Ciencia UANL

Efecto de la literatura sobre el cerebro y sus beneficios en la salud

SKARLETH CÁRDENAS-ROMERO*, OMAR FLORES-SANDOVAL*,
ÓSCAR DANIEL RAMÍREZ-PLASCENCIA**

CIENCIA UANL / AÑO 25, No.111, enero-febrero 2022

La narración es parte central de nuestra esencia como seres humanos. Todas las culturas conocidas tienen historias que se divulgan de generación en generación, ya sea de forma oral o escrita, y son tan importantes que se ha propuesto que el origen del hombre moderno se encuentra en la transmisión de esas historias (Smith et al., 2017). La escritura facilitó la difusión de historias que se daban de forma oral, convirtiendo al libro en el objeto que permitió una de las revoluciones culturales más importantes de la humanidad.

La literatura nace de estas narraciones y su desarrollo ha acompañado al ser humano desde el inicio. Los libros son más que información en papel, a través de ellos compartimos conocimiento, contamos historias, conocemos personajes reales y ficticios, recreamos sucesos históricos, inventamos mundos mágicos y futuristas. Gran parte de las personas pueden identificar algún libro que disfrutaron, que cambió su forma de pensar o incluso que marcó su vida de forma significativa. Si un libro puede causar este tipo de impresiones ¿es posible que tenga la fuerza suficiente para generar cambios en nuestro cerebro, e incluso en nuestra salud?

Diferentes científicos se han planteado esta pregunta y han comenzado a estudiar la literatura desde una perspectiva neurocognitiva y de salud. Así, el objetivo de este texto es resumir los estudios que muestran cómo responde nuestro cerebro ante la literatura, además de los beneficios que ésta tiene sobre nuestra salud.

EL MUNDO ES UNA NARRACIÓN

Percibimos nuestro entorno de manera narrativa. Uno de los primeros trabajos que lo hizo evidente fue realizado por Heider y Simmel (1944), quienes diseñaron un experimento donde mostraban un video con tres figuras geométricas de diferentes tamaños que se movían en una pantalla con fondo blanco por un par de minutos, y al finalizar, les solicitaron a los participantes que escribieran lo que habían visto. Las personas contaron diferentes historias, dándoles a las figuras bidimensionales características animadas. Los protagonistas eran personas o animales que interaccionaban entre sí, con personalidades y motivos para sus acciones. Las figuras geométricas no contaban necesariamente con una trama, sin embargo, los resultados mostraron que sin importar lo que se movía en la pantalla, los participantes podían contar una historia.

LOS BENEFICIOS DE LEER

Los beneficios de la literatura son evidentes más allá del enriquecimiento cultural, que ya es un incentivo suficiente para leer. En la infancia, las historias ayudan a madurar la corteza cerebral, mientras que, en nuestra vida adulta, el hábito de la lectura aumenta nuestra capacidad cognitiva y previene el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Incluso, algunos estudios muestran que una intervención basada en la lectura podía disminuir los síntomas de personas que padecen dolores crónicos, por lo que podríamos sumarlo a los beneficios que tiene sobre la salud (Yates et al., 2016).

La narración de cuentos e historias también es importante para el desarrollo psicológico y cognitivo en los niños. Bajo la perspectiva de la psicología histórico-cultural, en cada época de la vida hay diferentes actividades que dirigen el desarrollo. En la edad prescolar, cuando los infantes ya cuentan con lenguaje, los cuentos se convierten en una actividad que les ayuda a regular su conducta y desarrollar funciones como la atención y la memoria. Los niños no son consumidores pasivos de historias, les gusta escucharlas porque las interpretan, se convierten en los personajes, viven sus aventuras y simbolizan los objetos a su alcance para incluirlos en la narrativa.

Una de las principales zonas del cerebro involucrada en la planeación y regulación de la conducta es la corteza prefrontal, que en su parte más anterior (cerca de la frente), conocida como corteza orbitofrontal, participa en la cognición social, es decir, cómo las personas procesan y usan información para relacionarse con los demás. Cuando los niños ven, leen o escuchan historias, esta parte del cerebro se activa de manera importante, estimulando su maduración y favoreciendo funciones como el control de impulsos y la empatía (Brink et al., 2011). Por lo tanto, leer a los niños e inculcar en ellos la lectura se puede ver reflejado en un mayor desarrollo de sus procesos psicológicos.

VIVIR LAS HISTORIAS: LA LITERATURA COMO UNA EXPERIENCIA COMPLETA

Leer es vivir nuevas experiencias. Ésta no sólo es una frase para incentivar la lectura, ya que algunos experimentos han mostrado que se puede entender de forma literal. Por ejemplo, la lectura de palabras referentes a aromas activan regiones de la corteza olfativa y palabras referentes a sabores activan regiones relacionadas con el gusto, de la misma forma que lo hacen cuando olemos o comemos (Barrós-Loscertales et al., 2012; González et al., 2006). El mismo efecto se observa ante la lectura de verbos que activan la corteza motora en las regiones que controlan la acción, por ejemplo, la palabra “escribir” activa la región que controla la mano mientras que la palabra “patear” la zona que controla los pies (Alemanno et al., 2012). Esta activación se observa incluso cuando las palabras se usan con un sentido metafórico. Por ejemplo, la frase “tuve un día pesado” activa zonas de la corteza cerebral relacionadas con la percepción de objetos, como el peso de éstos, mientras que la frase “tuve un día cansado” no estimula las mismas regiones a pesar de que el mensaje que se transmite es el mismo (Lacey et al., 2012).

Con estas evidencias, algunos autores han propuesto que el conocimiento tiene como base asociaciones en forma de mapas metafóricos, los cuales se construyen de la experiencia sensorial. Probablemente algunos filósofos empiristas estarían felices al leer estos estudios.

La lectura es considerada una experiencia completa. Los libros no sólo permiten a nuestro cerebro recrear sensaciones y ambientes, también contiene elementos estéticos y emocionales. Algunos autores señalan que la experiencia estética en el arte, y en la literatura en particular, requiere de la interacción de tres sistemas en nuestro cerebro: sensorial-motor, significados/conocimientos, y emocional (Chatterjee y Vartanian, 2014). En ese sentido, alguno de los tres sistemas sería dominante dependiendo del tipo de literatura, por ejemplo, la poesía requeriría una importante activación emocional, mientras que las figuras literarias podrían evocar memorias sensoriomotoras.

Bajo esta línea de pensamiento, las metáforas son sumamente interesantes de analizar, porque si bien pueden causar placer, también requieren de una fuerte asociación de significados para que se transmita el mensaje que se pretende comunicar (Lacey et al., 2012). En otras palabras, cada vez que leemos o escuchamos una metáfora, un refrán o una analogía, incluso cuando se ofrece en forma de historia como en los cuentos y las fábulas, se requiere de la integración de diferentes sistemas que involucran la actividad de una gran parte de nuestro cerebro.

LA BELLEZA DE LA POESÍA EN NUESTRO CEREBRO

La poesía representa el mejor ejemplo estético de la literatura. Algunos de sus componentes tienen efectos claros sobre nuestro aprendizaje, como la métrica y la rima, que facilitan procesos cognitivos como la memoria y la atención. Sin embargo, la palabra por sí misma tiene una belleza inherente. Esto lo demostró Aryani et al. (2018) con un estudio en el cual evaluaron la respuesta de la corteza cerebral ante palabras que previamente fueron catalogadas como bellas por su composición fonética, es decir, por sus sonidos.

Los autores parten del supuesto de que la comunicación contiene dos tipos de códigos: por un lado, la semántica que contiene el significado de cada palabra, y por otro lado la parasemántica, que incluye el ritmo y la entonación, entre otras variables. Yendo un paso más allá, proponen que las unidades fonéticas (el sonido de cada letra) y su combinación (en forma de palabras) contienen información emotiva intrínseca similar a la que tiene la entonación al hablar.

En un estudio previo categorizaron los fonemas de acuerdo con un modelo psicoacústico en el cual evaluaron si las personas los consideraban desagradables/placenteros, o si sentían calma/excitación al escucharlos, en donde las vocales obtuvieron los mejores resultados, mientras que las consonantes fuertes como la “p”, “t” o “k” obtuvieron las peores puntuaciones. Así, encontraron que las palabras con puntajes más altos, de acuerdo con los sonidos que contienen, activan en mayor medida la corteza insular, una zona del cerebro relacionada con el procesamiento de emociones y sentimientos. Aunado a esto, la lectura de poemas requiere de un mayor esfuerzo reflexivo comparado con otro tipo de textos debido a la gran cantidad de metáforas que contienen.

Como se mencionó previamente, las metáforas requieren de diversos circuitos cerebrales; en 2015, O’Sullivan et al., reportaron que la lectura de poesía necesita de la activación de grandes regiones de la corteza temporal y occipital, en conjunto con la corteza prefrontal, que no se activan con la resolución de problemas aritméticos. Con esto, los autores concluyen que estas áreas son necesarias para la búsqueda de diferentes significados para obtener una representación integral en los textos poéticos. Estos estudios ponen en evidencia que la poesía no sólo requiere de un esfuerzo cognitivo para su comprensión, sino que también cuenta con un contenido emocional intrínseco, lo cual podría incluso verse reflejado en las palabras utilizadas en las canciones de cuna. Por esto, la selección de las palabras puede ser un estímulo muy potente en el efecto que un poema pueda tener.

SUMERGIRSE EN LA LECTURA PARA SER MÁS EMPÁTICOS

Uno de los efectos más evidentes de la literatura es sobre nuestra cognición social. La literatura pone al lector en lugares y situaciones que, en muchas ocasiones, difícilmente se encontraría en su vida diaria, enfrentando dilemas ficticios que el cerebro, de manera automática, trata de resolver. Por ejemplo, en 2015, Lehne y colaboradores registraron la actividad cerebral de diferentes personas durante la lectura de un breve cuento, y observaron que los momentos considerados de mayor suspenso disparaban una gran actividad en la corteza prefrontal, involucrada en la resolución de problemas.

En esos momentos de suspenso, nuestra mente entra en un proceso denominado “inmersión en la lectura”, en el cuál nos olvidamos del mundo a nuestro rededor y la atención se centra sobre la historia, sumado a un incremento de la actividad en la corteza cingulada medial, una zona del cerebro que ayuda a generar una representación global del contexto emocional, y así sentir emociones similares a las que estarían sintiendo los personajes (Hsu et al., 2014). Tomando en cuenta éstos y otros estudios, algunos autores proponen que la lectura funciona como un “simulador de vuelo” social, es decir, la inmersión en los contextos y problemáticas a las que el lector se enfrenta son interpretadas como reales emocional y cognitivamente, problemas que el lector hace suyos y trata de resolver como si los viviera en carne propia, por lo que se puede entender cada libro como una experiencia más en nuestra vida. Esto genera en los lectores una mayor flexibilidad mental que permite ampliar nuestros modelos cognitivos y conocimiento sobre el mundo, haciéndonos, al final, más empáticos (Oatley, 2016).

CONCLUSIÓN

La literatura y la narración de historias es una actividad central de nuestro desarrollo como especie y forman una parte importante de nuestra vida. Favorece la maduración del cerebro en los niños, aumenta nuestra capacidad cognitiva y retarda la aparición de enfermedades neurodegenerativas. Al mismo tiempo, estimula nuestro desarrollo y flexibilidad cognitiva, funciona como “simulador social” que incrementa la empatía, involucrando grandes regiones del cerebro por la complejidad y profundidad de los estímulos que genera.

El estudio en este campo sigue ofreciendo herramientas que nos ayudan a comprendernos como individuos y como sociedad, incluyendo nuestra historia como especie, nuestro desarrollo neurocognitivo y personal. Debido a la dificultad de delimitar la literatura como arte, sería interesante poder encontrar estudios que incluyan otras formas de narrar historias que han emergido recientemente, como las novelas gráficas, audiolibros, podcast y otras nuevas formas de entender y extender esta expresión artística.

Por todos sus beneficios, la lectura debería ser promovida a diferentes niveles, mejorando los mecanismos que permitan extender el acceso a los libros en todas nuestras comunidades, generando identidad a través de las historias que nos contamos. Por lo tanto, nos gustaría remarcar en estas conclusiones la recomendación que consideramos no debería ser obviada en ninguna circunstancia: leamos más.

 

* Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
** Neurology, Beth Israel Deaconess Medical Center/ Harvard Medical School.
Contacto: odramire@bidmc.harvard.edu

 

REFERENCIAS

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