismo, pues aunque deberían velar el peso de la cultura los abrumó.

––Si es víbora, me pica –masculló uno.

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Sólo Sofonías, el gran jefe del penal, permanecía indiferente. De Romina, su esposa, mejor no decir, su pecado original era el trabajo sin descanso, sin tiempo para andar en dimes y diretes. Quizá su misión en la vida sólo consistía en soportar el mal carácter del jefe, quien en una ocasión hizo una finta de golpearla, acto que estremeció a los reos cuando se enteraron:

––No sirves ni para darme de tragar. –Le dijo el jefe.

La mujer, sumisa, ni chistó, sólo dijo: “Estoy para servir, aguantar y agradecer” (hembra ejemplar). Un reo supuso que ella estaba involucrada en el atentado al analfabetismo, pues, aunque de lejos, había retratado con su celular a una mujer a eso de las dos de la mañana, cuando todos debían dormir. No aseguró haberla visto con libros, sólo la había captado cerca del catre de uno de sus compañeros; no supo más, porque de pronto un profundo sueño lo había doblegado.

En la oficina, Sofonías se dispuso a revisar la grabación de lo sucedido durante la madrugada, acompañado de Jonás, un poeta, condenado a 30 años de cárcel por haber asesinado a tres osos negros en Chipinque, donde había trabajado de guardia.

En la pantalla, Romina, la esposa del jefe, lanzaba spray con un atomizador para dormir a los reos, y enseguida les ponía libros bajo la almohada. Recorrió todas las celdas en poco tiempo. Luego se encerró en la oficina del Jefe

––Mira con qué habilidad lo hizo –Sofonías sonrió ante la pantalla palmeando a Jonás.

––Un buen modelo –dijo Jonás.

Sofonías, como director del Penal de Topo Chico, había ejecutado desde el primer día su plan largamente añorado desde sus años como profesor normalista. Incorporó al reglamento el uso obligatorio de las tecnologías de la información y la comunicación, como apoyo a los modestos talleres de lectura que había fundado Jonás. La meta era readaptar a los reos y dejar vacías las cárceles como había sucedido en Suecia, donde se cerraron cuatro cárceles por falta de delincuentes.

La situación había mejorado desde la llegada de Romina, quien, entre otras actividades, impartía videolecturas a los reos, enfatizando siempre que si leían no sólo vivirían su vida, sino otras: era preciso ser libres a través de las palabras. La mujer los perturbaba, porque sin ser delincuente tenía la cárcel por hogar; sin embargo, su discurso les infundía confianza y escucharla se les había vuelto una necesidad.

––Si logras que los presos lean ocho horas diarias te rebajo la condena –había prometido Sofonías a Jonás, quien estuvo de acuerdo en poner en juego sus estrategias. Y a los reos de alta peligrosidad los convenció por la buena:

––Cada vez se equivocarán menos; les conviene, pelao’s, se los digo como amigos.

A los que eran inocentes y estaban prisioneros por equivocación los intimidó: se van a ir derechito a la sala de lectura o les pasa lo que a los osos.

Sofonías, sus TIC y la solidaridad de las instituciones educativas de la localidad y del país coadyuvaron a que la promoción de la lectura rindiera pingües frutos en la conciencia de los reos. Pero la instancia que más aportó fue el Instituto de Innovación y Transferencia de Tecnología de Nuevo León, aunque siempre pidió el anonimato. El jefe había acudido a esa institución a un seminario sobre ciencia y tecnología y a su regreso trajo consigo a la que denominó su esposa, con la que dialogaba poco y constantemente le encargaba tareas que fatigarían al varón más fuerte, pero su misión primordial era promover la lectura.

Todos los atentados contra el analfabetismo siempre se achacaron a Romina. El jefe nunca desmintió. Menos cuando algunos reos cambiaron de actitud y extrañaban los libros cuando no aparecían bajo sus almohadas. Ya no tenían a José Emilio Pacheco como sicario, la lectura de Las batallas en el desierto los había animado a confesar que ellos también se habían enamorado de sus maestras de primaria (pecadillos de juventud, dijeron).

Paulatinamente hubo rehabilitación real en los presos, y su conducta dio pauta para que se les otorgara la libertad y se reintegraran a la sociedad como promotores de la ciencia y la cultura. Y ejercieron la libertad que vivía dentro de ellos mismos desde el momento en que la pasión por la letra escrita les hirvió en el ánimo de compartir sus conocimientos. Los primeros reintegrados a la sociedad fundaron la Asociación Rediseño de la Ciudad, cuya labor consistió en reestructurar los municipios de tal manera que los habitantes viajaban poco en auto y había cero accidentes: sus trabajos estaban cerca de su colonia y las tiendas comerciales y dependencias eran tan bien administradas que no causaban pérdidas de tiempo como en aquellos azarosos días del siglo XX.

El poeta había purgado su condena en 2059, sin embargo, por eficiente y capaz se quedó a colaborar con Sofonías y Romina, para auxiliarlos en su osada misión.

––No deberían cerrar las cárceles, si todavía quedan muchos funcionarios aficionados a la corruptela –dijo Jonás

––Para qué te haces, nunca van a caer; a ésos no los aprehende ni su conciencia.

––Era preciso llegar hasta aquí para enfrentar la gran paradoja: sabiendo más, sabemos menos –había dicho Jonás.

––Sin embargo, logramos metas negadas a los funcionarios. Imagínate, nunca pudieron resolver el problema de drenaje y alcantarillado, menos puedes exigirles obras de altura.

Romina trazó la meta definitoria: los aún prisioneros saldrían libres al ser adoptados e intercambiarían sus conocimientos con las familias, pues el Penal de Topo Chico se había constituido en la auténtica Ciudad del Conocimiento de la que tanto se habló a principios del siglo XXI en Nuevo León.

Luego, un día la tristeza visitó el mundo carcelario de Monterrey, cuando una mañana en la crujía G, dos reos, que seguían en el penal en plan de promotores de la cultura, encontraron a Romina de pie, pero inerte, con libros bajo el brazo. No tardaron en comprender por qué la había llevado el jefe a vivir a la cárcel. Su piel sintética contrastaba con su comportamiento, casi siempre humano. Los reos entendieron la preocupación de Jonás cuando les había mostrado el periódico horas antes. “Nadie duda de la integridad moral del director de Penal del Topo Chico, Sofonías Fonseca, pero la Comisión Estatal de Derechos Semihumanos ha entablado una demanda en su contra por maltrato a su robot”.

En el mismo periódico, un editorial manifestaba: “Pronto se desocuparán cárceles de Coahuila, y China, Nuevo León, y seguirá cundiendo el terror en los demás espacios carcelarios, cuando los reos amanezcan con libros bajo la almohada. Luego el virus y el ansia de leer se extenderán, inexorablemente, hacia la sociedad, que estará por siempre enferma de literatura…”.